La Secretaría de Cultura de la CDMX ha mostrado, asimismo de ignorancia de la literatura mexicana, insensibilidad cultural y social al violentar el uso y el significado de La Casa del Poeta Ramón López Velarde. La sangre devota, Zozobra y El son del corazón constituyen un punto de vista insoslayable en la modernidad mexicana y, por tanto, son una referencia esencial de nuestra realidad íntima, pero también de la comprensión y cuestionamiento de nuestro ser colectivo.

Durante décadas, la obra de López Velarde fue aguada y maltratada por el atronador discurso nacionalista de los gobiernos de la Revolución mexicana, que convirtieron su poesía y, sobre todo, La suave Patria en la consagración lírica y folclórica del caudillismo y en la representación satisfecha de la comedia de la democracia. Bajo un alud de ceremonias y solemnidades, el rebelde y sofisticado poeta de “El retorno maléfico” y “El candil” devino, para la gran mayoría de los lectores, en el poeta “sencillo” de una tierra nativa próxima y chabacana.

No obstante, gracias a los lectores rigurosos, el temple poliédrico, irregular y complejo de su poesía logró sobrevivir, en forma subterránea, a la lectura miope y al manoseo ideológico. Así, pues, aunque López Velarde no dejó de ser el poeta de la intimidad, sí recuperó su fuerte dimensión sofisticada e intelectual o, como expresó su amigo José Juan Tablada, el simultaneísmo de cerebro y corazón.

Él, al mismo tiempo que echaba mano del lenguaje de la edad primitiva, en donde la palabra era un instrumento y no un déspota o, peor aún, “aguja de fonógrafo, aguja muerta”, procedía con un rigor sumo, en el que era imprescindible tener la capacidad de tomarse el pulso, porque de lo contrario estaría condenado a “borrajear prosas de pamplina y versos de cáscara”. López Velarde tenía una conciencia extrema del lenguaje, pero sabía que la poesía también expresaba la realidad en agudas correspondencias interiores, en ecuaciones psicológicas.

El sentido de este rigor cobró en La suave Patria un valor insospechado, ya que en este poema López Velarde se tomó el pulso y se lo tomó —en “las olas civiles”— al duro conflicto social y lo hizo de la manera más sorprendente: al hablar en forma barroca, hermética, de la devastadora violencia, habló como un crítico —en paralelo con la postura beligerante de un chuan— y no habló subyugado por el resentimiento y la complicidad, como hicieron muchos escritores de su época y como se hace hoy en día. Él habló “absurdamente, anacrónicamente”, transformando a la Patria en una mujer.

Paz, gran lector de López Velarde, no comprendió que en el adjetivo “suave” se escondía la épica con sordina, la épica hacia dentro, la dilucidación erótica desde la mujer. Y no vio que, en este erotismo —parte de su sistema crítico poético, pero también libertario—, planteaba el más severo reproche a la Revolución, a los caudillos machorrones, al maniqueísmo mentiroso y, ahora, sorprendiéndonos, a nuestro propio tiempo, defendiendo, cien años después, nuestra cultura y la necesaria diversidad de la democracia que entraña respeto y suavidad.

Pero “las ineptitudes de la inepta cultura” —la Secretaría de Cultura de la CDMX— pasan de noche. AQ / MCB