SANTA FE.— Para Andrea Tavella, una santafesina nacida en Las Flores II y que hace dos años que vive en Miami, hay dos hechos que la tienen impactada. El primero de ellos, es la foto que se pudo sacar con Messi .

El otro, que fue sorteada entre 400 mil personas para ser una de las participantes del maratón de 42 kilómetros de Nueva York que se va a llevar a cabo el 1 de noviembre , algo que la tiene muy movilizada a pesar de que faltan más de cuatro meses. Ella está de novia con Nicolás, un entrerriano nacido en La Paz, que también comparte con Andrea la inclinación por el deporte extremo: fue triatlonista y ahora se prepara para el iron man.

Cuando llegó a Santa Fe, iba a la cancha de Colón, pero conoció a Andrea y se “cambió de bando”. ¿Cómo fue eso?, preguntó el enviado de El Litoral en la cálida noche norteamericana. “Yo tenía la camiseta de Colón, iba a la cancha de Colón y por el amor, me dí vuelta”, cuenta el entrerriano.

Y Andrea interrumpe: “El no fue nunca hincha de Colón, lo llevaban los amigos a la cancha. Y como los amigos son de Colón, iba a esa cancha.

Pero hincha, lo que se dice hincha, no fue nunca”. Andrea confiesa que a pesar de vivir en Miami y de haber sido su decisión de vida, extraña a la familia y a su perra. “Vinimos por un par de meses, a ver qué pasaba y hace dos años que estamos”, señala esta “tatenga” que confiesa haberse hecho de Unión por su padre, Germán. “Nos gustó y nos quedamos.

La vida acá es muy diferente a la de Argentina y si bien Miami es una ciudad turística, también se vuelve rutinario. Es verano todo el año y si bien el americano no es igual que el latino, en esta ciudad hay muchos latinos.

Por ejemplo, hay supermercados en los que encontrás yerba, dulce de leche y alfajores. Eso es lo que te hace sentir más cerca de nuestra tierra” , cuentan Andrea y Nicolás.

No niegan que el hecho de extrañar a la familia y a las costumbres argentina, les hace replantear algunas cosas. “Son los problemas de estar lejos, pero acá tenés otras posibilidades, sobre todo lo económico”, agregan. El Mundial es largo y las posibilidades económicas para ellos (los dos trabajan) permiten suponer que aprovecharían la oportunidad de ir a ver a la selección.

Pero como todos, el discurso se repite: “Está complicado por el valor de las entradas. Te da un poco de cosa cuando sube demasiado, no tiene sentido lo que cobran, es muy abrupto el aumento.

Si juega el 3 de julio acá, en Miami, por 16avos, nos encantaría estar. Por el primer partido, el de Argelia en Kansas City, nos pedías 1.200 dólares más tasas, con lo cual se iba a 1.500.

Y era el más barato. Y en cuanto al de 16avos, si Argentina sale primero, el valor que están pidiendo es el de 2.400 más impuestos, o sea unos 2.700 o 2.800 dólares… Es mucha plata para todos, incluso para los argentinos que están acá”, dice Andrea, a lo cual Nicolás agrega. “Eso puede ser el sueldo de todo un mes.

Y después tenés que sumar que hay que pagar un alquiler y hay que comer”. No niegan que extrañan. “A veces, Andrea llora.

Pero somos un buen equipo, nos complementamos. Y al final terminamos llorando los dos, porque somos muy sensibles” , señalan en medio de carcajadas, aunque Andrea tiene la ilusión de una pronta visita de sus padres y “que me traigan a la perra”.

De todos modos, estos tiempos ayudan para estar permanentemente comunicados. “No estamos en la época de las cartas, cuando esperabas meses para saber novedades de tu familia. Hoy depende de una videollamada, vamos todos los días a la playa, sacamos fotos y se las mandamos, nos hablamos.

El lazo comunicativo es permanente”, cuentan estos jóvenes. Dejan para lo último, una anécdota que a medida que pasa el tiempo los tiene impactados: el encuentro y la foto con Messi. “Fue bárbaro e inolvidable.

Nos enteramos de que estaba cenando en un restaurante, con Rodrigo De Paul, Tini y otros amigos. Fuimos, lo esperamos y cuando salió, le pedimos una foto.

Se acercó, la sacamos y luego le hicimos firmar algunas camisetas. El me decía que la estirara para poder firmarla.

Y yo temblaba de emoción porque no lo podía creer. Me pareció una persona muy agradable y humilde.

Se fue manejando su camioneta, como una persona normal. Fue una noche mágica que no olvidaremos”, dijeron en el final de una linda charla en la que se combinaron estas experiencias de vivir en una ciudad en la que muchos desearían estar, pero la añoranza entrañable del terruño propio.

La tierra tira. Y los afectos directos, mucho más.

Y contra eso, no hay belleza ni confort que valgan más. Pero ellos vinieron en busca de progreso.

Y lo están consiguiendo.