El escritor puertorriqueño, autor de “Esto también es una casa” (Seix Barral), habló sobre los paisajes de su país como inspiración para este libro que, asimismo, contiene un trasfondo político y social.Cezanne Cardona, escritor, columnista y profesor de Literatura Comparada en la Universidad de Puerto Rico.PlanetaCada vez que Cezanne Cardona va camino a dejar a su hija en el colegio y él se dirige a su trabajo, en plena autopista se ve un mogote color marrón que sobresale sobre las montañas verdes que hacen parte de la geografía puertorriqueña. Un día, su hija le preguntó por qué ese mogote se veía cada vez más grande, a lo que él respondió: “Es que eso no es una montaña, ese es nuestro vertedero, un vertedero que ha ido creciendo con el tiempo”.“Desde ese momento yo sabía que iba a hacer algo con ese espacio.

Un espacio que vemos cada vez que vamos hacia el trabajo, cerca de una autopista. En ese espacio está el vertedero, una base naval abandonada y algunos edificios particulares.

Por allí es que yo coloco la ferretería, y la idea de trabajar con un lugar así fue precisamente un poco después del huracán María. Estoy de camino, no podíamos usar el carro, no había gasolina, me monto en la bicicleta porque necesitaba ir a una ferretería y me encuentro con una familia que había perdido su casa de madera y se había mudado a la ferretería.

La atendían desde ahí. Y esas dos imágenes, la de la montaña y la de la ferretería, fueron claves para pensar el texto”, expresó en entrevista para este diario el escritor puertorriqueño y autor de la novela “Esto también es una casa” (Seix Barral).Le puede interesar: “Ante el fascismo no hay pasividad posible: hay que tomar parte por la vida”, Laura RestrepoPrecisamente el paisaje es un elemento importante en la novela.

Hablemos de la decisión de destacarlo en el relato.En la literatura puertorriqueña, el paisaje actual, el contemporáneo, sobre todo después del huracán María, yo sentía que no estaba siendo narrado como quería. Yo quería ver la ruina, pero también quería ver esos momentos de esperanza y solidaridad que se dan en esos espacios.

En Puerto Rico es muy común ver una casa hecha de cemento y con las varillas hacia arriba, casi llamando al hijo que se fue para Estados Unidos y que esperan que regrese para terminar la casita; o la casa ya empezada que nunca terminaron porque no les dio el dinero. Esa imagen se quedó conmigo y me interesaba trabajarla.Quería esa mezcla de la modernidad puertorriqueña y la parte más rural, que el paisaje fuera también un personaje, como espacio, como territorio.Nuestro territorio es nuestro y a la vez no es nuestro.

Es el territorio que habitamos, pero es un territorio ocupado porque somos una colonia. Puerto Rico también ha pasado por procesos de gentrificación, donde cada vez sacan más a los pobres de ciertos lugares para construir Airbnb u hoteles.Nosotros estamos constantemente defendiendo nuestro territorio, que es nuestro paisaje.

Quería también esa ambigüedad: vivimos en un territorio que es de nosotros, pero que al mismo tiempo no nos pertenece.Usted ha aclarado que su papá es pintor. Supongo que esta frase del libro viene un poco de ahí: “Dios se entiende mejor dibujando”.Yo tuve una crianza donde vi a mi papá dibujar constantemente; eso era parte de su trabajo.

Para mí fue crucial ver el mundo plasmado en un papel, ver que el mundo existía en un boceto, que yo podía acceder al mundo a través de un papel y de un lápiz.Y en ese juego también estaba mi madre, porque era trabajadora social y atendía a confinados del programa Libertad Bajo Palabra. Lo importante es reducir la escala del mundo.

Entonces Dios se entiende mejor si lo reducimos de escala, si lo hacemos pequeño. El territorio también se entiende mejor si lo hacemos más pequeño.En mi caso, yo soy las montañas que me rodean, pero particularmente montañas que no tienen nombre.

Estamos acostumbrados a que nuestras montañas tengan nombre, pero en mi país hay muchas montañas que no son monumentales. Son montañas sin nombre, que uno puede nombrar.

Pequeñas montañas que llamamos “mogotes”. Yo las puedo nombrar, son mías.Le sugerimos: Juliana Gómez Nieto: “El dolor también puede convertirse en un mecanismo de manipulación”¿Por qué la casa es tan importante para la literatura e incluso para la cultura latinoamericana?La literatura puertorriqueña está atravesada por las casas.

La razón tiene un contexto particular. En Puerto Rico, por el asunto del territorio conquistado, los sectores más pobres, especialmente en los años treinta, no tenían acceso a viviendas.

Vivían agregados en las grandes hectáreas de las compañías azucareras norteamericanas.Cuando llega el Partido Popular Democrático, hace una especie de reforma agraria. Digo “una especie” porque no se llama así, pero hubo una repartición de tierras a los más pobres.

Se les quitaron terrenos a las compañías azucareras para entregárselos a los pobres. Uno puede tener diferencias políticas con eso, pero no podemos negar que fue un acontecimiento histórico importante.

