Enemigos y vecinos

Llevamos años culpándonos. Primero fueron los 30 años, luego los abusos de las élites, después el estallido, más tarde los convencionales, los inmigrantes, el crimen organizado, la izquierda o la derecha.
Dependiendo del momento, encontramos nuevos responsables para explicar nuestras frustraciones. No obstante, mientras discutimos quién tiene la culpa, no avanzamos y menos nos detenemos a pensar qué pasa con nuestra capacidad de cooperar.Escuchando una entrevista de Ezra Klein a Harari, este último insistía en una de sus tesis más conocidas: la ventaja evolutiva de los humanos no fue la fuerza física ni la inteligencia, sino la capacidad de cooperar con personas desconocidas.
Gracias a ello construimos países, empresas y democracias. Ninguna de estas instituciones funciona sólo por coerción.
Todas descansan sobre la confianza y la cooperación.La reflexión me pareció especialmente pertinente para el momento que atravesamos porque, aunque suene ingenuo en tiempos de polarización, las sociedades prosperan cuando logran construir acuerdos que permitan avanzar a pesar de las diferencias.Durante la última década, la conversación pública se ha ido organizando en torno a la lógica de los adversarios. Cada sector parece convencido de que el principal obstáculo para el progreso del país está en el otro.
La izquierda ve en la derecha una amenaza para los cambios que considera necesarios y la derecha ve en la izquierda una amenaza para el crecimiento o la seguridad.El problema no es la existencia de desacuerdos ni de conflictos. Las democracias viven con ellos.
El problema es la pérdida de legitimidad recíproca. Cuando el adversario deja de ser alguien con quien discrepo y pasa a convertirse en enemigo, la cooperación se vuelve inviable y los problemas comunes se vuelven mucho más difíciles de resolver.Lo paradójico es que este deterioro ocurre mientras la ciudadanía parece pedir lo contrario.
La encuesta CEP conocida esta semana confirmó que las personas siguen valorando el diálogo y los acuerdos en torno a soluciones prácticas por sobre las disputas ideológicas. Existe una mayoría menos interesada en las guerras culturales que dominan las redes sociales y más preocupada por problemas concretos como la seguridad, el empleo, la salud o la educación.
Una mayoría que entiende algo bastante elemental: que ningún sector político tiene todas las respuestas.Más aún, la vida diaria obliga a cooperar. Familias, barrios, lugares de trabajo y comunidades funcionan todos los días entre personas que piensan distinto.
La cooperación no es una aspiración abstracta ni un ideal per se. Es una necesidad práctica.Después de años buscando culpables, quizás estamos frente a una paradoja.
Mientras la conversación política parece organizada en torno a la confrontación, la vida cotidiana sigue funcionando gracias a la cooperación. Allí donde la conversación pública se empeña en encontrar enemigos, la mayoría de las personas encuentra amigos, vecinos y colegas.Por Cristián Valdivieso, Director de Criteria
Información de La Tercera (Chile). Edición y redacción: Noticias Today.
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