'La guerra y la paz': la vigencia del mensaje de Tolstoi

“La filosofía de la victoria afirmará que Cortés obtuvo la suya por necesaria fatalidad: ganó porque debió de haber ganado. Pero las condiciones objetivas de entonces cancelaban prácticamente esa posibilidad.
El belicoso pueblo azteca, cuyo ejército superaba mil a uno a los invasores, fue presa de la vacilación de un emperador superado por acontecimientos cuyas referencias interpretativas eran solamente un pasado mitológico. Una variante escénica que no se podía prever.”Fernando Solana Olivares (El pasado que pudo no haber sido), a quien dedico este escritoCuando Antonio Espinoza me invitó a escribir sobre La guerra y la paz de León Tolstoi en el marco de sus exposiciones en torno al tema de la guerra, le dije que tendría que leer la magna obra.
Hubiera sido muy fácil echar mano solo de información alterna. Esto fue en septiembre del año pasado y en ese momento me puse a hacerlo.
Fue fascinante leer hasta el Capítulo IX, 10a. parte, página 712 (Editorial Porrúa, “Sepan cuantos…, 10a. ed., 1a reimpresión, 2011). Continuaré la lectura de la obra después de haber cumplido este compromiso con Antonio hasta terminarla —de otro modo no estaría aquí presente.
Sí tengo conocimiento de su desarrollo hasta el desenlace y hubiera sido deshonesto no aclararlo. El libro de 1215 páginas contiene una introducción, cuatro volúmenes, quince partes, un epílogo divido en dos partes, y un apéndice.De los miles de subrayados que hice entresaco, para iniciar, dos citas de la mencionada edición:“El rey es el esclavo de la historia.
La historia, es decir, la vida inconsciente, común a todo el enjambre humano, se aprovecha de cada movimiento de la vida de los reyes como un arma para conseguir sus fines.” (Capítulo I, 9a. parte)“Comprenderlo todo es perdonarlo todo.” (Capítulo XXVIII, 1a. parte)Incluiré algunas otras de manera informal a lo largo del texto. Que estas sirvan como paréntesis, recordatorio y posible síntesis de la esperanza que sí reina y ojalá siga reinando en las batallas de todas las épocas.
De la esperanza sostenida frente a la caja de Pandora que se ha abierto en el convulso, confuso, inimaginable, engañador, probablemente ilusorio mundo en que vivimos pasadas dos décadas y media de nuestro siglo XXI. Como diría el escritor mexicano Fernando Solana Olivares: “... y que [la caja de Pandora] no vuelva a cerrarse hasta que se vacié.” A los 80 años cumplidos del fin de la Segunda Guerra Mundial, motivo de la actual exposición y de este encuentro.También leí el apéndice firmado por el Conde León Tolstoi donde primero dice que “no es una novela, mucho menos un poema y menos aún una crítica histórica”.
En cuanto a estilo y técnica el escritor creó una pieza de inigualable realismo omnisciente. Su prosa, aparentemente plana y simple, opera con precisión quirúrgica.
Cambia constantemente el punto de vista (de los personajes) emulando la relatividad de la percepción. Cada gesto es importante y cada monólogo interior refleja el abismo que separa el pensamiento y la acción.
Cuando tantos escritores buscaban la belleza el ruso nacido en Yasnaya Pelyana, distrito de Tula, el 9 de septiembre de 1828 en el seno de una de las más antiguas familias de la nobleza de su país, Tolstoi consiguió ir desvistiendo la verdad hasta desnudarla.“Reconozco que posiblemente coloqué en inadecuada y en forma grosera mis sombras sobre mi cuadro. Quisiera que los que encuentran completamente ridículo hacer hablar a Napoleón ora en ruso, ora en francés, si eso les parece así es porque, como el hombre que mira un retrato, ve no solo el conjunto del rostro con su juego de luz y sombra, sino la única mancha negra que tiene bajo la nariz”.La prologuista y traductora de esta edición (1972), la doctora Eva Alexandra Uchmany, establece que Tolstoi no concibió a Napoleón desde la vocación que la corriente romántica le atribuye al heroísmo y al héroe; tampoco desde la leyenda tejida en torno al nombre del gran caudillo.
