“Un hombre con un acento foráneo llegó al edificio para vivir una temporada junto a dos mujeres...”: Adriana CooperLuis Eduardo Noriega A.Su presentación fue una madrugada en la que vio una maratón de películas y disparos a todo volumen. Nadie nos expresó quién era o de dónde venía.

Los inquilinos de la torre 4, de una urbanización antigua de Medellín, entendimos pronto que algo había cambiado. Un hombre con un acento foráneo llegó al edificio para vivir una temporada junto a dos mujeres.

A la noche inicial le siguieron otras noches: algunas con otras películas, otras con gritos e insultos. Siempre con ruido, gritos o agresividad.

Una noche las mujeres llamaron a pedir ayuda a la portería: los estruendos iban a terminar mal.Entre las noches que tuvimos, hubo una memorable: una fiesta que duró más de 24 horas y a la que se sumaron varios habitantes locales. Gente que llegó, en la mañana del sábado, tambaleándose entre alucinógenos y trago.

Ante el desespero que genera sentir ruido prolongado durante más de un día, uno de los vecinos llamó a la Policía. Los agentes llegaron, revisaron, pidieron cédulas y silencio.

Luego se fueron. Y minutos más tarde, la música regresó.

También el humo y los visitantes. Cada noche, antes de dormir, y después de varias semanas, algunos empezamos a preguntarnos: ¿y qué sucederá esta noche?

Después de hablar con vecinos, la Policía, con la administración y Migración Colombia y varias multas, el vecino se fue. Intentó extender el contrato, pero no fue posible.

Después de casi tres semanas de noches insoportables, este suceso nos lleva a pensar en la situación que vive una ciudad como Medellín: un lugar en el que queremos y que, a ratos, parece que no se interesa por la gente como yo y mis vecinos: personas que trabajamos desde muy temprano, nacimos aquí y queremos quedarnos. A pesar de la amabilidad de la gente de Migración Colombia y de los esfuerzos para que turistas como este no sigan con su voluntad frenética y deseos descontrolados, cuando uno pregunta qué ayudas y apoyos hay para que las personas se puedan quedar en algunos barrios, al lado de los turistas, los silencios aumentan.

Los arriendos siguen en aumento y algunos propietarios prefieren alquilarlos a turistas ruidosos que, incluso, pueden llegar a ser delincuentes. O que ya lo son.

No importa si ponen en riesgo a los vecinos, a los niños. No importa si molestan a los enfermos cercanos.

El gusto por el dinero sobre cualquier otra cosa es la prioridad.Aunque ciudades como Medellín han avanzado en varios sentidos, aún hay sensación de vacío y desprotección. Porque ya no basta con asumir los precios crecientes, el tráfico que aumenta cada día en las calles o los efectos de las inundaciones: también hay que cuidarse en las escaleras del edificio propio.Cada semana, el alcalde Federico Gutiérrez habla de un visitante capturado que llegó a esta ciudad en búsqueda de pornografía infantil, sexo pago o apartamentos para fiestas infinitas.

Barrios como Manila, en El Poblado, están llenos de hoteles para turistas, fiestas y restaurantes. A los vecinos no les quedó más remedio que irse.

Así como sucedió en Provenza y comienza a pasar en otros lugares. ¿Y si en lugar de hacer tantos eventos, fiestas, obras para recrearse nacen iniciativas para que las personas puedan quedarse en sus barrios y asumir los costos y ritmos de la gentrificación?