Este 21 de junio de 2026 Colombia celebra la segunda vuelta de sus elecciones presidenciales. El candidato insurgente de derecha radical, Abelardo De la Espriella, y el candidato de la izquierda en el poder, Iván Cepeda, se disputan la sucesión del presidente Gustavo Petro.

Su gobierno de cuatro años dejó a Colombia más igualitaria en lo social, más frágil en lo económico, más insegura en los territorios y quizás más dividida en lo político. Lo que está en juego no es solo quién gobernará Colombia entre 2026 y 2030, sino el modelo de país para las próximas décadas.

El domingo 31 de mayo, el 58% de los ciudadanos colombianos salió a votar en primera vuelta, la mayor participación de la que se tenga registro desde que se introdujo el sistema de doble vuelta de la Constitución de 1991. Los resultados confirman una polarización que se venía gestando desde hace años.

De la Espriella se impuso con 10,361,499 votos (43.7%) y Cepeda quedó segundo con 9,688,361 (40.9%). Apenas 670,000 votos separaron a dos proyectos que, cada uno a su manera, proponen refundar la república.

Iván Cepeda Castro tiene 63 años y una biografía que es, en buena medida, la del conflicto colombiano. Su padre, Manuel Cepeda Vargas, era senador comunista cuando fue asesinado en el exterminio sistemático de la Unión Patriótica —5,733 activistas liquidados por paramilitares y agentes del Estado entre los años ochenta y noventa—.

De ese crimen nació una vocación: la defensa de las víctimas del Estado. Esa vocación lo llevaría a lograr que la Corte Interamericana condenara a Colombia por el asesinato de su padre, a denunciar las interceptaciones ilegales del DAS durante el gobierno Uribe y a protagonizar el proceso penal contra ese expresidente, hoy en casación.

También lo llevó a jugar un papel central en el diseño de la Paz Total, cuestionada política de gobierno. Filósofo graduado en la antigua Bulgaria comunista, es un hombre de libros y causas, no de masas.

Su estilo es sobrio y austero, o adusto y apagado, según se mire. Su coherencia tiene sus sombras.

Su mirada de víctima del Estado genera una desconfianza estructural hacia las instituciones que a veces lo lleva a silencios incómodos o declaraciones equívocas. Esto ocurre ante los escándalos de corrupción del gobierno Petro o ante las violaciones de derechos humanos en Venezuela, Cuba y Nicaragua.

Abelardo de la Espriella tiene 47 años y encarna otra Colombia. De origen colombo-italiano, nacido en Bogotá y criado en Montería, viene de una familia de abogados y políticos costeños.

Abogado penalista con un bufete con oficinas en Colombia y Estados Unidos, es conocido por representar casos de alto perfil, incluyendo a Alex Saab, aliado del régimen de Maduro, exparamilitares y David Murcia Guzmán, fundador del esquema piramidal DMG. Acumuló una fortuna que le permitió lanzar una línea de ron, una marca de ropa masculina, un restaurante y una empresa ganadera.

También grabó álbumes de ópera como tenor y mantuvo residencias en tres países. A los arquetipos electoralmente útiles de hombre polifacético y hecho a sí mismo suma los de padre de familia numerosa y, sobre todo, el de outsider político con lenguaje directo, retórica combativa, teatralidad y discurso de salvación nacional.

Para él, el expresidente Santos es un “tartufo”, el gobierno “una mafia cuyo jefe es Petro” y Cepeda un “heredero del narcoterrorismo”. Promete gobernar representando otro arquetipo: el del hombre fuerte de puño de hierro.

Su pragmatismo —así se define— explicaría una trayectoria de llamativas evoluciones: de ateo a católico, de crítico de Trump a émulo suyo, de defensor de los derechos LGBTIQ+ a adversarlos. Si la narrativa de Cepeda es la de la resiliencia ante la tragedia, la de De la Espriella es la del éxito temprano, la opulencia y el cosmopolitismo.

Colombia elegirá entre el candidato antisistema y el candidato antipolítica. Puede decirse que el programa de Cepeda, “El poder de la verdad”, representa, entre otras cosas, el anhelo de borrar lo que aún queda de doce años de gobiernos uribistas (2002-10; 2018-22), y el de De la Espriella, “País Milagro”, es, en esencia, la promesa de borrar los cuatro años del petrismo.

El programa de De la Espriella, “País Milagro”, tiene como eje la seguridad. Finalizaría toda negociación con grupos armados, fumigaría 330,000 hectáreas de coca, restablecería el control territorial en 90 días bajo el concepto de “Pax Romana”, construiría megacárceles y aumentaría el gasto militar.

Repudia el acuerdo de paz de 2016 y se compromete a desmantelar la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). En economía propone reducir el aparato estatal un 40%, declarar una emergencia económica para gobernar por decreto, recortar impuestos, crear zonas de exención tributaria y relanzar los hidrocarburos como motor de crecimiento, recurriendo al fracking.