Que redujo con su espíritu fríamente crítico la figura de Napoleón, a pesar de que los actores que se mueven en la obra pertenecen a la gran época napoleónica y que los principales contemplan —momentáneamente —al “César” bajo el influjo del romanticismo. Vuelvo a las palabras de León Nikolaievich Tolstoi:“Para el artista que considera las reacciones de un personaje en todas las condiciones de la vida, no puede ni debe haber héroes, sino solo hombres”.El Conde entró al servicio militar en 1851 y en 1854 se incorporó como oficial a la Guerra de Crimea.
Sus experiencias personales en el campo de batalla y un profundo estudio de la época de Napoleón I y la invasión francesa en Rusia sirvieron para que escribiera La guerra y la paz entre 1864 y 1869; independientemente del acontecer histórico. La obra comprende tres planos: el macro histórico que abarca las guerras napoleónicas y el choque de Rusia con occidente, el meso sociológico que constituye una crítica a la aristocracia rusa y sus vacuos rituales al imitar la decadencia moral europea y el micro psicológico que construye las transformaciones internas de la trinidad (no casual triada) que forman los personajes clave en su búsqueda del sentido en medio del caos.
Insisto, para Tolstoi: la historia “no la mueve la voluntad de los ‘grandes hombres’ sino el cúmulo de incomprensibles acciones realizadas por el común de las personas”.Una de las más grandes novelas épicas de la literatura relata los hechos ocurridos desde el principio del imperio napoleónico (1804); acentúa la derrota de Prusia (batalla de Austerlitz en 1805), un reino aliado y protegido de Rusia; describe el año cumbre de Napoleón (1807), en que pactaron la Paz de Tilsit los dos emperadores, Napoléon Bonaparte y Alejandro I, zar de Rusia y narra los sucesos transcurridos en el tiempo de paz así como la invasión de los ejércitos franceses a Rusia en 1812 (batalla de Borodino). La novela termina en 1825, cuando la nobleza rusa, descontenta con el gobierno de Alejandro I, desentendido del gobierno ruso y entregado a pensamientos místicos, preparaba el movimiento Decembrista.
El zar fue asesinado, la rebelión sofocada y la nobleza rebelde exiliada a Siberia. Al final de mi escrito y de la novela podrá verse el restablecimiento de un orden metafísico y espiritual que brotará de la verdad individual, potencialmente colectiva.
Lo definirán la evolución personal y la circunstancia de sus mujeres y hombres —el pueblo ruso de aristócratas, sirvientes, soldados, campesinos, prisioneros y caídos que conforman su alma.“¿Por qué, pues, millones de hombres se mataron unos a otros, cuando todos saben, desde que el mundo es mundo, que eso es obrar mal, moral y físicamente?”, pregunta y enfatiza León Tolstoi. Se le dio a conocer la ley de la fatalidad y no pudo atribuirle importancia a los hechos y gestos de los hombres que creyeron controlar esos acontecimientos, pero cuya actividad era menos libre que la de todos los demás actores.La novela acaba con el aniquilamiento del movimiento Decembrista a modo de preludio de un final tranquilo.
El devenir y la transformación psicológica de los personajes clave trazará la ruta —predestina Tolstoi— de la única paz que puede reinar desde que la construyó en el siglo XIX para asentar un mensaje con vigencia actual: Pedro Bezukhov (a veces nombrado Pierre), el príncipe Andrés Bolkonsky y Natacha Rostova; desde luego, todo el pueblo ruso. Así como los lectores de entonces y ahora, a quienes invito a leer o releer La guerra y la paz.
Mi hija me preguntó que si la lectura es tediosa y mi hijo supo que navegaría feliz a través de esta porque sabe que pocas cosas me aburren, excepto los juegos de mesa que entretenían a la nobleza rusa en los salones de abundantes banquetes y traviesas fiestas, refinadas y bellas por su música, canto y baile. Pedro (alter ego de Tolstoi), de joven luchaba contra pasiones y tentaciones sensuales y jugaba Boston, juego francés derivado del whist; cartas y ajedrez.
