“De niño, mi padre me enseñó que las efímeras nacen, se reproducen y mueren en el transcurso de un solo día; que algunas cigarras viven apenas unos días bajo la luz, pero permanecen enterradas durante un número primo de años. También me enseñó que ciertos calamares y tiburones parecen desafiar el envejecimiento, y que algunos árboles, como las secuoyas, perduran durante milenios".OpiniónEl EspectadorLa muerte de un ser amado nos recuerda, con una dureza para la que nunca estamos preparados, que cada conciencia alberga un universo irrepetible.

Y cuando la vida es piadosa, apenas nos deja el consuelo de una despedida digna, quizá con poco sufrimiento. Hay una forma serena de gratitud en saber que quienes amamos no tuvieron que recorrer el largo corredor de dolor que la agonía de la muerte les reserva a tantos.La muerte llega, pero la vida sigue, indiferente, en su curso inmutable.

Desde el origen del tiempo hasta nuestras primeras experiencias conscientes no transcurre ni un segundo. Durante ese vacío inconcebible, el universo permaneció allí, silencioso e indiferente a nuestra ausencia.

Y acaso, cuando la conciencia se apaga, el tiempo vuelve a contraerse hasta un punto sin dimensiones, como si regresáramos al mismo misterio del que una vez emergimos.Somos seres finitos. Todo lo es, incluso el universo mismo.

Nos entristece que nuestro ser querido ya no participe de la fiesta de la vida. Pero el hoy, el ayer y el mañana no son más que una ilusión persistente.

El tiempo es, quizá, solo un artificio de la memoria, una tenue ficción levantada contra el caos de la experiencia; un prejuicio, “el más terco de los prejuicios”, como escribió Albert Einstein.De niño, mi padre me enseñó que las efímeras nacen, se reproducen y mueren en el transcurso de un solo día; que algunas cigarras viven apenas unos días bajo la luz, pero permanecen enterradas durante un número primo de años —11, 13 o 17— en una larga latencia larvaria, como estrategia para eludir a sus depredadores. No hay ironía mayor: vivir como los muertos, bajo tierra, para perpetuar la propia existencia.También me enseñó que ciertos calamares y tiburones parecen desafiar el envejecimiento, y que algunos árboles, como las secuoyas, perduran durante milenios.

La tragedia humana reside, quizá, en la conciencia: no solo somos finitos, sino que sabemos que lo somos. A escala cósmica, no obstante, la vida de una efímera y la nuestra apenas se distinguen.

Ambas son breves. Ambas son frágiles.

Ambas son casi instantáneas.Existimos como existe un cuarteto de Beethoven. No está propiamente en la partitura ni se reduce al conjunto de vibraciones que emanan de cuatro instrumentos de cuerda.

Existe solo cuando una conciencia lo reconstruye y le otorga realidad. Existe como existen el rojo, el dolor, la sed, el hambre, el miedo o la belleza: no como objeto desnudo del mundo, sino como acontecimiento vivo en el interior de una mente.De la misma manera, y sin diferencia esencial, existimos nosotros: formas conscientes que el universo ha producido para contemplarse a sí mismo.

El antiguo dilema del árbol que cae en el bosque cuando nadie puede oírlo ya presupone una respuesta. Bosques, árboles y caídas son conceptos humanos.

Lo que llamamos mundo es una construcción de nuestra percepción, una arquitectura virtual levantada a partir de señales incompletas. Detrás de ella debe haber algo, una realidad exterior; pero no podemos nombrarla sin encerrarla de nuevo en palabras, imágenes y categorías humanas.Un hombre acaricia un gato y encuentra consuelo en su compañía.

Pero ignora que los gatos no habitan la secuencia del tiempo como los humanos, sino la eternidad del instante. La observación pertenece a Jorge Luis Borges.

Esa secuencia temporal tampoco es la misma para un niño, un anciano o una persona que ha perdido la memoria. El mundo del gato, como el del murciélago al que se refirió Thomas Nagel, no puede imaginarse desde la limitada perspectiva de la conciencia humana.Podemos pensar en ese mundo, pero no habitarlo.

Cuando hablamos del universo como una entidad común, confiamos en que otras conciencias humanas construyen una realidad lo bastante semejante a la nuestra. Pero el universo de los gatos, de los murciélagos o de las aves no coincide exactamente con el nuestro.

Si un animal se espanta ante un ruido fuerte, como se espanta un niño, apenas reconocemos que compartimos algunas formas elementales de experiencia: miedo, sobresalto, peligro. Compartimos ciertos qualia, algunas sombras de una misma condición sensible.

Pero cada criatura solo puede existir encerrada en su propia cámara del mundo.Quizá por eso la muerte de un ser amado nos resulta inconcebible. No desaparece solo un cuerpo; desaparece una manera irrepetible de ordenar el universo: una voz, una memoria, una mirada, una forma única de sentir el tiempo.

Y, no obstante, algo permanece, no como consuelo, sino como una verdad más humilde. Mientras una conciencia pueda recordarlo, mientras una frase suya vuelva a encenderse en otra mente, mientras su presencia siga modificando la forma en que miramos el mundo, una parte de esa conciencia continúa existiendo, como un cuarteto que ya no suena en los instrumentos, pero persiste en la memoria de quien alguna vez lo escuchó.En memoria de mi padre.👩‍🔬📄 ¿Quieres conocer las últimas noticias sobre ciencia?

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