Ayer, Panamá ofreció una de sus mejores postales: un país unido detrás de su selección de fútbol. Por unas horas, las diferencias políticas, económicas, religiosas y sociales quedaron en segundo plano, mientras miles de ciudadanos compartían una misma emoción, esperanza y orgullo.

Indistintamente del resultado, esa capacidad de unirnos es, sin duda, una de nuestras mayores fortalezas como país. Pero ese espíritu colectivo no debería aparecer únicamente cuando rueda un balón.

Necesitamos trasladar esa misma energía y determinación a otras batallas. Hay otros goles que debemos impedir con la misma pasión: los de la corrupción, la opacidad en la gestión pública, la ausencia de rendición de cuentas, la inacción de las entidades regulatorias y el despilfarro de los recursos que pertenecen a todos los panameños, por mencionar algunos.

Celebrar a la selección es legítimo, sano y hasta necesario. El deporte nos recuerda que los triunfos solo son posibles cuando existe disciplina, compromiso y trabajo en equipo.

En este Mundial, Panamá demuestra que sabe unirse alrededor de un propósito común. El verdadero desafío consiste en mantener esa unidad cuando el partido es otro: el de construir instituciones más transparentes, gobiernos más responsables y una sociedad que no tolere las faltas contra el interés público.

Allí es donde nos falta un director técnico con casta y sin miedo, y un país en bloque, defendiendo la meta. Ese será, quizá, el campeonato más importante que nos corresponde ganar.