Correte Trump, que empezó el fútbol: el supermartes donde brillaron Messi, Mbappé y Haaland

A primera hora de este último martes fue el turno de Kylian Mbappé. El crack celebró su primer gol en el triunfo de Francia 3-1 ante Senegal “tocando” la flauta.
Recuerdo de infancia. Treinta minutos después, su segundo gol lo convirtió en máximo artillero histórico de Francia y el gesto fue inequívoco: “soy el uno”.
Muchos portales lo interpretaron como “uno del mundo”, como la figura central del Mundial. Tres horas después, no obstante, el gigante noruego Erling Haaland, dos años menor, anotó su propio doblete en su debut mundialista, en la goleada 4-1 de Noruega a Irán.
Fue el aviso del joven lobo. El golpe definitivo tuvo lugar a la noche: Leo Messi.
Casi cuarentón. Hat trick ante Argelia en su sexto Mundial.
Total de dieciséis goles. Máximo goleador en Copas Mundiales junto con el alemán Miroslav Klose.
Y el fútbol que, por fin, dice “aquí estoy”. Corréte Trump.La jornada previa había registrado el caso vergonzoso de Irak.
Obligado a llegar sobre la hora desde su forzada concentración en Tijuana para su partido en Los Ángeles ante Nueva Zelanda. Y obligado a irse apenas terminó el partido.
Con el propio Gianni Infantino en el vestuario, acaso como garante de todo el destrato. Y la orden implacable del jefe mundialista de la sede estadounidense, Andrew Giuliani.
El mismo que, en marzo pasado, había celebrado en sus redes el asesinato del líder iraní Alí Khamenei cuando fueron los primeros bombardeos a Teherán. “La cabeza de la serpiente que propagaba ese mensaje vil ha sido cortada”. La FIFA tomó nota del texto, que Giuliani borró luego.Peor fue la noche del domingo.
Estados Unidos es anfitrión central del Mundial. Y su selección, sorpresa completa, ofreció una de las mejores actuaciones de la primera fecha.
Pero el presidente Donald Trump eligió otro deporte para celebrar su cumpleaños número ochenta. Patadas, codazos, puñetazos y sangre dentro de una jaula de seiscientos toneladas de acero insólitamente instalada en los jardines de la Casa Blanca, disfrazado de Coliseo moderno.
La jaula de 29 metros de alto vestida de patrocinadores, y rodeada por más de cuatro mil personas, invitados VIP en primera fila (un millón y medio de dólares el boleto), más setenta mil ubicadas en otro sector cercano, una fiesta de sesenta millones de dólares que mezcló dinero público con privado, guardia de honor del Cuerpo de Marines y las chicas del ring con sus pantalones cortos brillantes, siete combates de artes marciales mixtas, con uno de los peleadores que “se preguntó” si Michelle, la esposa del expresidente Barack Obama, no era un hombre. Espectáculo surrealista y decadente, que hizo citar a muchos a “Idiocracia”, una sátira salvaje de 2006 que imagina a Estados Unidos presidido por Mountain Drew, peleador profesional.
Only in America.Con todos sus lunares, el fútbol suena como espejo generoso al lado de ese espectáculo que Trump eligió par autocelebrarse, porque acaso lo representa como pocos: coros de “¡U-S-A”!, pura testosterona y victorias por sometimiento. La FIFA pide a los países sedes evitar espectáculos paralelos que opaquen la fiesta del Mundial.
Imposible pedírselo a Trump. Infantino adhirió a la fiesta de cumpleaños y le regaló al magnate el regalo más bonito: los Mundiales.
La pelota, por suerte, ofreció la respuesta perfecta. Por eso la de ayer fue una jornada gloriosa para el fútbol.
Porque los cracks que aparecieron de a uno nos dijeron que el fútbol sigue vivo pese a todo. A las ridículas pausas de hidratación (fue silbada ayer en Kansas), a la pretensión de reconvertirlo en espectáculo VIP, con entradas a mil dólares y selfies de youtubers.
Mbappé, Haaland y Messi como héroes al rescate.La selección superó la tensión inevitable del debut. (España, acaso favorita número uno en los papeles, la sufrió contra el inexperto Cabo Verde y reza para que Lamine Yamal, el otro artista en la fila, el futuro en sus pies, se recupere plenamente de una lesión). El campeón defensor despejó dudas de poca competitividad última.
Confirmó su condición de equipo serio, y con toque asociado y veloz que otras pocas selecciones pueden exhibir. A eso le suma el factor emocional.
Messi mismo contó que atraviesa una situación personal difícil. Lloró luego de su primer gol.
Lloró el DT Lionel Scaloni luego de su abrazo. Si fuera solo emoción no alcanzaría, claro.
Pero esa emoción cobra fuerza notable si asimismo hay buen fútbol. Y si hay compromiso.
El que marcó el propio Messi desde el inicio mismo del partido. Recuperando pelotas como si fuera último defensor.
Y obstruyendo la salida rival al borde mismo de una tarjeta amarilla. Fue el líder marcando territorio desde el comienzo.
A recuperar y a jugar. Y, finalmente, el arte.
Y el aviso de su identificación con el guerrero Rafael Nadal. El aviso a los herederos de que el Last Dance no será un mero espectáculo Made in USA.
Porque el artista-guerrero, en rigor, solo compite contra sí mismo.
Información de La Nación. Edición y redacción: Noticias Today.
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