La libreta del corralón: cómo Julio Grondona aprendió a construir poder en los bajofondos suburbanos

BUENOS AIRES.— Mucho antes de convertirse en presidente de la AFA, vicepresidente sénior de la FIFA, Julio Humberto Grondona pasó buena parte de su vida entre bolsas de cemento, ladrillos y libretas de cuentas. En Julio Grondona.
Una historia argentina, Federico G. Polak reconstruye esos años y plantea una hipótesis que atraviesa toda la obra: que parte de la lógica política que convirtió a Grondona en uno de los dirigentes más poderosos del deporte nació entre las libretas de cuentas, los créditos a vecinos y las relaciones construidas en el corralón familiar.
A continuación, LA NACION publica un fragmento del primer capítulo del libro.Los orígenesGrondona es de Sarandí, una de las cuatro ciudades del Partido de Avellaneda, que hasta 1904 se llamó Barracas al Sur. Las otras son Avellaneda misma, Dock Sud y Wilde, que conviven en armonía con sus localidades, Gerli, Piñeyro, Villa Domínico, Crucecita y Wilde.
Antaño conocida como la Avellaneda rústica, la de la vaca y el gaucho, fue pensada como capital de la Provincia de Buenos Aires, lo que no sucedió. Por allí anduvo Juan de Garay en 1580.
Cruzando el Riachuelo se topó con aborígenes de origen guaraní o querandí, trazó su recorrido por la actual calle Ameghino hasta la altura de Crucecita y luego siguió por la Avenida Mitre, encontrándose con la zona de Magdalena. Si hubiese sido un viajero del tiempo, Garay habría pasado por la modesta estación de servicio Esso (hoy es una moderna Axion) de Avenida Mitre y Castelli, que Alejandro Wall inmortalizó como La cocina del fútbol; después habría entrado a El Corralón de Lombardi y Grondona, la célebre Ferretería, y comprado material para construir su vivienda como si fuese uno de los inmigrantes que efectivamente sí lo hicieron en el siglo xx.
En definitiva, hubiese sido el primer inmigrante. El Garay verdadero, no el viajero del tiempo, fue quien distribuyó las tierras del futuro Piñeyro.Su vida rebosa de señales.
A su nacimiento, sucedido en 1931, año en que el fútbol sale del clóset y se confiesa profesional, se agrega que Crucecita es el lugar donde Independiente, club tan porteño como los inmigrantes que compraban materiales en El Corralón familiar, del que Grondona fuera hincha y presidente, construye su último estadio antes de trasladarse al Libertadores de América.Avellaneda es un símbolo del mitrismo, un proyecto de la Generación del Ochenta, con su Mercado Central de Frutos techado, donde se comerciaba lana y cuero. Una ciudad con frigoríficos, talleres metalúrgicos, fábricas, curtiembres, receptora de inversiones nada efímeras, pensadas a diez, veinte, treinta años.
Inversiones reales que tuvieron como consecuencia la multiplicación de su población. Incluso contaba con un ferrocarril interno, sostén de su alta calidad industrial, que se fabricó en Inglaterra y se armó acá.
Desde principios del siglo XIX ya había establecimientos saladeriles, que aprovechaban cada mínima parte del animal como producto a comerciar: la carne luego hecha tasajo y el cuero, directo para exportar, sebo para velas, jabones y aceite, residuos que se convertirían en abono. Fueron erigiéndose fábricas con características majestuosas, convirtiéndose en la Avellaneda industrial.
Pasa, con ese impulso, de tener 32.000 habitantes, a 367.554, según el censo de 2022.El empuje industrial convive con el universo de los taitas, la zona de los milongueros, espacio de prostitución y juego. A la calle Ameghino se la conocía como la calle del pecado.
Allí tocaba Eduardo Arolas, que era de Barracas al Norte, la continuación porteña de Barracas al Sur. Las dos Barracas conformaban casi un polo integrado, tan luna y misterio como la Pompeya de Barrio de Tango, o el Sur de San Juan y Boedo antiguo.
Barracas al Sur/Barracas al Norte, a mí me gusta bailar con corte. Un suburbio duro, pesado.
En la Barracas de la capital pululaban los cuchilleros que evocan los versos de una vieja canción anónima: “en la calle Irala, entre Dulce y Salado, hay un sitio marcado, donde Angelito murió“.Las ciudades y las localidades de Avellaneda están sembradas de clubes sociales, culturales y deportivos, mayormente de fútbol, pero también de automovilismo, regatas, rugby, tenis, básquet. Fueron casi seiscientos a lo largo de la historia, algunos de alta proximidad entre sí, dos en una manzana, y en otra cuatro.
Sus nombres responden al origen de las inmigraciones. Están muy cerca, en Villa Domínico, el Club Sparta, el Club Renacimiento, el Club U.G.
Sokol, el Club Social y Deportivo Sol de Oro. Se da el fenómeno de matrimonios cuyos cónyuges no pertenecen al mismo club, la esposa es socia de uno, el marido de otro.
