Campaña sin gobierno

“Se acabó eso de “ni un paso atrás”: no a la constituyente, no todo crítico es uribista, el centro no es del todo fascista”: Pascual GaviriaArchivo ParticularNunca es fácil corregir sobre la marcha. Mucho menos cuando se lleva una vida completa, con todos sus días, aplaudiendo las ideas propias, celebrando los discursos recién leídos y promocionando las estrategias propias, sean ganadoras o perdedoras.
La certeza siempre es una mala consejera. Cuando el perdedor está convencido de su genialidad y su altruismo, la derrota le parecerá siempre inmerecida e injusta, impuesta por las trampas de un mundo oscuro.
Perder será sinónimo de traición o latrocinio. No es posible que el pueblo, la razón y la vida nieguen el mundo libre y generoso que se ha soñado.
Pero las elecciones no respetan convencimientos ni egos ni fantasías. Ni el narcisismo en el espejo de una creciente de popularidad.
Eso que llaman el pueblo es una masa caprichosa y ligera, siempre ansiosa y muchas veces maniática. El presidente Gustavo Petro no logró asimilar el golpe del 31 de mayo, aunque tenía malos presentimientos.
Una cosa son los peores sueños y otra verlos en la vigilia de los E-14. Su salida a desconocer los resultados hizo que la campaña de Iván Cepeda perdiera la primera semana para una posible remontada.
Petro hizo patentes los peores temores de los votantes moderados. Y Cepeda, que había vivido una campaña en sordina, dominada por su jefe de debate, no pudo hacerse a un lado. “Una victoria de mierda”, le gritó Chávez a la oposición y a la mayoría que lo venció en el referendo de 2007.
Más habría valido esa rabia impulsiva, ese insulto sincero, que el cuento paranoico del fraude. La campaña del Pacto inició entonces a desdecirse.
Se acabó eso de “ni un paso atrás”. No a la constituyente, no todo crítico es uribista, el centro no es del todo fascista, el diálogo es una oportunidad, un gabinete de unidad no es un error craso, Fajardo en realidad está tibio y no quemado, las instituciones no son un obstáculo.
Está bien que las campañas sean siempre un catálogo de propósitos buenos y malos, medias verdades y mentiras flagrantes. Pero la campaña de Cepeda arrastra un gobierno que dejó pruebas muy claras para desmentir día a día los propósitos surgidos el primero de junio.
Una cosa son los timonazos de campaña, cuando se habla de teorías y presunciones, y otra cosa prometer contra hechos cumplidos y actitudes a la vista. Petro siempre estuvo por encima de su candidato, lo condicionó con su discurso y su gobierno, y ahora es muy difícil bajarlo de la tarima.
Sobre todo porque siente que su imagen vale más que una derrota de mierda, porque prefiere fingir la tragedia de la traición a hacerse a un lado y porque perder hace parte de su ethos de perseguido. Cepeda terminó por desmentir el supuesto fraude luego de una semana.
Tampoco en lo simbólico salió bien la apuesta de El Pacto, ahora ni espada ni jaguar ni gestas de altamar. Una semana entera peleando por la camisa de la selección Colombia.
Solo ganó la economía popular de los semáforos. Abelardo, por su parte, no tuvo que dudar.
Reforzó su agresividad y sus insultos, siguió llamando hampones a quienes voten por Cepeda, prometió repartir males en busca del bien común. Quedó libre para usar la estrategia de descalificación que el candidato del gobierno ahora intenta borrar.
El ganador, con su impulso inesperado, obtuvo autorización para desatarse. Y sus amenazas a la mitad de la ciudadanía, sus prédicas contra las instituciones y los derechos, aún no meten miedo.
Son palabras airadas, todavía no son hechos, no tienen el peso de las lecturas de Cepeda con cuatro años de gobierno detrás. Esa virginidad ante la amenaza es el mayor riesgo que encarna De la Espriella, un alharacosoque puede cumplir sus peores intimidaciones.
Información de El Espectador (Colombia). Edición y redacción: Noticias Today.
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