En política exterior se alinea con Washington y Tel Aviv, valoraría retirarse de la ONU, la OEA y la CIDH, instalaría la embajada ante Israel en Jerusalén y se adheriría al Escudo de las Américas. Socialmente conservador, rechaza el aborto, la adopción homoparental y la “ideología de género”.

Centrado en la paz desde el enfoque de derechos humanos, Cepeda trabajaría en llevar a cabo el acuerdo de 2016, mantendría la JEP y seguiría negociando con grupos armados. Asimismo, combinaría estas acciones con políticas para luchar contra la desigualdad, aumentar la presencia del Estado y eliminar economías ilegales.

En el área económica, promovería un cambio hacia actividades más sostenibles, enfocándose en energías renovables y en modelos de economía cooperativa y comunitaria. Asimismo, habría un Estado más activo en la prestación de servicios y en la reducción de las desigualdades sociales.

En política exterior, defendería una línea soberanista y multilateral, con mayor autonomía frente a Washington, impulso a la integración latinoamericana, respaldo a la causa palestina y un enfoque alternativo al prohibicionismo en la lucha contra las drogas. El programa de De la Espriella es una síntesis del experimento libertario de Milei, la mano dura de Bukele y la política exterior de Trump.

El de Cepeda sintetiza la agenda redistributiva de la llamada ola rosa latinoamericana de inicios de siglo con la tradición de paz negociada del conflicto colombiano y el garantismo inspirado por la ONU. Paradójicamente, ambos priorizan el conflicto armado sin advertir cuánto ha cambiado desde 2016.

Podría decirse que a De la Espriella le falta una estrategia para la paz y a Cepeda una estrategia de seguridad. El 31 de mayo los colombianos votaron en números históricos —58% del padrón, la mayor participación desde que se implementó el sistema de doble vuelta en 1991—.

Colombia repitió el mapa de 2022: la disputa centrada entre un outsider de derecha radical y una postulación de izquierda que desplazan a la derecha tradicional y al centro político, respectivamente; los partidos tradicionales, liberal y conservador, sin candidatos propios por segunda vez consecutiva; la geografía electoral volvió a reflejar la del conflicto. Mientras Antioquia, el Eje Cafetero y una significativa parte del centro andino respaldaron a De la Espriella, Chocó, Cauca, Nariño, Putumayo y la costa Pacífica se inclinaron por Cepeda.

Como en 2016, 2018 y 2022, las regiones más afectadas por la violencia tendieron a apoyar opciones asociadas a la paz, mientras las más integradas favorecieron propuestas de orden y continuidad. De la Espriella llegó primero aglutinando una coalición heterogénea conformada por parte del establecimiento político regional —incluido el clan Char en la Costa Caribe—, sectores empresariales, el voto uribista y una clase media urbana desencantada con el petrismo; parte del voto de centroderecha fue tranquilizado por la candidatura vicepresidencial del tecnócrata José Manuel Restrepo.

Todo ello con el respaldo de un único partido, el Movimiento de Salvación Nacional. Su campaña construyó una narrativa digital de alta recordación —el tigre, la “Patria Milagro”, los símbolos patrios, la camiseta de la selección nacional, el saludo militar— amplificada por influencers y youtubers en lugar de debates, que evitó.

Cepeda quedó segundo con el voto del Pacto Histórico, la Alianza Verde y disidentes del Partido Liberal, y con la lideresa indígena nasa Aída Quilcué como fórmula vicepresidencial. Su campaña apostó por la movilización territorial y los mítines, evitó los debates y los operadores políticos tradicionales y sufragó su operación a través de la Cooperativa Financiera Confiar.

Sin concesiones al centro, confió en que el voto petrista y de izquierda bastaría para ganar en primera vuelta. La injerencia extranjera marcó el proceso.

Washington desplegó una misión de más de 80 observadores encabezada por el senador Bernie Moreno, nacido en Colombia, crítico de Petro y cercano a Trump. El día anterior a la elección, la congresista María Elvira Salazar pidió a los colombianos votar por De la Espriella.

Dos días antes de la votación, el presidente ecuatoriano Noboa anunció en vivo junto a De la Espriella la eliminación del arancel a las exportaciones colombianas, acabando una disputa comercial con Colombia, medida que la Comunidad Andina calificó de obligación legal preexistente. El tono se desbordó.

De la Espriella promete defender la democracia “por la razón o la fuerza”. Gustavo Bolívar, estratega de la campaña de Cepeda, advierte que el país “se va a incendiar” si gana la derecha.

La campaña se volvió litigiosa: recursos judiciales contra el uso de la camiseta de la selección en pleno Mundial, prohibición del uso de símbolos patrios a De la Espriella, orden judicial a Petro de abstenerse de hacer propaganda electoral, denuncias cruzadas de compra de votos, acusaciones mutuas de autoatentados y una denuncia de Cepeda ante la Corte Penal Internacional contra De la Espriella por presuntos vínculos con el paramilitarismo. La Fiscalía llamó asimismo a indagatoria al expresidente Uribe por supuesta participación en actividades paramilitares en los años noventa.