Sol de Oro y Renacimiento son un ejemplo. No es una casualidad que Juan José Campanella haya situado allí Luna de Avellaneda, aunque la filmara en Lomas de Zamora, que exhibe la crisis de los clubes de barrio de los años 90.
Tampoco lo es que Julio Cortázar escribiera sobre los carnavales de Racing a los que iba a bailar desde Banfield, donde transcurrió parte de su infancia y de su juventud, más elegantes que los de Independiente, al que los sectores populares le eran más afines. Ambos ofrecían orquestas típicas afamadas, pero las de Racing eran de un escalón superior, iban las de Fresedo, Troilo y Canaro.
En cambio, la de D’Arienzo era patrimonio de Independiente.Grondona forja su personalidad tomando una pizca de cada uno de esos ingredientes, armonizando entornos tan variados, el arrabal incluido. Avellaneda enciende su espíritu participativo, asociativo, solidario, propios de las agrupaciones barriales, tan argentinas.
Aprende cómo moverse en espacios institucionales, desarrollando su vocación por el trabajo colectivo, hasta transformarse en conductor de clubes y de federaciones. Esa es la primera impresión que deja Grondona.
Después evoluciona. Como la mayoría de las personas, cambiará más de una vez en su vida.
La última impresión la tendremos al final, en la víspera de su partida. Por ahora alcanza con señalar que ingresa a la lista de los vecinos destacados de Avellaneda, algunas de cuyas figuras centrales son el arqueólogo y antropólogo Salvador Debenedetti, restaurador del Pucará de Tilcara; Fabián Onsari, médico y político radical, y Ernesto Malbec, cirujano plástico, quien condujera la AFA y antes a Racing.Trasciende a Sarandí, donde se cría, crece y permanece la mayor parte de su vida.
Incluso siendo ya presidente de la AFA y vicepresidente senior de la FIFA, los domingos, como todos los vecinos del barrio, iba a la casa de pastas a comprar los ravioles. Otro peso pesado de nuestra historia, el dirigente metalúrgico Lorenzo Miguel, también hacía lo mismo en su hogar de Villa Lugano, al que nunca abandonó.
Grondona añorará la costumbre cuando después de un breve paso por un departamento de la calle General Paz en Avellaneda, se mude a Puerto Madero. La recreará durante sus fines de semana campestres de Loma Verde, adonde asimismo de ser la celebridad del pueblo, sesentirá como un vecino más.Con el crecimiento del partido surgen barrios alrededor de las fábricas y de las curtiembres que aprovechan los hilos de agua, en especial el del Riachuelo, y las vertientes de distintos arroyos.
Todas las localidades del partido de Avellaneda -incluyendo a Avellaneda centro- reciben oleadas de inmigrantes españoles, vascos, italianos, que llegan con sus familias, esposas, hijos. Es especialmente en Sarandí donde comienza la mudanza de los inmigrantes porteños.
La firma Fiorito les vende terrenos dentro de la Depresión del Salado. Lo único no inundable de Avellaneda son las vías del ferrocarril, construido en terrenos altos por los ingleses, partiendo de la estación Barracas Iglesias.
Los Fiorito lotean miles de predios de los que surgen barrios: Villa Porvenir, Villa Pobladora, Villa Castellino, Villa Barceló, poblados por inmigrantes que vienen de orígenes diferentes, los conventillos porteños. “Bailador y jugador, no sé si chino o mulato, lo mimaba el conventillo, que hoy se llama inquilinato”, escribe por esos tiempos Jorge Luis Borges en El Títere, versos a los que más tarde pondrá música Astor Piazzolla.Los compradores viven y trabajan durante la semana en Buenos Aires. Los domingos -su único día de descanso- van caminando a Sarandí, chapoteando por el barro hasta llegar a los lotes que Fiorito les vende con el sistema tradicional de la libreta de pagos.
No existen caminos trazados. No obstante, desde la estación de tren más próxima, se las arreglan para llegar en condiciones muy sufridas.
Más adelante se ayudarán entre ellos a construir sus casitas y mudarse, proveyéndose de los materiales en los corralones que se instalan en la zona, consecutivamente a que lo hicieran los almacenes de ramos generales. Cemento, ladrillos, cal.
Para Luis Sagol “los dueños de los corralones muestran un ojo comercial extraordinario”; desde 1890 hasta 1950 contribuyen a la edificación y urbanización de zonas hasta entonces vírgenes o abandonadas. Se destacan dos grupos familiares, hábiles no solo para vender, sino también para financiar: los cuñados Lombardi y Grondona desde 1923-hoy Lombardi & Grondona S.A-; e Hijos de Domingo Parodi fundado en 1918 – en la actualidad el Parodi Group-.
