Salamone, o la utopía de controlar a un hombre libre

MATADEROS.— Aun hoy, medio siglo después, recuerdo el profundo rechazo que sentí la mañana en que mi padre me llevó a conocer la obra del arquitecto Francesco Salamone en Guaminí, el pueblo bonaerense donde vivieron mis abuelos: Elisa y Pedro. Monumental, y erigido frente a la iglesia colonial, el edificio de la Municipalidad interrumpía bruscamente la arquitectura de su entorno y desafiaba el sentido común, como si fuera una alucinación.
Algo que no debía estar ahí y que desaparecería si cerraba los ojos. Que a mi padre también le disgustara esa intromisión en sus pagos validó mi opinión, como suele suceder con los niños.
Sin percatarme, esa jornada incorporé el significado de la palabra disruptivo. Pasaron los años y sucedió lo inevitable; el rechazo lentamente transmutó en curiosidad y luego, en austera admiración.
No siempre de la estética (sobre la cual, como marino, me declaro profano), sino sobre algo más profundo, que es la potencia devastadora del arte.Salamone nació en Leonforte, un pueblo en el corazón de Sicilia y emigró de niño a la Argentina, que siempre abrió sus puertas al mundo. Una foto de 1916, en la revista Caras y Caretas, nos revela su rostro adolescente cuando egresó, con honores, del colegio Otto Krause.
No sé si fue en esas aulas, o en la Universidad de La Plata, donde germinó su arte colosal; las musas juegan con nosotros en secreto y es inútil toda pretensión de descifrarlas. Sí sabemos que al cumplir cuarenta años (esa edad que conjuga energía y experiencia en forma excelsa y que coincide con el medio del camino de la vida y sus encrucijadas), el siciliano irrumpió en la provincia de Buenos Aires con una serie abrumadora de obras públicas que respondían a una idea matriz –un Estado presente, que se corporizaba como un Golem en el cemento y el acero– y a una estética monumentalista –que fusionaba el art déco italiano con el futurismo–, pero donde se percibía una interpretación personal del arte.El plan de Francesco fue arrollador, casi demencial; puedo imaginar el frenesí creador de ese momento consumiéndolo por las noches, como le sucedió a Picasso en su período cubista.
A lo largo de cuatro años, desde 1936, jalonó la provincia con palacios municipales, cementerios y mataderos, concebidos con una estilística impactante que no permitía la indiferencia y que revolucionó el paisaje y las mentes. Obras macizas, grises; cuyo brutal tamaño no excluía la belleza, pero la cuestionaba, y conjugaba la simetría con la desproporción.Construyó municipalidades que abundaban en torres esbeltas, cuya altura superaba la de las iglesias, compitiendo por los fieles; coronó con la palabra Matadero los edificios de faena de reses y los ornamentó con cuchillas espectaculares de cemento, denunciando su oficio letal con orgullo; arrasó con la austeridad pacífica de los camposantos rurales (siempre ubicados al sur de los pueblos), transformándolos en obras que hablaban en voz alta, mientras custodiaban a los muertos de los vivos.Cuando mensuramos esa invasión arquitectónica del mundo rural bonaerense, podemos dimensionar su magnitud.
Francesco construyó más de sesenta obras en apenas cuatro años, un hito que hoy parece imposible. Cada una expresa su impronta; es imposible no reconocer al autor, pero creo que la serie completa constituye (entiendo que las palabras son del historiador Juan Ruffa) un conjunto cultural que las trasciende.
Si trazáramos un mapa conectándolas, quizás encontremos una clave secreta que el siciliano nos haya dejado como un juego o como cábala, pero esa conjetura solo responde a mi imaginación.Muchos años después de aquella mañana reveladora, en la que me fue dado conocer a la arquitectura de Francesco en Guaminí, emprendí un viaje a Bahía Blanca a visitar a un talentoso herrero, que supo navegar conmigo. El azar me detuvo frente al portal del cementerio de Saldungaray.
Los símbolos cristianos, a escala monumental, dominaban el escenario. Una rueda gigante (que luego supe que representaba la inmortalidad) contenía una enorme cruz, de simetría inhumana, en la cual estaba crucificado el rostro (cubista, y quizás occidental) de un Cristo, mirando hacia la tierra en duelo.
A mi regreso a Buenos Aires hice otro alto en el cementerio de Azul, esta vez movido por la curiosidad. Un magnífico arcángel San Gabriel custodiaba la entrada, junto al epitafio RIP, de dimensión colosal; el conjunto me pareció amenazante.
Las dos esculturas, concebidas por Salamone, y ejecutadas por Santiago Chierico, no necesitaban de palabras para recordarles su destino a quienes ingresaban. Pensé en Francesco, no el arquitecto, sino el poeta; comprendí que cuando produjo esas obras, las musas que lo habitaban eran incontrolables y su arte ya no respondía a la estrategia del poder, sino a una íntima convicción.
Había cruzado un umbral.Completo estas líneas en la espléndida biblioteca de la Sociedad Central de Arquitectos, donde Ricardo me alcanza amablemente los cinco tomos que analizan la obra de Salamone y lo presentan como un maestro de la arquitectura. Mientras hojeo sus páginas siento que soy un intruso en un mundo desconocido, donde impera una lengua que no domino, pero eso no me impide disfrutar; al fin y al cabo, la belleza (no las obras que la contienen) es de quien la necesita.
Releo mis notas, impacientes y desprolijas; una dice, y me delata: ojalá Salamone hubiera construido una escuela pública y un faro en una costa solitaria; la otra reza: todo esfuerzo del poder por controlar la creatividad y el carácter de un hombre libre es una utopía. Francesco inició siendo un inmigrante desconocido que trabajó para el Estado; hoy es una superstición de los argentinos.
Información de La Nación. Edición y redacción: Noticias Today.
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