La grieta no es algo que se haya inventado en Argentina, pero es la grieta argenta la que expande sus tentáculos a cualquier escenario. Incluido el fútbol, claro.

Lo que antes eran discusiones de café, en algunos casos más exacerbadas que otros, desde hace un tiempo se introducen en el mundo de lo absurdo con forma de grieta. Y pierden lógica, si es que alguna vez la tuvieron.

Durante años, décadas, el problema de Lionel Messi era si cantaba o no el himno, si jugaba mejor en Barcelona que en la selección nacional o si se trataba de un “español” de raíces argentinas que terminó vistiendo la casaca albiceleste por una movida dirigencial que no dejó que se lo llevaran como un tesoro extraido del fondo del océano. La grieta era grande por cierto: no sólo se lo cuestionaba, sino que también se lo menospreciaba y los más osados, lo insultaban.

En España estaba la propia grieta, esa que el país ibérico está conociendo, políticamente hablando, desde hace unos años y que Argentina ya vivió y sigue viviendo. La grieta futbolera fue (es) entre Barcelona y toda Cataluña vs.

Madrid y todo el pueblo del Real por Messi. Inextinguible, incluso cuando Lionel ya lleva varios años sin vestir ya la camiseta azulgrana.

Pero esa grieta la vivíamos un poco a la distancia y podía parecer hasta pintoresca, con la exageración de los regionalismos. La de ahora impacta de lleno territorio adentro.

Potenciada por redes y la inescrupulosidad de algunos portadores de micrófono que fogonean algo inentendible.Cuando Argentina ganó el Mundial en Qatar, permitiendo a dos o tres generaciones vivir y experimentar por primera vez esa sensación única de festejar un título máximo a nivel selección, pareció que todas las piezas estaban unidas como hacía tiempo que no se sentía. La fiesta fue en el Lusail y alrededores, pero también en cada rincón del país.

Una celebración que duró días, semanas, meses. Años.

Nadie olvidó la recepción en las calles y tampoco la primera vez que pisaron el Monumental, en marzo de 2023, para un amistoso con Panamá. Se vieron jugadores llorando, Messi incluido.

Y el cuerpo técnico también. Con el sorprendente Lionel Scaloni, el DT sabio al que un par de veces pretendieron meterlo en la grieta en las conferencias de prensa y salió jugando con la cabeza levantada como el Mariscal Roberto Perfumo, sin mancharse la camiseta.Nada podía quebrar esa conexión nueva y especial entre la selección y la gente.

Mucho menos con Lionel Messi. El crack inextinguible al que, al bajar del avión procedente de Qatar, el propio presidente de la AFA, Claudio Tapia, bloqueó como si fuera un pivot de básquetbol para evitar que fuese usado políticamente por un funcionario de entonces (Wado de Pedro) en esa recepción.

Esa vez no se escapó el capitán: lo cubrió un insospechado guardaespaldas, hoy cuestionado en todos los frentes y con causas judiciales en proceso.De todas formas, el idilio continuó. Y hubo ovaciones para Dibu Martínez, para Cuti Romero, para Julián, el Colo Mac Allister, Enzo Fernández.

Para Scaloni, claro. Se ganó por segunda vez la Copa América, con ese triple cambio mágico en la final con Colombia y los ingresos de Paredes, Lo Celso y Lautaro, que convirtió.

Ya había cambiado el mapa político de Argentina y el suceso de la selección seguía viento en popa. Existían, sí, algunos cuestionamientos sobre la no concurrencia a Casa de Gobierno en aquel diciembre de 2022, pero el reconocimiento a ese plantel superaba los resquemores.

Es decir, nadie miraba un partido de la selección, por eliminatorias o amistoso, con el deseo profundo de que perdiera o que le fuera mal a determinado jugador. Hasta que en marzo de este año, el cauce cambió.Inter Miami ganó la MLS y el plantel visitó al presidente estadounidense Donald Trump en la Casa Blanca.

Messi entró al recinto con el primer mandatario, le dio la mano, hasta sonrió ante alguna ocurrencia. Todo eso fue demasiado para muchos, sobreactuada o no la indignación.

En la recta final hacia el Mundial 2026 se fue potenciando la grieta anti-Messi y, de rebote, con la selección. “Estuvo con Trump”, “Le dio la mano a Trump”, “Se sacó fotos con Trump”, se escuchó los días previos al debut con Argelia como sesudo argumento. “No sé si quiero que le vaya bien a la selección” es otra de las banderas de los petardistas. Messi ha estado con otros políticos, es una figura mundial, es el personaje más reconocido del planeta y, mal que les pese a los que detestan el éxito ajeno, ha ganado su plata trabajando en lo que mejor hace, incrementado por ingresos empresariales de firmas que quisieron y quieren tenerlo como imagen.

Y tiene la facultad, y la libertad, de saludar y de estar con quien quiera. Está llegando a los 40, es padre de familia y sabe perfectamente, incluso, que ese tipo de decisiones pueden tener su costo.

La intemperancia es el sello de los que no toleran el disenso.Desde hace un par de semanas se trata de instalar la sensación de que es “un Mundial sin interés”, cuando normalmente los primeros partidos suelen transcurrir con una temperatura distinta a los de eliminación directa e instancias decisivas. Se le baja el precio de popularidad al equipo que, hace cuatro años, regaló una de las alegrías deportivas más grandes de la historia a dos o tres generaciones que sólo veían videos de las conquistas de 1978 y 1986.

En la olla Essen se termina mezclando todo: nadie juzga si el equipo o un futbolista juegan bien o mal, sino que la indignación pasa porque saludó a Trump. Es una grieta que se quiere instalar cuando en una cancha en Kansas City, a 9100 kilómetros de Buenos Aires, hubo más de 25.000 argentinos que no pararon de gritar y de mostrar, cuatro años después, que la pasión no se agota y que el GOAT sigue vigente, casi a los 39, y más sabio.

Gente que viajó y afrontó una vez más los costos de pasajes, alojamiento y entradas para ver a su líder y a un plantel que quiere más gloria. Público que seguramente no es de un único partido político y que tiene ideas distintas.

Y sobre todo, millares de personas que, a la hora de celebrar un hat-trick, de lo que menos se acuerdan es de Donald Trump. La grieta generada, o que se pretende generar en derredor de una selección campeona del mundo que busca defender la corona, y que tiene asimismo al jugador que el mundo sigue admirando profundamente (y se suman más firmas con el paso del tiempo), es la más absurda que se haya visto cuando creíamos haber perdido la capacidad de asombro.

Y tan absurda, asimismo, como la creencia de que a buena parte del país le interesa que a la selección le vaya mal para que Tapia se vaya de la AFA. Una cosa es lo que se boconea y otra lo que se siente.

Esta grieta es cien por ciento argenta, claro. Y un caso digno de estudio.