Bogotá podría terminar definiendo la elección presidencial de 2026. El desgaste del Gobierno, las contradictorias alianzas políticas y las tendencias electorales revelan un cambio de rumbo que ya se siente en la capital y que podría marcar el futuro de Colombia.

Jornada de elecciones presidenciales de primera vuelta, en Corferias.Gustavo TorrijosLa elección presidencial de 2026 podría definirse en Bogotá. La capital parece haber dejado de ser un bastión del progresismo, en buena medida por el desencanto generado por lo que muchos ciudadanos percibimos como el abandono y las constantes objeciones injustificadas del Gobierno de Gustavo Petro a proyectos estratégicos para la ciudad, como el Metro, las vías de acceso y otras obras fundamentales para su desarrollo.

Solo cuando el costo político inició a hacerse evidente apareció un cambio de discurso que no puede dejar de interpretarse como una reacción electoral tardía y oportunista. Más opinión de Bogotá: Opinión: La falta que hacen los frentes de seguridad y las redes de cuidado en BogotáEse giro empezó a reflejarse en la elección para la Alcaldía Mayor, cuando una amplia mayoría rechazó la candidatura de Gustavo Bolívar, promovida activamente por el presidente Petro.

Aquel resultado fue interpretado como una primera señal del desgaste del proyecto político del Gobierno en la capital y como el inicio de una tendencia que hoy parece consolidarse. La discusión se ha trasladado ahora al escenario presidencial.

La candidatura de Iván Cepeda, impulsada por Gustavo Petro, se presenta como la continuidad de una propuesta de cambio, pero cuenta con el respaldo o la cercanía de dirigentes como Armando Benedetti, Ernesto Samper, Juan Fernando Cristo, Lucho Garzón, Roy Barreras, Daniel Quintero y Clara López Obregón. Para muchos ciudadanos resulta difícil encontrar en esa convergencia una ruptura real con las prácticas políticas tradicionales que durante años se prometió superar.

Los cuestionamientos aumentan al revisar las trayectorias de esas figuras. Samper, por ejemplo, continúa ligado en la memoria colectiva al escándalo del ingreso de dineros del narcotráfico a su campaña presidencial; Quintero dejó la administración de Medellín rodeada de controversias e investigaciones por corrupción; y Clara López fue una de las principales figuras políticas de la administración de Samuel Moreno, recordada por el mayor escándalo de corrupción: el Carrusel de la Contratación.

La presencia de estos respaldos y otros similares alimenta el debate sobre la coherencia del discurso de cambio que hoy reivindica sin éxito el progresismo. No deje de leer: Opinión: resaltos, la infraestructura que salva vidasLos acontecimientos de las últimas semanas también reflejan la inocultable preocupación de ese sector ante la inminente derrota electoral.

Más que concentrarse en defender los resultados de su gestión -que no se advierten- o en presentar propuestas para el país, pareciera haberse optado por una estrategia -torpe- orientada a golpear política y deslealmente la campaña de Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo. En ese contexto, la actuación de la representante investigadora de la Comisión de Acusaciones -ex esposa de Roy Barreras- y el reciente escrito suscrito por algunos exmagistrados identificados políticamente con el Gobierno o en contra de la fórmula De la Espriella – Restrepo, no puede dejar de percibirse como nuevos, torpes y fallidos esfuerzos por construir un hecho político y mediático a partir de falacias.

Lejos de transmitir una genuina preocupación institucional, estas actuaciones parecen buscar protagonismo frente al amplio espacio que Abelardo y José Manuel han logrado conquistar en la opinión pública. Las controversias jurídicas sobre la elegibilidad de De la Espriella y los cuestionamientos judiciales a algunos mensajes de campaña terminan siendo parte de una estrategia orientada a desacreditar al adversario antes que a persuadir a los ciudadanos mediante ideas y propuestas.

Estos adversarios olvidan que De la Espriella es colombiano por nacimiento y, por tanto, su doble nacionalidad no constituye inhabilidad alguna. Le puede interesar: Opinión: Bogotá y la oportunidad de transformar la atención en saludQuizá por ello, esos esfuerzos no parecen haber producido los resultados esperados.

La más reciente encuesta de AtlasIntel para Semana muestra a Abelardo de la Espriella con una ventaja notoria sobre Iván Cepeda en la segunda vuelta. Más revelador aún es que Bogotá aparece como una de las regiones donde el desgaste del petrismo y cepedismo resulta más evidente.

Todo indica que la capital se ha convertido en el principal termómetro del cambio político que vive el país. Si la tendencia se mantiene, los bogotanos podrían desempeñar un papel decisivo en la elección presidencial y en la definición del rumbo que tomará Colombia durante los próximos años.

Lo ocurrido en Bogotá sugiere que una parte importante de la ciudadanía inició a evaluar con mayor severidad los resultados y con menor entusiasmo y aceptación los discursos demagógicos. Si las urnas confirman la tendencia que hoy registran las encuestas, la capital no solo podría definir la elección presidencial de 2026, sino marcar con ello el inicio de una nueva y positiva etapa política para Colombia.

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