En el verano de 1957, bajo el sol de Ávila, en España, Cary Grant empezó a cortejar a Sophia Loren con cenas íntimas y cartas de fervor religioso. El actor más deseado de Hollywood, el hombre que había perfeccionado durante décadas el arte de parecer inalcanzable, perdía la cabeza por su coprotagonista italiana en el rodaje de la película Orgullo y pasión.

Y lo hacía con una intensidad que no tenía nada del galán que conocía el mundo.Una chica de los suburbiosElla no era en ese momento la leyenda que sería después. Era una chica de Pozzuoli, una ciudad portuaria e industrial a las afueras de Nápoles, que había crecido entre el hambre de posguerra y el sueño de su madre de convertirse en actriz.

Había llegado a Roma con 16 años, participado en concursos de belleza para sobrevivir y empezado a filmar con el nombre de Sofia Lazzaro en fotonovelas hasta que Carlo Ponti la rebautizó Sophia Loren. A España había viajado para protagonizar su primera producción estadounidense.

Tenía todo por demostrar. Y tenía, asimismo, un asunto sin resolver que la acompañaba desde hacía años y que no era precisamente menor: estaba comprometida en secreto con ese mismo Ponti, su productor, 19 años mayor que ella, casado y sin posibilidad legal de divorciarse en la Italia de la época.

Grant lo sabía; y siguió cortejándola.Las cartasLa conquistó con cenas íntimas y con una persistencia que no admitía indiferencia. Las cartas tenían un tinte espiritual: “Si piensas y oras conmigo, por lo mismo y con el mismo propósito, todo saldrá bien y la vida será buena” o “Estarás en mis oraciones”, le escribía.

En otra carta el tono se volvía más urgente y más vulnerable: “Perdóname, querida. Te presiono demasiado.

Reza, y yo también lo haré, hasta la semana que viene. Adiós, Sophia.

Cary”. Loren guardó esas cartas durante décadas en una caja en su casa de Ginebra.Loren cedió en parte. “No perdí la cabeza pero me enamoré un poquito”, reconocería años después con la precisión de quien tuvo décadas para calibrar sus palabras.

En sus memorias de 2014 admitió que hubo un affaire, aunque siempre remarcó que nunca llegó a consumarse. Lo que sí quedó claro es que la atracción era real y que Grant pertenecía a un universo que ella admiraba pero en el que no sabía si podía existir. “Cary pertenecía a otro mundo en Estados Unidos”, explicó la actriz. “Sentía que nunca encajaría allí por mi nacionalidad.

Tenía miedo de cuál habría sido la reacción de la prensa si hubiera dejado Italia. La prensa estadounidense había sido muy cruel con Ingrid Bergman cuando dejó a su marido y yo tenía muchísimo miedo”, admitió.La propuesta que quizás no existióDurante décadas circuló uno de los grandes relatos románticos del cine clásico: que en algún momento de ese rodaje, Grant le pidió matrimonio a Loren.

La historia era irresistible. El galán más deseado de Hollywood rendido ante la diosa italiana.

Pero en 2020, en una entrevista con la revista británica Radio Times, Loren desmontó ese mito con una firmeza que sorprendió. “Cary Grant era un hombre muy guapo y un actor maravilloso, pero no me propuso matrimonio”, expresó.La contradicción resultó notable porque en una entrevista de 1999 ella misma había respondido afirmativamente cuando le preguntaron si Grant le había pedido que se casara con él. Y en sus memorias de 2014 describió la insistencia del actor con tanto detalle que la línea entre la seducción y la propuesta formal resultaba difícil de trazar.

La versión fue cambiando con los años. El corteEl romance se prolongó durante el rodaje de Houseboat (1958), una comedia romántica para Paramount que en un principio iba a protagonizar la tercera esposa de Grant, Betsy Drake.

El director Melville Shavelson admitiría más tarde que la filmación fue complicada: la tensión entre los dos actores era demasiado real para encauzarla hacia la ficción. Pero, hacia el final de ese año, Loren tomó una decisión y cortó el vínculo. “Cary todavía estaba muy enamorado de ella”, aseveró el biógrafo Marc Eliot. “Quedó muy lastimado.

Pero ella necesitaba terminar con aquello. Él quería casarse con ella”, agregó al respecto.La familia que siempre buscóLo que Grant no podía ofrecerle era, precisamente, lo que Carlo Ponti le había prometido desde el principio: un mundo propio, una pertenencia. “Lo que yo quería era una familia”, le diría Loren a Vanity Fair en 2012. “Un marido legítimo, hijos, una familia como cualquier otra”.

Ponti la había descubierto en un concurso de belleza en Roma en 1950, cuando ella tenía 16 años y él, 37. La había aconsejado, la había moldeado profesionalmente y le había enseñado a reconocerse. “Me quitaba las inseguridades”, recordaría la actriz.

Fue mentor y productor antes de convertirse en el hombre de su vida.Pero casarse con él resultó una batalla de años: una primera ceremonia por poderes en México que el Vaticano declaró nula, una acusación de bigamia, años de exilio práctico en Francia y Suiza, incapaces de aparecer juntos en público en su propio país. Recién en 1965 adoptaron la nacionalidad francesa y al año siguiente pudieron casarse legalmente.

Para entonces Loren llevaba más de una década esperando ese momento. Tuvieron dos hijos: Carlo Jr., nacido en 1968, y Edoardo, en 1973.

Ponti y Loren permanecieron juntos hasta la muerte de él, en 2007.El adiós por teléfonoLa amistad con Grant sobrevivió al romance. Se llamaban, se escribían, volvían a cruzarse en distintos rodajes.

Era un lazo que ninguno de los dos supo terminar del todo. El final llegó por teléfono, mucho después.

Grant la llamó a Nueva York, donde ella estaba filmando. Le preguntó cómo estaba.

Ella respondió que bien. Entonces él le expresó que llamaba para despedirse.

Grant murió en 1986. Loren siempre pensó que en esa llamada él ya sabía que se estaba muriendo.“Sé que fue lo correcto para mí”, afirmó Loren sobre la elección que tomó en 1957.

Lo expresó una vez. Lo expresó muchas.

Como si la convicción fuera algo que hay que seguir ganando.