Asimismo, porque lo doméstico es político, o lo personal es político. Nuestra situación económica y política con Estados Unidos atraviesa todo eso.

Por eso la casa se ha convertido en un personaje en toda la literatura puertorriqueña. Siempre hay casas.

Yo no soy la excepción. Hago un homenaje a la literatura puertorriqueña a través de la novela.

Y a la latinoamericana también. Uno piensa que “Cien Años de Soledad” se iba a llamar “La Casa”; ese era uno de sus títulos.

Así que ahí está.Los abuelos son importantes en la novela, pero le pregunto especialmente por la dedicatoria que le hace a su abuela.Mi abuela, asimismo de haber sido víctima de violencia de género, era viuda. En 1957 a mi abuelo lo mataron en una refriega, en una pelea, por una palabra.

Por eso es tan importante el asunto de las palabras. Mi abuelo acababa de cortar caña, se fue a beber con unos amigos, él pagó los tragos y habían llegado a un acuerdo de que le devolverían el dinero.

No se lo devolvieron. Eran seis contra uno.Lo que encendió la pelea fue que mi abuelo le expresó a uno de ellos “cabrón”.

Y en las noticias decía: “Lo matan por una palabra”. Yo no lo conocí.

Todo ese trasfondo lo vivió mi abuela. Cuando le preguntaba por él, algunas veces me hablaba de forma triste y otras veces de forma alegre, porque mi abuelo le pegaba.Esa ambigüedad para mí fue fascinante.

Era la literatura antes de la literatura. Un día me contaba la historia de una forma y otro día de otra.

Había puntos de encuentro, pero siempre cambiaba, me decía que me cuidara de las palabras porque podían matar.También necesitaba salir del padre y del abuelo para poder solidificar esa familia de madre e hijo que algunos llamarían “rota”. Para mí no está rota, para mí está completa.

Hay muchas cosas mías en la novela, pero Javi no soy yo. Es mucho más joven que yo.Asimismo, el abuelo es importante por la metáfora de la familia latinoamericana.

Quería cuestionar los cánones de la familia perfecta. Mostrar que entre una madre y un hijo existe una familia completa, con sus contradicciones y sus faltas.Quería que la maternidad no fuera perfecta.

Es una forma de cuestionar esa imagen de postal que hemos desarrollado de la familia y también de la clase media latinoamericana.También puede leer: Lina María Parra: “El misterio es asomarse a una herida y escarbarla”Hay un momento en el que la mamá le dice: “dile todo lo que le tengas que decir a tu padre, tienes permiso de hablar malo”. Y él responde: “ya lo hice.

Le di golpes, lo insulté, lo maldije, le escupí”. Hablemos de esa rabia hacia el padre.Mi libro anterior, “Levittown mon amour”, está atravesado por la figura del padre.

En esta novela yo quería ponerle punto final a ese tema. Quería manifestar esa rabia en un punto específico, pero desde la imaginación.Para mí es muy importante la distancia que da la imaginación.

Por eso construyen un muñeco para golpearlo. Esa es la aportación de la ficción para manejar nuestras rabias.Para mí la literatura también es una forma de hacer las paces con mi padre.

He tenido una relación muy linda con él, pero hubo momentos en que fue complicada. La ficción me permite tomar distancia de mí mismo y no envenenarme con mi propia rabia.

Ver la rabia en otro personaje me hace pensar en la mía.Sobre el cierre hay una promesa de “escribir todo lo que pasó”. ¿A qué se refiere con esto y qué decir de la tensión entre la verdad y la mentira en la literatura?Creo que es importante vernos en nuestras contradicciones.

Cómo nos fundamenta la verdad y cómo nos fundamenta también el mito, lo que nos contamos a nosotros mismos. En momentos en los que pareciera que todo exige certezas, apostar por la ficción puede parecer extraño.

Pero yo creo que no es así. Apostar por la ficción es una forma de construir un relato, y eso también es una verdad.Lo decía Vargas Llosa en “La verdad de las mentiras”: la verdad de la ficción es distinta a la verdad de otros géneros.

No es la verdad del periodismo. Hoy el “yo” en la literatura es muy potente.

La pregunta sobre si todo es autobiográfico me llega incluso a molestar. Es importante apostar por la ficción.Ese doble juego es una apuesta por la ambigüedad, porque eso somos.

Somos también lo que nos contamos. Y que una de las últimas palabras sea “promesa” tiene que ver con algo muy político en Puerto Rico: la Ley PROMESA.

Nosotros tenemos un gobernador, un comisionado residente sin voto en Washington y una junta de control fiscal.Hay una mirada política ahí, aunque evitando el panfleto. Mientras existe una ley llamada PROMESA que nos impone ciertas condiciones, también nos toca a nosotros aprender a prometer.

Porque la literatura es promesa. Y aprender a prometer es importante.Siga leyendo: Junot Díaz: “La lectura ayuda a soportar todo lo que es ser vulnerable, todos esos dolores”