Bancas de metal bajo el sol de Alajuela
El título de este artículo parece, a primera vista, una de las tantas denuncias ciudadanas que constantemente se publican en periódicos nacionales o en redes sociales. Podría parecer, asimismo, el resultado de un cadáver exquisito, un reto para un artista plástico o el nombre de una banda de rock que desafía al sistema.
Hoy lo presento como un pensamiento que me ha llenado el seso por días, hasta que, inevitablemente, he decidido verterlo en letras, para fastidio de mis pobres lectores.Me correspondió en días pasados ir al aeropuerto internacional Juan Santamaría para recibir la visita siempre grata de mis suegros. Tuve la oportunidad de conocer la hermosa remodelación que se ha hecho del área que recibe a los visitantes de nuestro principal punto de conexión con el mundo.
Ahora, una plazoleta limpia y segura es la que recibe a los viajeros, quienes se llevan una muy buena primera impresión del país. Un monumental bronce de Jiménez Deredia brinda la oportunidad a quienes se interesen por el arte de conocer una obra de un artista de primer orden, aunque el mundo tecnológico de hoy haya reemplazado las placas informativas por un código QR.
Me maravilló encontrar espacios seguros para sentarse (lo que siempre fue un punto débil del aeropuerto) y esperar cómodamente, para beneficio de familiares y viajeros. Fue entonces cuando noté las nuevas bancas de metal, expuestas totalmente al sol alajuelense de las once de la mañana.No quiero parecer vano; no quiero ser quisquilloso; no quiero convertirme en la persona que observa los defectos mínimos e ignora lo positivo.
No me gusta ser quien observa los baches en lugar de ver la carretera… pero me parece curioso este rasgo de la idiosincrasia costarricense, que ya fue insinuado por don Constantino Láscaris en su obra.¿Por qué la persona profesional en arquitectura, urbanismo o paisajismo que diseñó esta ampliación pensó que era buena idea tener bancas de metal bajo el sol de Alajuela? Ciertamente, no es un defecto mayor ni es algo que opaque la totalidad de la remodelación, pero nos hace pensar por qué no se colocó un techo sobre las bancas o por qué no se pensó en hacer asientos de un material más noble y menos susceptible a convertirse en dolorosa plancha ardiente para posaderas viajeras.
Mi mente trató de justificar: es una obra inconclusa y la sombra viene después... O: la mayoría de los viajeros viene de noche...
O... no lo sé.Se me ocurre, tristemente, que es la misma tendencia costarricense a realizar nuestras acciones sin la excelencia con la que podríamos hacerlas: la falta de planificación. Es el mismo caso de hermosas escuelas, recientemente inauguradas, con instalaciones nuevas, pero cuya calle de acceso queda en lastre.
Es la misma situación de ampliar una carretera y dejar un poste de luz a medio carril, a la espera de su remoción. Es el viejísimo chiste de primero asfaltar y luego romper para poner tuberías.
Es construir una linda plaza sin tomar en cuenta el entorno y el clima. Falta de planificación.Desde la primaria, se nota en los estudiantes una carencia de planificación cuando dejan para el final sus deberes; e en los docentes, cuando no planifican adecuadamente y se ven en la necesidad de improvisar.
Cambios de última hora en espectáculos y eventos son producto, muchas veces, de una deficiente planificación. Los costarricenses solemos actuar apresuradamente cuando el tiempo se nos fue... porque faltó planificación.
Y, en todos los casos, la única solución que se me ocurre es aprender a planificar, planear mejor, pensar en el futuro.Mientras tanto, el aeropuerto seguirá operando. Las bancas ubicadas bajo techo sin duda tendrán un uso frecuente; aquellas a la intemperie, quizá no durante las horas de más sol.
A pocos kilómetros, en el parque Central de Alajuela, las personas esperan cómodamente, sentadas a la sombra de coposos mangos que alguien, con mayor planificación, sembró.luizharb@yahoo.comLuis Gerardo Barboza Granados es filólogo.
Información de La Nación (Costa Rica). Edición y redacción: Noticias Today.
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