“Si tus amigos saltan de un puente, ¿tú también lo vas a hacer?”. La frase, repetida por generaciones de madres y padres chilenos, vuelve a cobrar sentido ante una serie de desafíos virales difundidos en redes sociales y que han llevado a adolescentes a asumir “challenges” que incluso podrían poner en peligro su salud.

En marzo pasado, el Hospital Clínico de Magallanes alertó por un peligroso reto viral en TikTok que provocó quemaduras en varios menores, quienes se aplicaron desodorantes o aerosoles directamente sobre la piel, jugando a quién resistía el dolor el mayor tiempo posible. A ello se suman otros challenges difundidos por TikTok o Instagram, que incitan a jóvenes a realizar retos para conseguir más seguidores realizando actos que atentan contra la salud.

Hablamos de tareas que van desde consumir paracetamol en exceso para ser hospitalizados hasta tragar imanes pequeños con el fin de que estos se unan al interior del estómago. Ambas situaciones provocan situaciones graves de salud: daño hepático en el caso de consumir fármacos y perforación del estómago o intestino en el caso de los imanes.

Aunque históricamente han existido retos virales en internet, este fenómeno es mucho más complejo que sólo hacer “tonterías adolescentes”: nos lleva a preguntarnos qué lleva a que un adolescente participe en desafíos que incluso podrían poner en riesgo su vida. Entendiendo el cerebro adolescente La participación en estos desafíos responde a una combinación de factores emocionales, sociales y neuropsicológicos propios de la adolescencia, precisa Jonathan Martínez, psicólogo y director del Magíster en Educación Emocional y Convivencia Escolar de la Universidad Andrés Bello (UNAB).

Un estudio inédito realizado por esa casa de estudios detectó que un 37% de niños y adolescentes participa habitualmente en desafíos virales. Para Martínez, esto se relaciona con características propias de esta etapa: una mayor búsqueda de novedad, recompensa inmediata y validación social, mientras que las áreas del cerebro asociadas al control de impulsos y la evaluación de consecuencias aún están en desarrollo. “Lo que para un adulto parece obviamente riesgoso, para un adolescente puede sentirse como una oportunidad de aceptación o pertenencia”, explica Martínez.

Ese comportamiento puede impactar en procesos como la construcción de la identidad, la exploración de límites y la necesidad de reconocimiento social. En ese contexto, muchos desafíos virales no aparecen necesariamente como una forma de autodaño consciente, sino como oportunidades de validación social.

En una etapa marcada por la necesidad de pertenecer y construir identidad, quedar fuera de lo que hacen otros compañeros puede sentirse tan amenazante como asumir el riesgo mismo. Tanto especialistas en salud mental como expertos en educación coinciden en que el grupo de pares adquiere un peso central durante la adolescencia.

Jonathan Martínez plantea que “no participar puede percibirse como una amenaza relacional”, por lo que no sumarse a tendencias populares puede sentirse un riesgo psicológico. “La aprobación social, manifestada hoy mediante likes, visualizaciones, comentarios o integración a grupos digitales, puede funcionar como un potente reforzador conductual”, complementa.