El fantasma de la terminación del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) ha vuelto a rondar los titulares con la retórica de Donald Trump. Durante el marco de la primera Revisión Conjunta trilateral, el mandatario estadounidense ha amagado con "no renovar" el pacto si no obtiene concesiones masivas.

No obstante, una cosa es la amenaza política y otra muy distinta la realidad jurídica e institucional: aunque Trump quiera, no puede acabar con el T-MEC en esta revisión.Para entender por qué el tratado es a prueba de impulsos ejecutivos unilaterales, hay que desarmar el mecanismo legal que el propio equipo de Trump diseñó en 2018.A diferencia del antiguo TLCAN, que permitía una salida unilateral exprés mediante una notificación de seis meses, el T-MEC introdujo la llamada "cláusula de revisión obligatoria" (o sunset clause).Este mecanismo dictamina que el acuerdo tiene una vida inicial garantizada de 16 años (hasta 2036). En la revisión de julio de 2026, los tres países deben decidir si confirman por escrito su deseo de extender el pacto por otros 16 años adicionales.

Si Trump decide no firmar la extensión, el T-MEC no muere ni se cancela automáticamente.En su lugar, el tratado entra en lo que los analistas denominan un *"modo zombie"* o un ciclo de revisiones anuales obligatorias durante los siguientes diez años. Esto significa que la región tendría hasta el año 2036 para subsanar diferencias, negociar enmiendas o, eventualmente, firmar la extensión.

Trump no puede decretar la muerte del T-MEC en 2026 porque el propio texto legal que él firmó se lo impide, postergando cualquier vencimiento real por una década.Incluso si el presidente de EE. UU. decidiera ignorar la revisión e invocar la cláusula de retiro general de seis meses, se toparía con una muralla constitucional.

El T-MEC fue ratificado en Washington mediante una ley de implementación aprobada por el Congreso. Un presidente no puede revertir de forma unilateral los aranceles y las leyes comerciales modificadas por el Legislativo.

Cualquier intento de desmantelamiento total desataría una batalla en los tribunales estadounidenses.Por otro lado, la interdependencia de las cadenas de suministro norteamericanas es el chaleco antibalas del tratado. El sector automotriz, el agroalimentario y el tecnológico de EE.

UU. dependen críticamente de los flujos bilaterales. Las presiones de los propios gobernadores y congresistas de estados agrícolas e industriales de EE.

UU. (la base electoral de Trump) hacen que la destrucción del acuerdo sea económicamente inviable.La postura agresiva de Washington no busca la muerte del T-MEC, sino la obtención de palancas de negociación. Al rehusarse a una extensión limpia de 16 años, Trump busca arrastrar a México y Canadá a un escenario de revisiones anuales hostiles para forzar concesiones en áreas críticas: reglas de origen automotriz, subsidios energéticos, migración, y contención de inversiones chinas.El T-MEC está diseñado para sobrevivir a las tormentas políticas de sus firmantes.

En 2026, la retórica trumpista podrá generar volatilidad en los mercados y tensión en las mesas de negociación, pero el andamiaje legal garantiza que el comercio de América del Norte seguirá operando bajo las reglas establecidas, muy a pesar de los amagos de la Casa Blanca.