A los 88 años, José Sacristán se retira del cine: "Se necesita un tiempo que ya no dispongo; y no quiero madrugar más"
José Sacristán decidió retirarse del cine después de pasar 70 de sus 88 años frente a la pantalla. No es que le falte vitalidad o se enfrente a algún problemático trance de salud.
Todo lo contrario. Con la lucidez plena para seguir subiendo cada noche a un nuevo escenario, confirmó al mismo tiempo que seguirá haciendo teatro. “Se necesita un tiempo que ya no dispongo.
Y no quiero madrugar más”, expresó para justificar su decisión de despedirse definitivamente de la faceta artística que lo llevó a ser una de las figuras más ilustres (para muchos, la mejor) del cine hispanoparlante en el último medio siglo. El público que lo escuchaba en el estudio del popular programa televisivo La revuelta reaccionó con sorpresa.
Locuaz, ingenioso y corrosivo como lo fue toda la vida a partir de su carisma y su inigualable voz de barítono, Sacristán apareció allí con la estampa de esos actores sin tiempo que mantienen su vigencia sin esfuerzo más allá de los años, pero terminó confirmando una idea que venía madurando en los últimos años. En 2021, poco antes de recibir el Premio Nacional de Cinematografía otorgado por el gobierno español, Sacristán había dicho: “Si me dan un guión y leo que hay que rodar en exteriores por la noche, no sigo.
A la hora de cenar ya me gusta estar en casa. De ninguna manera quiero llegar al patetismo ese de querer morir con las botas puestas.
Seguiré mientras me divierta, y el cine y la televisión ya me divierten poco”. José Sacristán nació el 27 de septiembre de 1937, en plena Guerra Civil Española, en el pequeño municipio de Chinchón, distante a menos de una hora de auto (53 kilómetros) de Madrid.
Ahora, con más tiempo libre, dice que se dejará ver mucho más seguido por su pueblo, en el que hoy viven 5800 personas y al que siempre quiere y disfruta volver. Hasta tiene una calle que lleva su nombre. “El secreto de mi pueblo son los ajos, que son maravillosos”, expresó sobre Chinchón, un pintoresco reducto conocido por los 200 balcones de madera pintados de verde que rodean a su Plaza Mayor.
Allí se filmaron varias películas españolas, europeas y de Hollywood, entre ellas el clásico La vuelta al mundo en 80 días, con David Niven, Cantinflas y Shirley MacLaine. “Éramos pobres, pero no miserables. Mi abuela y mi madre hacían milagros para que el hambre no nos quitara las ganas de jugar en la calle.
Recuerdo las visitas a la cárcel de Ocaña para ver a mi padre a través de unos locutorios con doble reja. De niño no sabía de ideologías, pero entendía perfectamente el dolor de ver a mi padre encerrado por sus ideas.
Aquello me dio una medida de la libertad que no he olvidado nunca”, recordó hace un tiempo en el programa de TV Palo y astilla. Hijo de madre republicana y padre comunista, Sacristán siempre se identificó como un artista de izquierda. “Me llamo José por José Díaz Ramos, primer secretario general del Partido Comunista español.
Mi padre era comunista de toda la vida, un rojo sin remedio”, expresó ante el mismísimo rey Juan Carlos I cuando recibió la Medalla de Oro del Mérito a las Bellas Artes. Juan Zavala, Elio Castro-Villacañas y Antonio C.
Martínez en el documentado libro El cine español contado con sencillez, recordaron que Sacristán, en sus comienzos, como muchos actores de su generación, “tuvo que ganarse la vida gracias a las españoladas del régimen franquista”, todo lo contrario a su ideología. Debutó en el cine en la comedia La familia y algo más (1965), en el breve papel de un estudiante de arquitectura y con el tiempo fue ganando lugar y reconocimiento acompañando a las figuras más populares del cine español de ese tiempo, Paco Martínez Soria y Alfredo Landa, siempre interpretando papeles cómicos a favor “de su nariz prominente y su poca pinta de galán”.
