La madrugada del 16 de junio de 2013 permanece en la memoria de miles de habitantes de la Ciudad de México como una de las más inquietantes de los últimos años. Aunque el Servicio Sismológico Nacional determinó que el movimiento telúrico alcanzó una magnitud de 5.8, la sensación que dejó entre quienes lo vivieron fue la de un terremoto considerablemente mayor.

A las 00:19 horas, mientras gran parte de la población dormía, un fuerte sacudimiento despertó a la ciudad. En cuestión de segundos, edificios habitacionales, hoteles y oficinas comenzaron a ser evacuados, mientras miles de personas salían a las calles aún en pijama, intentando comprender la magnitud de lo que estaba ocurriendo.

El epicentro se localizó aproximadamente 30 kilómetros al sureste de Huitzuco, Guerrero. A diferencia de muchos sismos que afectan a la capital y tienen origen frente a las costas del Pacífico, este sucedió en una zona continental y a una profundidad cercana a los 60 kilómetros, una característica que influyó en la forma en que las ondas sísmicas llegaron al Valle de México.

Uno de los aspectos más llamativos del evento fue la forma en que inició. Múltiples testimonios coincidieron en describir un movimiento vertical repentino, conocido técnicamente como movimiento trepidatorio, que hizo vibrar pisos, camas y estructuras antes de transformarse en una oscilación más convencional.

Especialistas han explicado que este tipo de movimiento suele percibirse como más agresivo porque se manifiesta de manera abrupta e inmediata. A ello se sumó el efecto de amplificación característico de los antiguos terrenos lacustres sobre los que se asienta gran parte de la Ciudad de México, capaces de intensificar determinadas ondas sísmicas.

Aunque el sismo tuvo una duración aproximada de 45 segundos, para muchas personas pareció extenderse mucho más. La combinación de la hora, la intensidad percibida y la falta de información inmediata generó escenas de nerviosismo en distintos puntos de la capital.

En zonas como Paseo de la Reforma, el Centro Histórico y diversos corredores habitacionales del oriente y sur de la ciudad, las calles se llenaron rápidamente de residentes que buscaban refugio mientras concluía el movimiento. Mientras la tierra se sacudía, múltiples habitantes reportaron haber observado destellos luminosos en el horizonte.

Las luces, de tonalidades azuladas y verdosas, fueron vistas principalmente hacia el oriente del Valle de México y en dirección a Texcoco. Algunos de esos momentos quedaron registrados en fotografías y videos que comenzaron a circular en internet pocas horas después del evento.

Las imágenes alimentaron toda clase de especulaciones y teorías sobre el origen del fenómeno. Con el paso del tiempo, investigadores relacionaron los destellos con las llamadas “luces de terremoto”, un fenómeno raro pero documentado en distintos países.

Diversos estudios han planteado que podrían estar asociadas con procesos de triboluminiscencia o con la liberación de cargas eléctricas generadas por tensiones acumuladas en las rocas durante la actividad sísmica. Aunque todavía no existe consenso científico absoluto sobre el mecanismo exacto que las produce, la observación de estas luces ha sido reportada en terremotos ocurridos en diferentes regiones del mundo.

Para muchos capitalinos, aquella madrugada representó la primera ocasión en que presenciaron un fenómeno de esta naturaleza, lo que reforzó la percepción de estar viviendo un acontecimiento excepcional. La intensidad con la que se percibió el movimiento provocó interrupciones eléctricas y variaciones de voltaje en distintos sectores de la ciudad.

Al mismo tiempo, las redes de telefonía móvil se saturaron debido al enorme volumen de llamadas realizadas en cuestión de minutos. Miles de personas intentaron comunicarse simultáneamente con familiares y amigos para confirmar que se encontraban bien.

Como ocurre frecuentemente luego de eventos de esta naturaleza, la infraestructura de telecomunicaciones resultó insuficiente para soportar la demanda. Durante varios minutos fue prácticamente imposible establecer contacto telefónico, una situación que incrementó la incertidumbre entre quienes permanecían en las calles o lejos de sus seres queridos.

Las autoridades activaron protocolos de revisión mediante recorridos de inspección y monitoreo urbano. Conforme avanzó la madrugada, los reportes oficiales comenzaron a descartar daños graves en la capital.

Al día siguiente, una polémica dominó las conversaciones en redes sociales. Usuarios denunciaron que en algunas salas de cine los empleados habrían dificultado la salida de asistentes durante la evacuación para evitar la pérdida de lentes utilizados en funciones 3D.

Las acusaciones generaron indignación y abrieron un debate sobre la aplicación de protocolos de protección civil en espacios cerrados. Aunque las versiones fueron motivo de discusión pública durante varios días, el episodio quedó incorporado al recuerdo colectivo de aquella noche.

A pesar del miedo que provocó y de la intensidad con la que fue percibido en la Ciudad de México, el balance final resultó considerablemente menos grave de lo que muchos imaginaron en esos segundos de incertidumbre. Las autoridades reportaron saldo blanco en la capital.

En áreas cercanas al epicentro se registraron algunos daños menores, deslaves y afectaciones materiales, pero no sucedió una tragedia de gran escala. Trece años después, el sismo de Huitzuco continúa siendo recordado como un ejemplo de cómo la experiencia humana de un terremoto no siempre coincide con la magnitud registrada por los instrumentos.

Para miles de personas fue una noche marcada por el sobresalto, los apagones, las comunicaciones colapsadas y aquellas extrañas luces que aparecieron en el cielo mientras la ciudad se estremecía.