El Perú ha vivido una segunda vuelta electoral tensa y, en horas posteriores a lo largo del conteo, algo peor: la irrupción de la impaciencia de cierto sector político. Las encuestas a boca de urna y los conteos rápidos son instrumentos estadísticos valiosos, pero tienen una naturaleza que sus propios metodólogos se encargan de subrayar cada vez que presentan sus resultados: son proyecciones con margen de error.

En una elección tan estrecha como la que el país acaba de vivir, ese margen no es un detalle técnico; ya que, cuando la diferencia entre candidatos cae en el margen de error, la proyección deja de ser una respuesta certera. La única respuesta válida sobre quién ganó las elecciones la tienen las actas.

Eso no es una opinión: es aritmética. Por eso preocupa la ligereza con que algunos actores políticos han leído lo difundido el domingo por dos encuestadoras como si fuese ya un resultado inapelable.Comencemos por el entorno de Roberto Sánchez.

Que sus seguidores hayan celebrado en la plaza San Martín es comprensible; la emoción es parte de cualquier campaña. Lo que no tiene justificación es que el propio candidato presidencial haya celebrado con gran entusiasmo el domingo la difusión de los conteos rápidos que indicaban un empate técnico con la candidata presidencial Keiko Fujimori.

Los candidatos y sus equipos tienen el deber de dar el ejemplo de la mesura que le exigen al adversario.El secretario general de Juntos por el Perú, Ernesto Zunini, no se quedó atrás y este martes arremetió en conferencia de prensa contra el presidente ejecutivo de Ipsos, Alfredo Torres, por indicar que existía una probabilidad real de reversión del resultado. Atacarlo por explicar un escenario posible no tiene justificación.Pero la conducta más grave es la de Raúl Noblecilla, excandidato a la segunda vicepresidencia por Podemos Perú.

Noblecilla no ha esperado a que los resultados “se volteen” –expresión que ya anticipa su lectura conspirativa– para denunciar fraude en sus redes sociales. No tiene evidencia de irregularidad, lo que tiene es el impulso de plantar la semilla de la desconfianza en el proceso de segunda vuelta antes de que exista un solo hecho que la sustente.El Perú ha pasado por una gran inestabilidad política los últimos cinco años como para permitirse el lujo de iniciar el nuevo lustro desconociendo un proceso electoral.

A todos los actores involucrados, y a la ciudadanía que los observa, cabe pedirles lo mismo: calma. Los resultados llegarán.

Y cuando lleguen al 100%, se sabrá a quién eligieron los peruanos como su próximo jefe del Estado.