Ciudad de México no parece del todo lista para recibir la Copa del Mundo. Su principal templo, eso sí, ya ultima todos los detalles.Panormámica del Estadio Azteca días antes del inicio del Mundial.CARL DE SOUZAHumberto Mora indicó a los vendedores de los puestos de tacos que estaban dispuestos en las calles aledañas al Estadio Azteca.

El taxista los fue apuntando uno a uno con la mano mientras, aburridos en el trancón, intentábamos salir del Coloso de Santa Úrsula. “A todos estos, en dos días, los sacan bien a la verga”, espetó. Era la hora del almuerzo.

Los voluntarios de la FIFA, los periodistas y los trabajadores, que han estado durante semanas apurando el final de las obras en el gran escenario deportivo de la capital mexicana, se agolpaban frente a los comales humeantes. A su lado, esperando que se liberara algún puesto, se veía a uno que otro hincha que, curioso, había llegado hasta el mítico recinto para calmar la ansiedad del torneo.

El jueves, cuando en la mañana todo esté listo para la Copa del Mundo, no quedará ni rastro de ese ambiente, pues el cerco de seguridad de la FIFA cerrará todo camino posible con una muralla que tendrá kilómetros de distancia. Ese día empezará “la copa de todos”.

Mire más: Mundial 2026: calendario completo y dónde ver en vivo todos los partidos en ColombiaEl Azteca que fuimos a ver ya no es El Azteca. ¡Imagínense!

Ahora le pusieron dizque Estadio Banorte, aunque temporalmente. Mientras el cambio se hace oficial, se llama Estadio Ciudad de México. “A nadie le gusta ese nombre, todos dicen que es El Azteca”, se quejó el conductor, hincha furibundo del Club América de México.

Se confesó rápido: le encanta el fútbol y expresó que se verá todos los partidos de la Copa del Mundo, aunque desde su casa. “Tranquilo, en el sofá y con la imagen en el televisor. Esos boletos no los pagaba nadie.

El Mundial no será para nosotros”. El interior del Estadio Azteca.Isaac EsquivelCon la Copa del Mundo en ciernes, el ambiente en la ciudad es raro.

Solo basta con recorrer un par de cuadras, en pleno centro, para toparse con mares de gente cambiando figuritas para completar el álbum de Panini. Sí hay expectativa por el torneo: México es un país profundamente futbolero.

Las calles se están engalanando para la ocasión y se ven muchos murales, dedicados a la gran fiesta del balompié, que aparecen por toda la capital. No obstante, por esas mismas aceras es fácil encontrarse con protestas de distinta índole.

Los maestros, por ejemplo, mantienen movilizaciones en el corazón de la ciudad, mientras transportistas, campesinos y colectivos de búsqueda anuncian nuevas marchas. Carpas gigantes con cientos de manifestantes, decididos a hacerse notar, obstruyen el camino hacia el Zócalo.

Es como si la euforia mundialista y el descontento social avanzaran en paralelo, compartiendo el mismo espacio urbano. No se pierda: ¡Colombia, campeona!

La selección femenina se coronó en la Conmebol Liga de las NacionesEl Mundial, al final, resulta ajeno para la gente. El tráfico, ya de por sí pavoroso, se pondrá peor.

El transporte público está siendo caótico y varias estaciones del Metro todavía se están maquillando para recibir a los visitantes. A días del Mundial, todavía es fácil ver obras en varias paradas, en las que hay que caminar entre escombros, vallas metálicas y trabajadores que rematan detalles a toda prisa.

Hay estaciones que todavía lucen en obra gris, con pisos recién instalados, muros a medio pintar y maquinaria ocupando los pasillos. Más que una ciudad que espera un Mundial, Ciudad de México parece una gigantesca obra en construcción intentando llegar a tiempo a su propia cita. “Tanto tiempo que tuvieron para hacerlo y no entiendo por qué dejaron todo a última hora”, advirtió, entre resuellos, Humberto Mora.

Las protestas de los maestros en Ciudad de México.Madla HartzLa portada de El Sol de México del domingo, que encontramos reposada en una butaca al lado del Palacio de Bellas Artes, resume el momento previo a la Copa del Mundo. Escenarios del pasado y el dejavú de un país que ya ha albergado tres veces la máxima cita de la FIFA.