La interferencia extranjera se convirtió en otro frente de batalla. Trump brindó su “respaldo total y absoluto” a De la Espriella, calificó a Cepeda de “marxista de izquierda radical” y presentó la elección como crucial para la relación bilateral.

De la Espriella denunció ante el subsecretario de Estado de Estados Unidos, Christopher Landau, una presunta red de compra de votos y pidió sanciones contra sus responsables; once congresistas demócratas respondieron solicitando investigar sus presuntos vínculos con las AUC y operaciones inmobiliarias sospechosas. Washington bloqueó asimismo una reunión entre Petro y el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani.

Entretanto, Petro continuó acaparando todas las miradas. Desconoció los resultados del preconteo alegando manipulación del censo, prometió ponerse al frente de la campaña, invocó el nazismo como advertencia de lo que sería un gobierno de De la Espriella y denunció, sin evidencia verificable, que dinero de Netanyahu fluía a Colombia para financiar la campaña opositora.

Sin compromisos programáticos conocidos, De la Espriella alcanza el respaldo formal de los partidos de los gobiernos uribistas: Centro Democrático, Partido Conservador, Cambio Radical y Partido de la U. Cepeda atrae apoyos más heterodoxos: la excandidata Claudia López, intelectuales, artistas, influencers y las subculturas urbanas de k-popers y swifties.

Toma asimismo distancia de Petro en tres puntos necesarios para cortejar el respaldo del centro: descarta la constituyente, hace autocrítica sobre la Paz Total y rechaza la acusación de fraude. Las encuestas le dan a De la Espriella una ventaja de entre 6 y 8 puntos.

Para remontar, Cepeda necesita 2.5 millones de nuevos votantes, la movilización masiva de la juventud y la Costa Caribe, el acompañamiento del centro, competitividad en el voto del exterior y que la ciudadanía vote a pesar del Mundial. Un milagro, en suma, frente al candidato del “País Milagro”.

En perspectiva histórica, el triunfo de De la Espriella se inscribiría en la tradición de las derechas reactivas que irrumpieron a la derecha de la derecha tradicional, como la de Rafael Núñez en 1884, Laureano Gómez en 1950 y Uribe en 2002. El de Cepeda inauguraría, en cambio, el cuarto gobierno progresista de la historia colombiana, luego de los de José Hilario López (1849), Alfonso López Pumarejo (1934) y Gustavo Petro (2022).

Por razones opuestas, ambas victorias posibles figurarían entre las más significativas que ha conocido el país. Para la segunda vuelta, la izquierda no solo tiene en contra las encuestas, sino también la historia.

José Hilario López fue sucedido por un conservador; Alfonso López Pumarejo, por un liberal moderado que pausó las reformas; y cuando Daniel Turbay quiso retomar el curso reformista en 1946, fue derrotado, lo que algunos consideran la antesala de una etapa conocida como La Violencia. Quien resulte electo este domingo heredará un Estado bajo presión.

La violencia armada no cede; el déficit fiscal se dispara; la economía crece por debajo de su potencial; el sistema de salud atraviesa una crisis estructural; la corrupción continúa; y el narcotráfico permea todo lo anterior. A eso se suma un Congreso polarizado entre dos extremos fortalecidos —izquierda y derecha—, con un centro debilitado, pero con capacidad de arbitraje.

A este panorama se enfrentarán dos hombres con una limitación compartida que las campañas se han cuidado de no subrayar: ninguno tiene experiencia ejecutiva de gobierno. Cepeda lleva dieciséis años en el Congreso, pero nunca ha ejecutado un presupuesto.

De la Espriella llega directamente desde los estrados judiciales y los estudios de televisión. De creerles a las campañas, gane quien gane, la democracia colombiana peligra y vendrá la tiranía, ya sea comunista o fascista.

El tiempo dirá si ello es así. Si quien gane lo intenta, tendrá enfrente una institucionalidad independiente y robusta que es tan parte de la historia de Colombia como La Violencia o el conflicto armado.

No obstante, gane quien gane, el miedo y el odio que esta campaña ha destilado mantendrán a Colombia dividida y enfrentada más allá de esta elección. El ganador heredará un Estado bajo presión y una sociedad que ha aprendido a ver al adversario político no como un rival, sino como una amenaza existencial.

Colombia lleva décadas intentando escapar de esa lógica. No siempre lo logra.

Y, a ratos, mirando esta campaña, pareciera condenada a repetirla. Ninguna cualidad será más necesaria en el mandatario entrante que la capacidad de tejer los amplios consensos necesarios para gobernar y generar espacios de entendimiento en una nación marcada por la polarización.

El autor es politólogo e investigador del Centro Internacional de Estudios Políticos y Sociales (CIEPS, AIP).