Le gustaba apostar. Hijo ilegítimo del Conde Cirilo Vladimirovich Bezukhov, entonces estaba casado con Elena Kuraguin en primer matrimonio arreglado por el padre de ella, el príncipe Basilio Kuraguin.
Este último trató de robar al agonizante Cirilo Bezukhov el testamento a favor de Pedro —ilegítimo como otros hijos que tuvo el Conde es que figura en la novela. ¿El hijo pródigo?
Interesada en la fortuna Bezukhov, convertida en la de su marido, Elena y sus hermanos, Anatolio e Hipólito, vivían encerrados en un círculo de vicios, intrigas y traiciones, carecían de valores auténticos y no eran capaces de amar. Lo cual arrojaba al intelectual Pedro a una vida disipada que lo llevó a buscar en otras partes (en los excesos, la filantropía y las logias masónicas) antes de descubrir el amor romántico en Natacha, su segunda esposa al cierre de la obra, símbolo del despertar de la conciencia y de la consumación de la integridad moral.Pedro Bezukhov llega a Moscú como un extranjero marginado aunque repleto de bienes materiales, lo que lo arrojó al mundo de la hipocresía, del doble discurso, la cobardía moral y el teatro político.
Vio que el poder no depara sabiduría y su matrimonio con la vanidosa Elena fue la antítesis del amor. Tolstoi evidencia que la sociedad se corrompe no porque las personas deseen hacer el mal, sino porque se mueven dentro de un sistema que alimenta la decepción.
Desesperado y sumergido en una crisis espiritual, Pedro se adentra en la francmasonería donde encuentra dirección, orden moral y fraternidad, hasta caer en cuenta de que la institución está compuesta de formalismos y jerarquías huecas. La logia secreta promete un “tipo de iluminación” que se refleja en las burocracias que alejan al hombre de lo verdadero.
A pesar de su riqueza, de haber obtenido poder y una supuesta libertad, es esclavo de la confusión que definirá al hombre moderno. Para Tolstoi, pues, toda estructura de ideología organizada no tardará en destruir el espíritu.
Pedro Bezukhov aprende con mucho sufrimiento que la integridad no puede ser un ritual ni la moral producto del control mecánico. Entre los escombros de la saqueada e incendiada Moscú, en la penúltima parte de la novela, portaba una pistola en uno de sus bolsillos y se preparaba para asesinar a Napoleón, hasta entonces glorificado.
No logró realizar su propósito y fue capturado por los franceses. Al compartir el pan con campesinos y prisioneros se desvanecen sus ilusiones de abundancia, patria e ilustración (a la francesa) y, como le sucedió a León Tolstoi también más tarde en la vida, le vino una crisis de conciencia y de fe.
Ya no le hablaba Dios desde la Biblia, sino desde la compasión. No hay hombre, ni iglesia, ni nación, ¡ni algoritmos! que posean autoridad moral.La interacción de dos familias, la Rostov en Moscú y en su finca campestre de Otradnoe y la Bolkonsky en su finca rural de Lisia Gori, se refleja en la forma y contenido de la narrativa que va y viene entre los dos núcleos y sus respectivas ubicaciones.
En medio, están los campos de guerra y sus combatientes, metáfora de la batalla individual de los protagonistas y de quienes los rodean. De natural semilla e inspiración autobiográfica, únicamente aparece con el nombre real de su madre el personaje de María Bolkonsky, hermana del príncipe Andrés Bolkonsky, así como el del padre de ambos, Nicolás Andreyevitch Bolkonsky, inteligente, culto y patriota, inspirado en su abuelo materno.
Sus mentes, sus actos y su transformación irán construyendo poco a poco una paz propia para luego, unidos como individuos, como familias y quizá como sociedad poder derrotar a los dioses falsos, a las instituciones burocráticas (ortodoxas) y a un sistema predestinado a la fatalidad.Como lo estamos viendo durante la que algunos llaman la actual Tercera Guerra Mundial, ¿podrán? ¿Se podrá?