En letras gigantes aparece un “1986” cubierto de césped y, debajo, un titular que conecta aquel torneo con el que está por comenzar: “De los Galeana al Azteca”. Adentro, en las páginas del impreso, la crónica recuerda cómo, mientras la ciudad intentaba levantarse del terremoto de 1985, estudiantes, punketos, rockeros, discolocos y vecinos de colonias populares se reunieron frente a una pantalla gigante para vivir una Copa a la que pocos podían entrar.

Ese Mundial tampoco fue de ellos. Qué curioso: cuatro décadas después, entre “fan fest”, obras, protestas, tráfico y boletos inalcanzables, la pregunta parece seguir siendo la misma: cómo vive el Mundial una ciudad que, muchas veces, debe conformarse con mirarlo desde afuera del estadio.

No es un fenómeno nuevo. Estos grandes eventos suelen ser inalcanzables para las clases populares.

La comparación con “Oiga, vea”, el documental que Carlos Mayolo y Luis Ospina hicieron sobre los Juegos Panamericanos que Cali organizó en 1971, se hizo inevitable. De alguna forma, como problematiza esa pieza del Grupo de Cali, estas grandes fiestas del deporte siempre terminan dejando por fuera al pueblo, el mismo que hace todo posible, el que pone a andar todo el andamiaje.

Mientras ellos se quedan viendo la fiesta desde afuera, los más privilegiados disfrutan lo que construyeron los demás. Y aunque hoy las boletas sean inalcanzables, una verdad manifiesta de esta Copa del Mundo, siempre ha sido así.

Lo advierte esa crónica: pasó lo mismo las otras dos veces en las que el Estadio Azteca fue sede de los mundiales del 70 y del 86, ese que debía ser para Colombia. Ahora, las diferencias están más acentuadas, pero antes también existían.

Ahora el recinto que fue levantado sobre las laderas del extinto volcán Xitle y requirió remover 180 millones de kilos de roca para hacerle espacio, se prepara para otro capítulo de su historia. Diseñado por los arquitectos Pedro Ramírez Vázquez y Rafael Mijares Alcérreca, el Azteca nació como una obra monumental: más de 63.000 metros cuadrados de construcción, un campo hundido casi diez metros por debajo del nivel de la calle y una capacidad original cercana a los 110.000 espectadores.

En su construcción trabajaron decenas de ingenieros y arquitectos junto a 800 obreros. Fue inaugurado el 29 de mayo de 1966 con un empate 2-2 entre América y Torino, un partido en el que el brasileño Arlindo dos Santos marcó el primer gol de la historia del estadio.

Sesenta años después, el coloso sigue en pie, dispuesto a convertirse una vez más en el centro del mundo futbolístico. Mire también: Messi y el Mundial: el día que rompió el maleficio y cambió la historiaY todo pasa a pesar de la gente, que es la que finalmente ha mantenido a flote la memoria de ese estadio y la que le ha dado vida a su legado.

Los mismos obreros que durante semanas trabajaron contrarreloj para terminar las remodelaciones, los voluntarios que ensayan protocolos bajo el sol, los vendedores que alimentan a quienes entran y salen del estadio y los vecinos que han aprendido a convivir con la parafernalia. Ellos son quienes han hecho posible que el Mundial llegue a tiempo.

No obstante, cuando ruede la pelota, serán también los primeros en desaparecer de la escena. Tendrán que hacerse a un lado para que empiece el espectáculo.

El Azteca volverá a ser el centro del mundo. Las cámaras apuntarán hacia sus tribunas, los patrocinadores ocuparán cada rincón y millones de personas seguirán lo que ocurra dentro de sus muros.

Afuera, no obstante, quedará la ciudad real: la de los tacos, el tráfico, las protestas, las obras inconclusas y los aficionados que mirarán el Mundial por televisión. Quizás ahí radique la paradoja de esta Copa.

La fiesta más grande del fútbol llega a México, pero muchos volverán a vivirla desde una paradójica distancia. 🚴🏻⚽🏀 ¿Lo último en deportes? Todo lo que debe saber del deporte mundial está en El EspectadorManténgase al tanto de toda la información deportiva con la SEDE.

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