Inicios del siglo XX, Quito transitaba de ciudad señorial a su primera modernidad. Marcada por el andinismo, mostraba infranqueables fronteras sociales, étnicas, culturales… En este contexto se forjó una cultura política cuyos rasgos: relaciones personalizadas de poder, racismo y patriarcado, serían signos dominantes durante buena parte del siglo XX y quizá hasta nuestros días.

Germania Paz y Miño de Breilh (Quito, 1913-2002), a pesar de este adverso entramado –reclusión de la mujer en mero símbolo moral–, se yergue como una de las grandes figuras del arte escultórico ecuatoriano y latinoamericano. La poética de su escultura Germania dominó los géneros de las artes visuales y varias de sus obras despuntan como pioneras de un arte de doble rostro: lo social y lo femenino.

Adelantada de su tiempo, la mayoría de su obra muestra un espléndido abstracto. Anatomía del deseo.

Premio Mariano Aguilera 1961. Hierro y cobre.

Las formas giran, danzan, alardean, en espiral. El corazón como germinación de la materia –un fruto en cuyo epicentro estallan colores–.

¿No es el ángel de la materia quien clama, invocando al artista que deviene modelador y escultor? Menuda y frágil, martillo y cincel en manos, talla sus esculturas en andesita, piedra volcánica que amansaba para transmutarla en arte.

Obras que poseen liviandad y laconismo, y crean una experiencia estética. Algunas cobijadas por un manto enigmático, inescrutable.

Atahualpa, 1938. Altivo, visionario, exuda grandeza.

Esta obra reivindica la imagen del inca a la cual se presentaba cándida y medrosa. El amor es, junto a sus amplios saberes y convicciones, ejes fundamentales de la escultura de Paz y Miño.

Amor en sus múltiples vertientes. Fluyendo, retornando o ensimismándose.

Piedra que ama en sus manos, no hiere, no intimida, cede. En ella, por obra y gracia de su arte, resuenan sus voces primordiales, mineral y vidrio.

Amor, pasión y ofrenda vital. Piedra, hierro, madera, cobre, cemento, transmutados en arte.

Paz y Miño opera desde su presente hacia el tiempo pendiente. Mirada que se macera en lo que cincela o forja.

Dos soportes sostienen una bóveda coronada por una fina diadema (peinados de las figurinas valdivias). En el centro una piedra ovoidal suspendida en el vacío.

Heliocentrismo. Un breve sol, alrededor del cual gravitan nimios planetas, completan la obra.

¿Plasmación del origen de la vida? ¿“Del origen del origen” que dijera Bachelard?

Obra que conmina a mirar ese “origen del origen”, el germen de la vida. Corpus cósmicos, las esculturas de Germania son móviles, en flujo circular.

Rostros, grupos, mendigos, amantes que transitan, centellean, repercuten. “La idea está en el mármol”, sentenciaba Alain. Las ideas de nuestra artista están en los materiales que somete, agrupa o yergue.

Amor eterno. Un beso que proclama el siempre como emblema del amor humano.

Obra que encarna y trasciende la plasticidad. Fracturación de las sinonimias del lenguaje escultórico.

Realidad dotada de vida y sobrevida. Sentido hondo de la metamorfosis.

Resonancias ocultas o mimetizadas. Carne y espíritu.

Figura triste, Figura angustiada, Un hombre y una mujer o una pareja heroica esculpida en piedra, cuya figura central ocupa el primer plano, denotando abatimiento pero no derrota. Lo propio signa a las otras figuras.

Rostros que no requieren esclarecerse. Niños, parejas, manos entregándose, amándose, acoplándose: Las dos espigas.

Rostros yéndose, ¿adónde?, tal vez, al principio del principio. Nuestra bestia interior.

¿Versión libre del demonio del cristianismo o del diábolo griego (“calumniador”)? Nada de eso.

Nuestro alter ego, el otro yo, aquel que llevamos a cuestas, escamoteándolo, avergonzándonos, sometidos a su energía implacable. Los mendigos.

Dos bloques. La talla transpira exclusión y miseria.

Incisiones sabiamente trabajadas obran el prodigio visual y repercuten en el observador, dando la sensación de daño, gemido, súplica. Pero hay nobleza.

No la extensión estremecida de la mano. Mesura, decoro.

Mestizaje. Obra profunda, exenta de bordaduras.

Síntesis. La artista rehúsa la figuración.

Va más allá de lo tangible. Halla su sustancia en la desnuda y sucinta abstracción.

Dos piedras se alzan en simbiosis para instaurar el mestizaje. La una oscura, la otra blanca.

Para el observador común esta luce triunfante, pero un aura extraña la expone como señal de asombro y dignidad. Germania Paz y Miño dejó un legado inapreciable.

Arte cuyo “mensaje” es ambiguo: multiplicidad de significados que convergen y abstraen en uno solo: memoria y apoteosis del pasado en cuyo núcleo bullen la vida y el amor. Incisiones en el corazón del tiempo.

Presente y mañana congregados en conjunción única. Es el fervor de su poética.

El duelo del arte genuino con el paso ineluctable del tiempo.