El mecanismo es simple: el inmigrante, que gana poco y debe mantener a su familia, dice “trabajo en el frigorífico Angus, puedo pagar diez, quince pesos por mes, más no, necesito alimentar a los míos, que no les falte lo elemental para vivir”. Emilio Lombardi, que con Henrique Grondona maneja el negocio familiar, regatea un rato, pero al final pregunta: “bueno, dígame realmente cuánto y cómo me puede pagar”, cobra la cuota inicial y anota en una libreta.
La firma Lombardi y Grondona no solo financia la construcción de las casas, también ayuda a que la zona se dignifique: como no existen veredas (en algunos lugares ni siquiera calles pavimentadas), les da -a pagar- las baldosas para su construcción. Así nacen los barrios.
Y ahí nacen y se crían Julio Humberto y Héctor con sus hermanas, Malena y Emma -que fue una gran nadadora— hijos e hijas de Henrique, el socio de Lombardi, y de Julia Solari. Todos se incorporan al negocio, como también lo hace como empleada Nélida Enriqueta Pariani a los catorce años.
Será después su esposa y compañera durante toda la vida, su mentora, la dueña final de sus decisiones.La casa familiar y La Ferretería o El Corralón están en Independencia al 500, entre Comodoro Rivadavia y Almirante Solier. El edificio principal es blanco y sus dos pisos son los más altos de la cuadra.
En 1945 amplían las instalaciones. El Corralón o La Ferretería, nombres como se los conoce en el mundo del fútbol, sigue siendo una empresa activa desde entonces.Se une al negocio a destiempo, demasiado pronto, empujado por una fatalidad: la enfermedad de Henrique, su padre.
Sus metas tempranas son otras: jugar al fútbol profesionalmente y ser ingeniero. Durante su niñez estudia con un maestro particular hasta tercer grado, porque como su padre integra la cooperadora en la escuela pública y dona pintura al edificio donde funciona, supone que por esa causa su hijo pasará fácil la primaria, y honrando su rectitud no lo quiere mandar.
Con el maestro particular permanece hasta tercer grado. Para el cuarto, ya más grande, comienza a ir en ómnibus al Colegio N°1 de Avellaneda.
No existen aún los remises, solo dos líneas de ómnibus, la Ay la B. El secundario lo hace en el Colegio El Salvador de los jesuitas, como miembro de una familia de clase media acomodada.
Lo cuenta él mismo a El Gráfico: “Por eso cuando dicen quién es Julio, yo les digo que siempre tuve poder adquisitivo, que era de mi padre, porque en esa época no cualquiera iba al Colegio El Salvador”. Termina la secundaria a los 16 años porque el tercer año lo da libre.
Es un estudiante excelente. Incluso, según Ernesto Cherquis Bialo, su propio Julio Jorge Nelson (el letrista a quien le debemos el “cada día canta mejor” de Carlos Gardel, el bronce que sonríe), obtiene el lauro de una medalla de oro en matemáticas.
Acelera cuando advierte que el esfuerzo que hace su padre es demasiado grande. Quiere compensarlo con un título universitario, estudia ingeniería en la Universidad de La Plata, pero llega solamente hasta tercer año, porque Henrique queda postrado por hemiplejia con parálisis (fallece cuatro años después) y se ve obligado como primogénito a hacerse cargo de la Ferretería junto a su tío.
Tiene solo veintiún años. Es un lugar que nunca abandonará, ni siquiera cuando se transforme en una celebridad y el negocio lo manejen sus hermanas.
Cuando esté en Buenos Aires las visitará todas las mañanas antes de ir a la estación de servicio, adonde sus hijos trabajan. Después, a la tarde, atenderá en la AFA.La de Grondona no es una familia humilde que vive hacinada en el cuarto de arriba del El Corralón, como podría suponerse observando únicamente la fotografía del instante de su vida que coincide con la creación de Lombardi y Grondona.
Tampoco es cierto que la forma de hacer negocios propia de El Corralón la trasladase a sus actividades como empresario de combustibles, desarrollador inmobiliario y dirigente de fútbol; la ayuda a los inmigrantes, los favores vendiéndoles al fiado, se transforman más tarde en favores grandes que pide a los dirigentes de clubes chicos para edificar poder. En realidad, son fenómenos distintos.
El primero nace del olfato de comerciantes que tenían su tío y su padre; el segundo, de la sabiduría propia del Grondona empresario y dirigente deportivo. Por cierto, algo de eso habrá cuando su carrera despegue: ya presidente de la AFA forma el Consejo Federal, incorpora parte del interior del país a las competencias de primera y del ascenso -con la Primera B Nacional- hasta entonces reservadas solo a clubes porteños, bonaerenses, platenses, santafecinos y rosarinos, una consecuencia del armado del fútbol tomando como base las estaciones de los ferrocarriles construidos por los ingleses.
Gana poder. No vende al fiado, dirige el fútbol.
Para hacerlo necesita apuntalar su liderazgo con los votos de clubes que va integrando al sistema.
Información de La Nación. Edición y redacción: Noticias Today.
Ver publicación original ↗
💬 Comentarios (0)
Iniciá sesión o creá tu cuenta para comentar.