Dos niños desplazados, una dictadura y el recuerdo imborrable de México 86

Se hicieron inseparables en cuanto se conocieron. Uno rubio, de esa estirpe italiana que ya fuera por la Primera o la Segunda Guerra Mundial, habría ido a nacer en algún rincón del Mar de la Plata; el otro, más bien moreno, larguirucho, con algún rastro de sangre indígena por sus venas y una inocencia que aún no sabía cómo perderla.
Compartían el desarraigo, la sorpresa de llegar a tierras desconocidas, la necesidad de echar raíces: la búsqueda de un sentido de pertenencia en un lugar donde nada les pertenecía. Fue una de esas conexiones espontáneas, gestadas como acto de supervivencia, sí, pero también porque el destino se teje con eslabones insospechados.
Nunca se preguntaron los motivos de sus propias migraciones. No hacía falta.
Se conformaban con pasar largas horas de la tarde recorriendo la aridez del paisaje, cazando iguanas, tirando el nylon para sacar peces sapo o trepando a los techos de las casas para buscar bolas perdidas. O hablando del cometa Halley, de si lo habían visto durante la trasnochada anterior.
La escuela tampoco les despertaba mayor interés. En momentos así, tener al lado a alguien con la misma desorientación ayuda a reafirmar la existencia, el sentido de estar vivo.
En los comentarios que escapaban de las tertulias de cosas de adultos, todavía se escuchaba de la guerra de las Malvinas –islas Falkland hubiera sido inaceptable para sus propias familias–, de la carnicería que vivieron cientos de jóvenes que no tenían la menor idea de qué hacían con esos fusiles que apenas podían sostener; de la desesperación de caer al mar con el equipo militar encima, sin saber nadar; del ruido perdido de algún lugar lejano que en realidad no era tan lejano, ni en tiempo ni en geografía. Pronto llegaría el Mundial de México 86.
Lo que importaba no eran los partidos, sino la interrupción de la programación diaria, aunque finalmente los terminaran viendo de reojo en medio de los juegos de bolinchas, recurso infalible de antaño contra las tardes detenidas en el aburrimiento. Cuánto odiaban dejar de ver las fábulas de rigor para que en pantalla salieran los mismos tipos sonrientes de las postalitas, los de aquel álbum destartalado, destramado, con rastros de goma fusionando sus hojas, arrancándole la expresión al jugador de la página opuesta, creciente en volumen luego de cada intercambio en la escuela o de los trueques o regateos en el mercado.
A final de cuentas, igual que todos, caerían víctimas de la euforia del momento. Igual que ocurre hoy, a pesar de un mundial con motivos para ignorarlo.
Y para avergonzarse. Igual que algunos otros. –¡Eliminaron a Brasil! –dirían apenas vieron a sus padres, luego de aquella dramática tanda de penales contra la Francia de Platini.
Tan solo al día siguiente, en otra llave de los cuartos de final, Maradona haría historia anotando el gol con “la mano de Dios”, y luego, “el mejor de los mundiales”, cuando se bailó a medio equipo inglés. Ellos apenas empezaban a dimensionar que la venganza de Argentina se cobraba con sudor en el césped del Estadio Azteca.
Ni qué decir de la final, primer partido que vieron completo en sus vidas, antesala de lo que marcaría una larga afición por el fútbol. Quedaría grabado en sus memorias el desbordamiento de un rosarino amigo de una de las familias, expansivo, abotagado, ahogado en cerveza, quien parecía ser el único realmente consciente –pese a su embriaguez– de lo que significaba el segundo campeonato mundial albiceleste.
No recuerdan en qué momento dejaron de verse o dónde se interrumpió la historia. Hay baches que tienen una razón de ser: quizá por protección de algunos momentos dolorosos, tal vez porque la vida obliga a ponerse en movimiento y pasar las páginas, incluso dejando atrás lo verdaderamente importante.
Muchos años después, durante una tarde de inmersión en lecturas de la prensa argentina a raíz de la conmemoración del 50.° aniversario del 24 de marzo –Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia–, día, precisamente, en que se gestó el golpe militar de 1976, con la instauración del Proceso de Reorganización Nacional a cargo de Jorge Rafael Videla, uno de ellos rememoró. Remembró.
Fue más bien algo espontáneo, como cuando los recuerdos corren como el agua y atan cabos que esperaron años para ser unidos. Pasadas las notas del insultante negacionismo de Javier Milei, de las historias de los desaparecidos que se los llevaban Los Enanitos Verdes, de las descripciones de las torturas en la Escuela de Mecánica de la Armada y otros centros de detención y exterminio, de las identidades restituidas por las Madres –y Abuelas– de Plaza de Mayo a alguno de los 140 nietos desamparados durante tantos años, de los vuelos de la muerte en donde algunos de esos desaparecidos eran desaparecidos por algún enano verde cuando los lanzaban desde las alturas al mar, pasado tanto dolor, dio un respiro profundo, cerró los ojos y comprendió.
Entendió que, en un mundo de azares, de hilos invisibles, de espinas y amarguras, de familias desperdigadas por todo el continente, un golpe de Estado, sin sospecharlo, había gestado la historia del encuentro con quien fuera su mejor amigo de la infancia. Dedicado a todas las personas desplazadas por la violencia, en particular por la dictadura argentina de 1976 a 1983ricardo.millangonzalez@ucr.ac.cr Ricardo Millán es médico psiquiatra, catedrático de la Universidad de Costa Rica y miembro correspondiente de la Academia Nacional de Medicina.
Información de La Nación (Costa Rica). Edición y redacción: Noticias Today.
Ver publicación original ↗
💬 Comentarios (0)
Iniciá sesión o creá tu cuenta para comentar.