Los perros no van al cielo

Mi hija Lucy me preguntó un día si los perros iban al cielo, lo que me hizo reflexionar, ya que es una pregunta que la teología nunca termina de resolver con comodidad. La respuesta, desde una lectura estricta de la tradición judeocristiana, es incómoda para quienes convivimos con los cánidos, porque es muy probable que no.
No porque sean indignos de amor –nadie que haya sido recibido por uno al llegar a casa lo dudaría–, sino por una razón mucho más prosaica: Dios no los hizo. Los hicimos nosotros.
Canis familiaris, el perro doméstico en todas sus formas, desde las razas reconocidas hasta los zaguates, no es una criatura del Génesis. Es el resultado de miles de años de domesticación y selección reproductiva aplicada sobre el gran lobo gris (Canis lupus).
Fuimos nosotros quienes tomamos un depredador salido del jardín del Edén y lo convertimos en compañero. En el proceso obtuvimos maravillas –el border collie, de inteligencia casi perturbadora; el labrador, de lealtad casi terapéutica–, pero también aberraciones: razas con estructuras óseas incompatibles con una vida sin dolor y cráneos tan comprimidos que apenas pueden respirar.
La selección artificial, llevada al extremo, no perfecciona: deforma. No hay que forzar mucho el pensamiento para encontrar el paralelismo con cierta tradición política latinoamericana.
El liberalismo que hoy recorre América Latina bajo distintos ropajes –a veces con traje, a veces con motosierra– tampoco cayó del cielo. Tiene linaje, tiene criadores, tiene un proceso de selección tan deliberado como el de cualquier raza canina.
Para rastrearlo, hay que remontarse hasta dos momentos fundacionales del siglo XX: la Sociedad Mont Pèlerin, fundada en 1947 por Friedrich von Hayek, y la Escuela de Chicago, cuyo exponente más influyente fue Milton Friedman. Ambos proyectos nacieron como reacción al avance del Estado de bienestar y como respuesta al keynesianismo de posguerra.
Así como el lobo fue convirtiéndose en perro, la doctrina pasó de mano en mano, perdiendo pureza teórica y ganando practicidad política. El resultado fue heterogéneo: algunos especímenes resultaron razonables, incluso virtuosos; otros fueron claramente monstruosos.
Es imposible no parpadear ante el hecho de que las primeras grandes aplicaciones del programa neoliberal en América Latina no se hicieron en democracia, sino en dictadura. Chile, bajo Pinochet, fue el laboratorio más citado, pero no el único.
La paradoja es notable: una doctrina que enarbola la libertad individual como valor supremo encontró su primer hogar en regímenes que suprimían libertades con una eficiencia que habría escandalizado al propio Hayek –y que en parte lo escandalizó, aunque sus críticas públicas fueran, digamos, mesuradas–. Con el retorno de las democracias, el liberalismo aprendió a hablar en las urnas y a convivir con el sufragio, pero la tensión de origen nunca desapareció.
Hoy asistimos a una nueva mutación: el liberalismo de “mano dura”, que promete reforma del Estado con un puño cerrado, que habla de libertad económica mientras centraliza poder político, que invoca al mercado mientras erosiona los contrapesos institucionales. Es, nuevamente, una raza criada con intenciones nobles que terminó con la mandíbula desproporcionada.Volvamos a los perros, para concluir.
Los amamos. Y se han ganado ese amor con milenios de fidelidad y trabajo compartido.
Pero no van al cielo, no porque fallen, sino porque su origen los excluye de esa promesa divina. Fueron hechos por manos equivocadas para ese destino.
El liberalismo latinoamericano de última generación –ese que promete la gran reforma, el Estado eficiente, el fin de la corrupción y la llegada del orden– carga con una herencia similar. No es que sus promesas sean indignas: es que su linaje lo traiciona.
Fue criado con demasiadas manos, seleccionado por demasiados intereses, adaptado a demasiados contextos para mantener coherencia doctrinaria. Y cuando la coherencia se pierde, lo que queda suele parecerse más al autoritarismo funcional que a la reforma genuina.
El paraíso de la transformación estatal real –esa que redistribuye poder sin concentrarlo, que abre mercados sin abandonar ciudadanos, que reforma sin destruir– no parece estar en ese camino. Y quizá, como a los perros, muchos lo amen.
Pero al cielo no entra.jorgezdiaz@gmail.comJorge Zúñiga Díaz es licenciado en Derecho.
Información de La Nación (Costa Rica). Edición y redacción: Noticias Today.
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