SANTA FE.— Eduardo Mosso acaba de publicar su primer libro de cuentos, “Amarcord”, en Homo Sapiens. Quisiera organizar esta reseña sobre dos palabras que tienen mucho peso en el libro, Amarcord y diferencia .

Siento que estos conceptos funcionan como dos vectores filosóficos y estéticos que sostienen todo el libro, que representan las dos fuerzas en pugna dentro del realismo de Mosso: la fuerza hacia atrás, la de la memoria que rescata lo que fuimos, y la fuerza hacia adelante, la de la elección ética frente a las limitadas opciones del futuro. Empecemos por amarcord .

De rigor es mencionar que el título del libro remite a la película de Fellini y que es una fonetización de la expresión romañola a m’arcord , que significa “me acuerdo”. Al titular así su libro, Eduardo inscribe su narrativa en la obsesión pavesiana de volver al origen para saber quién se es.

En el relato “Amarcord”, la palabra evoca la avidez de la infancia, la llegada mítica del Tío Angelín y el asombro ante lo lejano. Pero el acto de recordar nunca es cómodo.

Amarcord en este libro significa también desenterrar los seiscientos muertos de la batalla de 1840 que tanto los nuevos colonos como la historia oficial pretenden ignorar, o la dolorosa confrontación con la delación civil de la dictadura en el cuento “Memoria”. Es el peso de un pasado que exige una narrativa porque, si no se escribe, los huesos y las identidades se pierden en la arena movediza del olvido.

La palabra “diferencia”, por su parte, introduce la tensión del conflicto realista. No hay realismo sin el registro de las asimetrías, de las distancias y de las decisiones que separan a los seres humanos, y este libro está atravesado por distancias insalvables.

En “Europa”, la pareja se rompe porque son “muy distintos, muy distintos”: ella habita la vitalidad urbana, él la introversión. En “Aquel día, en el quebracho” la diferencia es la brecha entre los señores porteños que lloriquean y la dignidad sufrida de los hombres y las mujeres de la montonera.

El peso definitivo de la palabra se consagra en el último cuento, “La diferencia”, cuya protagonista se enfrenta a la ilusión de hacer una diferencia económica si se marcha a la ciudad. El texto juega de manera brillante con esa promesa del progreso material.

No obstante, la chica descubre otra diferencia: la que radica en el valor del arraigo, en el cuidado de la abuela, en el reconocimiento de su propio paisaje y de sus afectos cotidianos. Bajarse de ese colectivo es elegir marcar una diferencia humana y ética frente a la fuerza del capital.

Estas dos fuerzas, la de la memoria y la del futuro, tensan una prosa narrativa con identidad fuertemente realista. Quienes conocemos a Eduardo sabemos de su admiración por Pavese.

El cuento “Europa” hace explícita esta admiración y pone en palabras de Pavese la preocupación encarnada en la historia: “Uno no se mata por el amor de una mujer: uno se mata porque un amor, cualquier amor nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada”. El realismo en este libro puede compararse al pavesiano en que se funda en una geografía construida de río, monte, fábrica, colina como estados del alma.

La mirada crítica de Mosso se dirige hacia la dignidad obrera, hacia sus condiciones materiales de existencia y al desgaste físico de la vida del laburante. En “Memoria” vemos el microcosmos de la fábrica, el lenguaje técnico de los tornos y las matrices, y la posterior tragedia de la delación civil en el contexto del Mundial 78.

En “Las pierna” y en “Puerto”, el cuerpo del trabajador es un territorio de desgaste por el paleo de arena, la invalidez, la desprotección ante la enfermedad familiar. Finalmente, en “Aquel día, en el quebracho”, se confronta la memoria de la sangre derramada en las guerras civiles y el olvido pragmático de la colonización agrícola.

Al releer los cuentos me sorprendió encontrar, asimismo de ese tironeo entre pasado y futuro, una serie de tensiones de género entre una masculinidad melancólica y una femineidad decidida. Los personajes masculinos se definen por el oficio, el silencio autoimpuesto y la parálisis ante el dolor.

En “Europa”, el protagonista planifica todo, pero se desmorona ante el desamparo afectivo, se repliega hacia adentro. En “Asesinos” la violencia masculina se congela y fracasa por la pura inercia cotidiana de una partida de truco y el frío.

Los personajes femeninos, en cambio, son ejes de la supervivencia doméstica, guardianas de secretos o agentes de corte, como Andrea al definir las “fronteras claras” de la separación. Para construir este mundo partido, Eduardo usa elementos del costumbrismo -el boliche de campo, el lenguaje de fábrica, la vida de pueblo-, pero los subvierte por completo al introducir densidad trágica, conflicto moral y político, elipsis y misterio.

No nos encontramos con estereotipos sino con personajes redondos, complejos. En “Asesinos”, por ejemplo, el boliche y la partida de truco no están para mostrar cómo se juega a las cartas en este