De a poco, detrás del personaje gracioso empezó a notarse el talento de Sacristán como actor. Se dio a conocer por primera vez en Asignatura pendiente (1977), ópera prima de José Luis Garci y la película con la que mejor se identificaron los españoles de la Transición entre el franquismo y la apertura democrática.
Sacristán y Fiorella Faltoyano interpretan allí a una pareja que se reencuentra después de un largo tiempo y reinciden en el amor mientras transcurren los últimos años de la vida de Franco. Fue un éxito colosal (dos millones de entradas vendidas) y la consagración definitiva de Sacristán como un actor de cine completo.
Al año siguiente llegó, también junto a Garci y Faltoyano, Solos en la madrugada. Personificando a un locutor que narra los cambios políticos en España mientras atraviesa una crisis personal, Sacristán se convirtió a partir de ese momento en una voz única, inconfundible y admirada por todo el público hispanoparlante, incluyendo a la Argentina, donde la película tuvo un notable éxito de convocatoria en los cines.
Después llegaron algunos otros títulos que le plantearon nuevos desafíos interpretativos como Un hombre llamado Flor de Otoño (1978), de Pedro Olea, como un abogado que ejercía por las noches una doble vida como travesti, y El diputado (1979), de Eloy de la Iglesia, como un legislador de izquierda homosexual marginado por sus propios compañeros de ruta. Sacristán participó en casi todos los grandes éxitos del cine español de las últimas décadas: La vaquilla, El viaje a ninguna parte, El vuelo de la paloma, Madregilda, El muerto y ser feliz, Cara de acelga y Yo me bajo en la próxima, ¿y usted? (las últimas dos también como director), entre muchas otras.
En noviembre de 1985 fue uno de los participantes, junto al productor Alfredo Matas, el director Luis García Berlanga y la actriz Charo López, de una recordada comida realizada en un restaurante de Madrid en la que se llegó a un primer acuerdo para crear la futura Academia del Cine de España. En la Argentina se sumó a Convivencia (1993), de Carlos Galettini, acompañando a Luis Brandoni, y sobre todo a dos de las mejores películas de Adolfo Aristarain, Un lugar en el mundo (1992) y Roma (2004).
En la primera (ganadora del Goya a la mejor película íberoamericana y de la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián) es Hans, un desengañado geólogo de pasado anarquista que llega a San Luis y comparte los descubrimientos, sueños y utopías frustradas del matrimonio de exmilitantes encarnados por Federico Luppi y Cecilia Roth. Y en la segunda personifica al álter ego del director, mientras escribe un texto autobiográfico que recorre su agitada vida entre Buenos Aires y Madrid entre los años 50 y la actualidad. “El cine ha perdido a uno de sus mejores directores a escala universal.
Todas sus historias tienen la singularidad de una mirada sobre el ser humano muy interesante, profundo y sin pontificar. También debo destacar su relación con los actores y su dominio absoluto de la narrativa cinematográfica”, expresó Sacristán sobre Aristarain al conocer la noticia de su fallecimiento en abril pasado.
José Sacristán recuerda a Adolfo Aristarain luego de su fallecimiento: "El cine ha perdido a uno de sus mejores directores a escala universal"#LaNoche24h▶https://t.co/KvgtvoBNbh pic.twitter.com/y1CuiNWClH— La noche en 24 horas (@Lanoche_24h) April 27, 2026Sacristán está en plena actividad teatral recorriendo España con la obra El hijo de la cómica, con la que recorrerá la península y otros países hasta 2027 inclusive. Expresó hace poco, en una entrevista con el diario madrileño El Mundo, que “seguir haciendo teatro es estar vivos y en mi caso tengo la suerte de que la vida y el trabajo han ido de la mano”.
En esa conversación también habló de la muerte. “Si no pensáramos en el final a estas alturas seríamos unos idiotas. Se sabe que esto se acaba.
Ahora, estar obsesivamente pendiente de eso te paraliza. Yo hago cada día mi trabajo, vivo, oigo música, veo mis películas...” Conservará ese hábito para siempre, pero ya no volverá a hacerlas.
Información de La Nación. Edición y redacción: Noticias Today.
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