Para el genio ruso, sí, siempre y cuando dejemos de mirar a los conductores de hombres como Napoléon Bonaparte y Donald Trump y nos miremos a nosotros mismos más allá del caos (aparente, es probable) que prevalece. Siempre y cuando apliquemos la ideología del comandante en jefe de los ejércitos rusos, personaje creado por Tolstoi, el príncipe Mikhayl Iliaronovitch Kutuzov; en apariencia, el genial estratega dispuesto a dirigir el curso de la historia, pues“…[Ú]nicamernte la Divinidad que no está condicionada por nada, puede determinar por su sola voluntad la dirección de los movimientos de la humanidad; el hombre, por el contrario, actúa en el tiempo y participa él mismo en los acontecimientos”.El príncipe Andrés Bolkonsky es el héroe trágico de La guerra y la paz.
Al regresar de la batalla de Austerlitz a su casa de campo, Lisia Gori, busca el sentido de la vida en el seno de su familia. Su esposa, Lisa, hermosa y vacía, estaba muriendo al dar a luz a su hijo, después bautizado Nikolai.
Viudo, días antes de casarse con Natacha Rostova, ella rompió con él a causa de una pasión, un casi affaire, con el embustero (casado con una mujer polaca), Anatolio Kuraguin, hermano de Elena, primera esposa de Pedro Bezukhov. A esto Tolstoi no le atribuye maldad; al contrario, lo dibuja como un brote de la desbordante vitalidad de la entonces joven Natacha.
Desesperada luego de su frustrada fuga con el amante disfrazado de aristócrata, ella hubiera querido morir de amor, enfermando y colapsando moralmente.Andrés Bolkonsky, antítesis de su amigo Pedro (intelectual en busca de propósito), en plena guerra se irá convirtiendo en espíritu en busca de trascendencia. Sediento de gloria al principio de la novela morirá sediento de verdad y la hallará en dos momentos cumbre de esta.
Herido, tirado bajo un vasto cielo en la batalla de Austerlitz murmura “Qué paz, qué altura, qué claridad [...] Ni gloria, ni rango, ni patria”. Como dice el Conde Tolstoi en su apéndice: “A mayor rango, menor control tendrá el general, el comandante…”.
A Andrés se le revelará no la victoria externa sino la paz interior inmerso en la infinidad cósmica. Recuperado de las heridas de Austerlitz, regresará al mundo de las fincas, los salones y la farsa social y burocrática; quintaesencia del intelectual militar moderno, atado al deber pero despojado de espíritu.
Tolstoi no lo presenta como fracasado, sino como al hombre que enfrenta los residuos de las estructuras sociales colapsadas. Cuando una Natacha Rostova madura intenta curarle la herida mortal luego de la Batalla de Borodino y por primera vez experimenta el amor incondicional libre de impulsos, placeres y descontrolado sufrimiento se produce un cambio de energía vital a amor espiritual; de una mera alegría de vivir a una forma sagrada de dar vida.
Hay que sufrir —purificarnos— para vivir; como el fuego purifica el metal y la roca del sufrimiento refina la vida, convirtiéndola en devoción.El amor de Natacha por el príncipe Andrés Bolkonsky al que había ofendido a causa de su pasión momentánea por Kuraguin está descrito en uno de los capítulos más hermosos. Antes de expiar en presencia de Natacha, medita:“El amor se opone a la muerte.
El amor es vida. Todo, todo lo que comprendo, lo comprendo únicamente porque amo.
Todo se cifra en eso. El amor es Dios, y la muerte significa para mí que yo, que soy una pequeñísima partícula de amor, volveré a la universal y eterna fuente de amor”.Y finalmente comprende que la muerte es un despertar.Natacha Rostova primero no pinta como personaje, sino como una fuerza de la naturaleza, de vitalidad pagana.
No puede analizarse según categorías intelectuales porque ella las precede. Deliberadamente, Tolstoi dibuja su vida como una serie de respuestas a la existencia más que a decisiones razonadas.
Inyecta su inocente sabiduría (la verdad de su cuerpo) a las clases intelectuales. Desde niña se mueve en armonía con el pulso de la vida cuando canta, baila y hasta escucha para navegar con el ritmo del universo.
En la novela hay un brillante pasaje en que se une a una danza de los campesinos en la finca de su tío, sin saber bailar como ellos e, intuitiva, lo hace con perfecta naturalidad. Los campesinos gritan: ¡Baila como nosotros!”.
