BRUSELAS.– “Realidades que no podemos ignorar. A medida que el mundo cambia, el presupuesto europeo debe adaptarse”, dice un cartel enorme del Parlamento Europeo en el aeropuerto de Bruselas, bien visible para todos los que aterrizan en esta ciudad, donde el 70% de los habitantes es extranjero.

La frase funciona como una declaración de época: Europa atraviesa un proceso de repensarse a sí misma, y lo dice sin vueltas desde la puerta de entrada.Afuera, la ciudad acompaña con su clima: incluso en junio el termómetro rara vez supera los 18 grados y la lluvia es parte del paisaje. Tampoco se siente el Mundial en las vidrieras ni en los bares.

Acá se respira otra cosa. Sede de la Unión Europea (UE) y de la OTAN, la capital belga es el lugar donde se negocian las normas que rigen a los 27 estados miembros y sus 450 millones de habitantes, y donde miles de personas pedalean bajo la llovizna hacia las oficinas en las que hoy se discute una sola cosa: cómo blindar al bloque de los golpes que recibió en los últimos años.Europa hizo un diagnóstico incómodo de sí misma.

En poco tiempo descubrió que dependía demasiado de Estados Unidos para su seguridad, demasiado de Rusia para abastecerse de energía y que cada vez depende más de China para conseguir la tecnología de la transición energética, como los paneles solares y las baterías. La invasión rusa a Ucrania, en 2022, expuso la primera vulnerabilidad: el 45% del gas que consumía el bloque venía de Moscú y los precios se multiplicaron casi por 10.

El distanciamiento de Washington encendió después las alarmas en defensa. Y la dependencia tecnológica de Beijing es el tercer frente, el que más preocupa hacia adelante. “Reemplazar una dependencia por otra es un problema”, admiten en la Comisión Europea, el órgano que funciona como poder ejecutivo del bloque.Esa preocupación se repite en cada exposición del programa EU Climate Dialogues 2 (EUCD 2), financiado por la Unión Europea, que por primera vez reúne a periodistas de América Latina —entre ellos LA NACION— para tratar temas especializados en clima y energía.En los próximos meses, la UE debatirá un nuevo presupuesto, el Marco Financiero Plurianual 2028-2034, que comenzará a tratarse en diciembre para votarse en el primer semestre del año próximo.

El bloque discute su presupuesto cada siete años. La última vez fue en 2019, antes de la pandemia, de la guerra en Ucrania, de la aceleración de la inflación —que en mayo subió a 3,2% interanual— y de la suba de las tasas de interés.

Por eso, la Comisión propuso un esquema con mayor poder discrecional para reaccionar ante eventos disruptivos.El contraste con 2019 también es político. Entonces, el Parlamento Europeo tenía una fuerte presencia de legisladores verdes y el presupuesto llegó con un ambicioso paquete climático.

Hoy el objetivo de fondo no cambió —neutralidad de emisiones para 2050—, pero sí la velocidad para llegar: “El presupuesto tiene que ser socialmente aceptado”, repiten en Bruselas, donde reconocen que los ciudadanos todavía sufren la inflación y los altos costos energéticos en sus tarifas.El lugar de la ArgentinaEn esa estrategia de diversificación, la Argentina aparece con un triple potencial: alimentos, energía y minerales. Eso explica que la UE haya acelerado el acuerdo de libre comercio con el Mercosur, que la estatal alemana Securing Energy for Europe (SEFE) haya firmado el primer contrato de compra de gas natural licuado (GNL) argentino —adquirió el 80% de la capacidad del primer buque de licuefacción de Southern Energy (SESA), con entregas desde 2027— y que la italiana ENI esté tan involucrada en el segundo proyecto exportador, de mayor escala, junto a YPF.

Asimismo, organismos europeos analizan financiar proyectos de cobre y litio en el país, aunque tienen vedado hacerlo con los de combustibles fósiles, como el GNL o el petróleo.Otros países de la región ya aprovechan la diversificación europea: Brasil representa el 3,5% de las importaciones de petróleo del bloque; Guyana, el 3,8%, y México, el 2,2%, cuando en 2021 prácticamente no figuraban como proveedores. La Argentina, que ya exporta unos 320.000 barriles diarios, puede sumarse a ese cuadro.Hay, asimismo, una ventana con fecha concreta.

La normativa europea obliga a eliminar gradualmente las compras de gas ruso y, para 2027, no se podrá importar ni una sola molécula del que fue el principal proveedor del bloque. Cada estado miembro debe presentar ante la UE su plan de acción para reemplazarlo.

Justo ese año, la Argentina comenzará a exportar GNL: la oportunidad de entrar al mercado europeo en el momento exacto en que se reconfigura.Bruselas, por su parte, también mira a América Latina con lógica geopolítica: ve cómo China y Estados Unidos avanzan en la región y no se quiere quedar afuera. “Con líderes tan impredecibles, buscamos socios fiables”, dicen en la Comisión. Para la Argentina, que durante décadas quedó al margen del mapa energético global, la combinación de demanda europea, infraestructura en construcción y calendario regulatorio configura una oportunidad que el país no se puede perder.