SANTA FE.— (Enviados Especiales a Estados Unidos) Nunca el fútbol será el motivo principal para conocer Miami, pero, esta vez, el fútbol sirve de mástil para que todos arriemos las banderas del orgullo y de la pasión de pertenecer a un país. Y esto es lo que se vio en un espectáculo multitudinario (50 o 60.000 personas en una playa) congregado por la figura de Carlos Vives , quien desde el escenario se encargó, en forma prolija y cuidada, de despertar pasiones mencionando cada uno de los países latinoamericanos que juegan este Mundial y que permitió distinguir, claramente, cada una de las nacionalidades por las camisetas que portaban con ese inocultable orgullo.

¿Quiénes ganaron?, los colombianos . Pero por una razón lógica y sencilla: Carlos Vives es colombiano, oriundo de la caribeña Santa Marta , muy cerquita de la sudorosa Barranquilla (escenario de grandes partidos con victoria de la selección argentina y en la que ya les tocó jugar a Colón y Unión en la Sudamericana) y de la colonial y encantadora Cartagena.

Y ese solo hecho, a pesar de que es un artista internacional que traspuso fronteras, resulta suficiente para darle crédito al por qué se vieron tantas camisetas amarillas (muchas mezcladas con las ecuatorianas, del mismo color). El intérprete de “La Bicicleta” (el tema que hizo con Shakira), “Robarte un beso” y “La gota fría” , hizo delirar y bailar a la multitud, sin distinción de nacionalidades.

Pero lo que realmente sirve, más allá de la música, es para demostrar que, al menos en Miami, se vive un clima futbolero bastante cercano al que los latinos conocemos y que no es propiedad de este pueblo norteamericano que está intentando adaptarse y empieza a ver y conocer de qué manera se vive el fútbol en pueblos con más “cultura futbolera”. Veremos qué pasa en la Estados Unidos más profunda.

Que los estadios estarán llenos, a pesar del alto costo de las entradas, es una realidad que ya se empieza a observar. Pero es prohibitivo, para los flacos bolsillos, que un ingreso para el partido de este sábado entre Brasil y Marruecos, por ejemplo, cueste 1.250 dólares.

O que se estén pidiendo cifras siderales para partidos de la fase final (dieciseisavos en adelante), con precios que superan los 2.300 dólares. Un disparate total.

Claro que si usted anda con ganas de ver algún partido del Mundial, hay algunos que son accesibles. Por ejemplo, se puede ver Sudáfrica-República Checa, en Atlanta (hermosa ciudad y con un imponente estadio), por 200 dólares.

¿”Pagable”, no? Pero la pregunta se cae de madura: ¿usted se vendría a Estados Unidos para ver Sudáfrica-República Checa?).

Y la respuesta es negativa, a no ser que el partido se encuentre en el contexto de otros más convocantes e interesantes. De algo estoy totalmente seguro: cuando lleguemos a Kansas City, segunda estación de este largo periplo, las camisetas celeste y blanca (como fue, es y será siempre, la "10" con el apellido Messi es la que gana por goleada) que recorrerán las calles de la ciudad en la que nació Charlie Parker, el hombre que revolucionó el jazz en la década del 40 y la misma ciudad que le dio título y letra a uno de los temas de Los Beatles, la convertirán en una cualquiera de cada rincón de nuestro país que, otra vez y como ocurre cada cuatro años, volverá a paralizarse durante más de un mes, con ese sentimiento nacionalista profundo que genera el fútbol y que debería ser, para otros órdenes, una verdadera forma y estilo de vida.

Seguramente, haríamos una Argentina mejor.