Messi, Djokovic, la distancia y una misma novela de redención y encanto

Novak Djokovic nació en 1987. El viernes 22 de mayo, en la Belgrado de la antigua Yugoslavia.Lionel Messi lo hizo, apenas, 33 días más tarde, el miércoles 24 de junio, en Rosario.
Durante sus infancias, aunque en contextos distintos, a ninguno de los dos le sobró nada. Srdjan y Dijana, el papá y la mamá de Nole, pasaron mucho tiempo fuera de Belgrado, a cuatro horas en auto de la capital serbia, trabajando en una pizzería/pastelería del monte Kopaonik, tratando de generar recursos para que sus hijos [asimismo de Novak, los menores Marko y Djordje] pudieran desarrollarse en un país afectado por los conflictos bélicos.
Descendientes de italianos y españoles, la familia Messi-Cuccittini, con cuatro hijos bajo el mismo techo, tenía un origen modesto; papá Jorge trabajaba como jefe de sección en una metalúrgica y, mamá Celia, en un taller de bobinas magnéticas.Inquietos, ingeniosos, obstinados, competitivos, Leo y Novak encontraron en el deporte, en las pelotas de fútbol y de tenis, una sonrisa, un juego, un incentivo, una vía de escape.En 1999, Nole cumplía doce años cuando las bombas de las fuerzas de la OTAN empezaron a sacudir la ciudad, provocando terror en noches interminables en las que debió resguardarse en el refugio del edificio de su abuelo, en Banjica, un barrio con descuidados monoblocks de hormigón que mantiene sus heridas abiertas. En esos pequeños espacios húmedos y grupales, el pequeño Novak podía aislarse soñando con ganar el trofeo dorado de Wimbledon.Por entonces, a unos doce mil kilómetros de distancia, Leo brillaba en las divisiones inferiores de Newell’s, en un equipo que se mantenía invicto y al que llamaban ‘La Máquina del 87’, por el año de nacimiento de sus jugadores.
Así como Srdjan Djokovic, en cierto momento bisagra de la incipiente carrera tenística de su hijo, tuvo que pedirle dinero prestado “a usureros y criminales para poder viajar, porque eran los únicos que podían dártelo sin garantía, aunque con intereses desorbitados”, según confesó el propio Nole, los Messi también tomaron una espinosa decisión que terminó desanudando la historia: emigrar a Europa (a Barcelona) para que Leo, con doce años, continuara con el tratamiento hormonal y pudiera desarrollarse físicamente para sostener sus mágicas pinceladas con el pie izquierdo. Los dos pudieron ‘llegar’.Djokovic jugó su primer partido profesional en junio de 2003; Messi debutó oficialmente en el Barça en octubre de 2004.
Hoy, más de veinte años después, los dos se adjudicaron el derecho de ser juzgados como los más grandes de todos los tiempos, los GOAT (“Greatest Of All Time”). Magnéticos y superhéroes sin capa, uno pateando una pelota número 5, el otro empuñando una raqueta.
Lo novelesco es que ambos lo consiguieron luego de haber soportado, durante años, zarandeos hirientes y vómitos provocados por la bronca y las sentencias maliciosas. Se llegaron a opinar las peores cosas sobre los dos.Uno, que no cantaba el himno argentino y no tenía el mismo compromiso con la camiseta celeste y blanca que el demostrado cada domingo (y miércoles) con la de Barcelona.
Otro, que había que mirarlo de reojo porque era de una zona postergada en el mapa europeo. Que escondía un costado oscuro detrás de sus imitaciones y bromas.
Que simulaba lesiones cuando se sentía intimidado en los courts. Que tenía reacciones temperamentales fuera de los límites.
Uno, que perdía finales con la selección, caminaba en la cancha y era silencioso. Que era dócil frente a los poderosos y nunca llegaría a ser como Maradona.