Esta escena no es folclórica, más bien alberga una revelación ontológica. El alma, cuando no está corrompida por la sociedad, entra en sincronía con el orden cósmico, sin intermediarios, sin dogmas, sin razonar.
De todas las mujeres que Tolstoi ha creado, la más auténtica es Natacha Rostova. Ella es la imagen femenina por excelencia; tanto en su frescura y belleza juvenil como en su abandonado aspecto de madre criando hijos.
El escritor la utiliza para sugerir que la verdad es simple, no aprendida; natural comunión entre el ser y la realidad. Y aquí hago la geometría de la triada aludida al principio de mi texto.
Pedro encuentra sentido mediante la conciencia, Andrés encuentra paz en la muerte y Natacha encuentra a la divinidad en su vida alegre y desbordada para luego rendirse con humildad ante lo que es. Es decir, Pedro percibe la verdad, Andrés la abraza y Natacha la encarna.
Las tres órbitas de la Mente, el Espíritu, y la Vida se alinean en el amor, variando el título de la obra maestra al de (¿por qué no?) Una reconciliación de la guerra y la paz. Representa la vitalidad del mundo unida a la conciencia.
Es el antídoto de la esterilidad, sexual, espiritual y hasta política. Sin ello, contra lo que se ha criticado, el libro hubiese terminado en resignación y desesperanza; con ello, triunfa el amor, única verdad que sobrevive después de que la ilusión ha sido devorada por la historia.Natacha es la esencia vital en La guerra y la paz.
Pedro representa la mente, Andrés el espíritu y ella, el alma que actúa como contrapeso metafísico de la desesperación. Con esto se completa la cosmología que esconde la obra; los personajes se transforman en fuerzas que equilibran el modelo humano de vida de la sociedad y, reconciliados, se convierten en prototipo de seres humanos.
¡Mucho más allá de esto! En orden restaurado a partir del caos; luminoso Manifiesto de Paz, creado por el genio ruso.
Mente, alma y espíritu no pueden existir por sí solos; Pedro no puede existir sin Natacha, ni Andrés sin ella, ni Natacha sin ambos.María Bolkonsky, hija del severo príncipe Nikolai Bolkonsky y hermana del príncipe Andrés está inspirada en la madre de León Tolstoi y es uno de los principales personajes de la obra. La tocaré para amarrar el mensaje de amor y paz duplicado al final al unirse en matrimonio con Nikolai Rostov, el joven noble, hermano de Natacha Rostov, al principio impulsivo y despreocupado, pero que madura con el tiempo.
María, por su profunda religiosidad, gran bondad y compasión vivió bajo la estricta y dura autoridad de su padre, lo que la hace tímida e insegura. Así y todo, educó en francés a su sobrino, huérfano de su madre Lisa, en ausencia de su hermano en las batallas de Austerlitz y Borodino donde encontró la muerte.
Pasa de ser una mujer aislada y sometida a alguien que toma decisiones y encuentra amor y propósito en su vida. Representa la bondad espiritual y la fortaleza silenciosa.
Nikolai Rostov, primero rebelde y luego sencillo húsar de la milicia, hermano pequeño de Natacha Rostov, luego de muchas dificultades familiares y problemas económicos, termina encontrando estabilidad junto a ella y se crea el parentesco de las dos familias para la eternidad.Mientras, Napoleón Bonaparte recorre la novela en los atractivos capítulos que lo analizan como el antihéroe de la misma anteponiendo gradualmente la sombra a los claroscuros del del cuadro que Tolstoi menciona en su apéndice asentándose que el gran héroe de la epopeya es el mismo pueblo ruso que derrota al emperador. Cuando Tolstoi enfrenta al zar Alejandro con Napoleón para firmar la paz en Tilsit, Nikolai Rostov reaccionó así:“Le sorprendió de la manera más extraordinaria que Alejandro tratase a Napoleón como un igual, como si el trato con un emperador fuese para él cosa de todos los días y recuerda el olor a carne muerta [...] y al orgulloso Bonaparte, con su pequeña blanca mano, que ahora es el emperador querido y respetado por Alejandro; ¿para qué, pues, aquellos miem…
Información de Milenio (México). Edición y redacción: Noticias Today.
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