Otro, que hizo un culto antivacuna por no querer inocularse durante la pandemia. Que no tenía la elegancia de Federer ni el espíritu combativo de Nadal.
Que no había espacio para un tercer bailarín en una fiesta de dos.Todo ello sólo les dio más hambre. Perfeccionaron sus talentos naturales y rompieron cadenas.
Leo lloró, se desahogó y agitó sus brazos dirigiéndose hacia su familia, en el estadio Lusail de Qatar, en diciembre de 2022, expresando que ya no había cuentas pendientes ni nada que pedirle a su Dios. La Copa del Mundo lo eximió de todo.
Lo hizo perpetuo. Novak lloró y dejó caer su raqueta sobre el polvo de ladrillo del court Philippe-Chatrier, en agosto de 2024, al romper el embrujo y ganar, en París, la medalla olímpica dorada en singles que se le negaba desde Pekín 2008.
Aquella soleada tarde francesa, el máximo campeón de todo dejó de tener zanahorias por perseguir. Se convirtió en inmortal.
Longevos, familieros [con las mismas compañeras desde la adolescencia, Antonela Roccuzzo y Jelena Ristic], mentes brillantes y extremadamente cuidadosos de sus cuerpos, desde hace rato que los dos batallan -aunque no siempre sea en forma directa- ante talentos mucho más jóvenes. Contra Sinner y Alcaraz, frente a Mbappé y Lamine Yamal.
Pero la adrenalina, aún hoy, cuando ya no les queda nada por ganar, los alimenta. Son leyendas que unen.
Djokovic, desde su tenis, pero como emblema de un país joven que no olvida su pasado y que, más allá de cualquier recelo, no tiene prejuicios para abrazarse con croatas, bosnios o con cualquier balcánico. Messi, con su pluma en el botín, intercambiando alabanzas con Cristiano Ronaldo, ensamblando creencias disímiles, religiones, pasiones o políticas.
A Messi le gusta el tenis [de hecho, acaba de decir en Kansas que mira la serie de Nadal en la concentración y que se siente identificado con el espíritu del mallorquín]. A Djokovic le encanta el fútbol.
Ambos se conocieron personalmente en París, antes de un Roland Garros, cuando la Pulga todavía jugaba en el PSG. Luego se cruzaron en otras oportunidades: en entregas de premios; en un restaurante de Nueva York, en 2023, donde charlaron sobre sus familias y los próximos pasos; en el Masters 1000 de Miami 2025, donde intercambiaron camisetas firmadas. “Tenemos muchas cosas similares en el deporte, sobre todo en la preparación y la mentalidad del campeón.
En los momentos más difíciles y de presión, demostró ser uno de los más grandes de la historia”, lo elogió Djokovic, que durante estas horas de emocionante incredulidad por lo que la Pulga está haciendo en la Copa del Mundo, compartió en Instagram fotos de sus encuentros con el N° 10 argentino.Hoy, más allá de cualquier obstáculo diario, los dos lucen liberados, sonríen con frescura y disfrutan de sus rangos cinematográficos. Entienden lo que representan y se brindan a cada requisito.
No siempre fueron los mimados, muchos llegaron a repudiarlos, pero el tiempo y el trabajo acomodaron las piezas. Ganaron todas las pulseadas y, hoy, generan una fascinación hasta melancólica al observarse que el final de sus carreras está cerca.
En 1987, [en abril, dos meses antes del nacimiento de la Pulga] el Papa Juan Pablo II visitó Rosario y el Monumento a la Bandera; salió Bad, de Michael Jackson; se estrenó Los Intocables y Los Simpson se emitieron por primera vez en Estados Unidos. Ese año nacieron Djokovic y Messi, con 33 días de diferencia, en entornos desiguales, a miles de kilómetros de distancia.
Vaya guiño del destino: terminaron escribiendo una misma novela de redención y encanto.
Information from La Nación. Edited by: Noticias Today.
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