Reseña de Werther en Bellas Artes: El regreso de Ramón Vargas a la ópera de Massenet

Las lágrimas que no brotan se quedan en la música. Allí permanecen cuando las convenciones obligan a callarlas, cuando el deber pesa más que el deseo o cuando el tiempo llega demasiado tarde para transformar un sentimiento en felicidad.
Pocas óperas han comprendido esa tragedia con tanta lucidez como Werther de Jules Massenet. Hay amores que terminan y amores que se consuman.
Werther habla de algo mucho más cruel: los amores que nunca encuentran un lugar donde existir. No es la historia de una pasión contrariada ni la de un triángulo amoroso convencional.
Es la historia de una asfixia. La de dos personas que se reconocen demasiado tarde y que, una vez conscientes de sus sentimientos, descubren que el mundo ya ha decidido por ellas.
Por eso la tragedia de Werther no ocurre cuando el protagonista toma una pistola. Ocurre mucho antes.
Comienza en el instante en que Charlotte comprende que ama a Werther y decide callarlo. Comienza cuando Werther descubre que ningún sentimiento, por intenso que sea, puede modificar la realidad.
Desde ese momento ambos quedan atrapados en una lenta agonía emocional donde cada encuentro se convierte en una despedida y cada palabra en una renuncia. Inspirada en Las penas del joven Werther de Goethe, la ópera constituye uno de los grandes monumentos del melodrama romántico francés.
La novela original, construida a través de las cartas que Werther dirige a un interlocutor que nunca responde, permitía al lector asistir desde dentro al progresivo derrumbe emocional de su protagonista. Massenet transformó esa herida psicológica en música.
El resultado es una obra donde los acontecimientos importan menos que las emociones y donde los silencios poseen tantas cosas que decir como las palabras. Después de casi tres décadas de ausencia en el Palacio de Bellas Artes, Werther regresó al escenario principal del recinto en una producción que entiende precisamente esa naturaleza psicológica.
La propuesta escénica de Juliana Vanscoit y Fabiano Pietrosanti evita la reconstrucción histórica convencional para concentrarse en los mecanismos emocionales que gobiernan las relaciones entre Werther, Charlotte, Albert y Sophie. Los grandes marcos que dominan el escenario funcionan como espacios de memoria, observación y encierro.
En ocasiones parecen ventanas hacia una vida que pudo haber sido; en otras, se convierten en límites invisibles que contienen a los personajes dentro de un destino inalterable. El gran espejo, la vegetación y las videoproyecciones construyen un universo visual que privilegia la sugerencia antes que la descripción.
Más que representar lugares concretos, la escenografía representa estados de ánimo. Uno de los mayores aciertos de la producción radica en su capacidad para generar imágenes poderosas sin desplazar el drama humano.
La escena inicial de Charlotte rodeada por los niños establece desde el principio la tensión entre inocencia y responsabilidad. Más adelante, la imagen de Charlotte contenida dentro de un enorme marco dorado sintetiza visualmente la prisión moral en la que vive.
Todo conduce hacia el mismo conflicto: la imposibilidad de reconciliar el deseo con las exigencias de la realidad. En el centro de la representación se encuentra Ramón Vargas, una de las figuras fundamentales de la historia reciente de la ópera mexicana.
Su regreso a Bellas Artes con Werther posee una dimensión que trasciende la mera presencia de una estrella invitada. Se trata de un artista que ha llevado su voz a los principales escenarios del mundo y que, después de décadas de carrera, parece haber alcanzado esa rara etapa en la que la experiencia se convierte en una forma superior de interpretación.
Existen cantantes capaces de ejecutar una partitura y existen intérpretes capaces de habitarla. Vargas pertenece a la segunda categoría.
Su Werther no se construye desde la exhibición vocal ni desde el sentimentalismo romántico. Surge de una comprensión profunda del personaje, de sus contradicciones y de su progresiva erosión interior.
Cada frase parece nacida de un pensamiento previo; cada silencio contiene una emoción que continúa resonando incluso cuando la música se detiene. Pocos tenores poseen hoy la autoridad artística necesaria para hacer creíble una de las convenciones más complejas de la ópera: la de un hombre que agoniza mientras continúa cantando.
Vargas pertenece a ese reducido grupo. A uno de los pocos tenores de nuestro tiempo se le puede creer que, mientras Werther se aproxima a la muerte, sigue encontrando en el canto la última forma posible de existencia.
Cuando entona «Pourquoi me réveiller, ô souffle du printemps?» no escuchamos únicamente una de las páginas más célebres del repertorio francés. Escuchamos la voz de un hombre que comprende que aquello que ama ha quedado definitivamente fuera de su alcance.
La célebre aria deja de ser una demostración técnica para transformarse en una reflexión sobre la pérdida, el tiempo y la imposibilidad. La construcción psicológica del personaje resulta admirable.
Vargas comprende que Werther no muere por amor. Muere porque es incapaz de encontrar un lugar para sus sentimientos dentro del mundo que habita.
Cada frase posee intención dramática. Cada silencio encuentra sentido.
Más que cantar el sufrimiento, lo encarna. A su lado, Frida Portillo McNally construye una Charlotte de notable inteligencia escénica.
Su tragedia no consiste en elegir entre dos hombres, sino en aceptar que la felicidad exige una ruptura que no está dispuesta a provocar. La contención se convierte en su principal herramienta expresiva.
Incluso en los momentos de mayor intensidad emocional, la cantante evita el exceso y privilegia la complejidad interior del personaje. Particularmente conmovedora resulta la escena de las cartas, donde Charlotte queda sola frente a los recuerdos de Werther y comprende que la renuncia que ha elegido no le traerá paz.
La interpretación de Portillo McNally encuentra en esos momentos algunos de sus matices más logrados, revelando a una mujer atrapada entre el deber y una verdad emocional imposible de negar. Su desempeño confirma asimismo una combinación poco frecuente de solidez vocal, musicalidad y profundidad dramática.
So Ry Kim ofrece una Sophie luminosa y llena de frescura. Su personaje representa todo aquello que la tragedia niega a los protagonistas: espontaneidad, esperanza y una forma sencilla de felicidad.
Su presencia introduce breves momentos de luz dentro de una obra dominada por la melancolía. No obstante, incluso Sophie parece intuir que su alegría no puede alterar el destino que lentamente se cierne sobre Werther y Charlotte.
Kim aporta una voz de timbre atractivo, musicalidad refinada y una presencia escénica que dota al personaje de una autenticidad particularmente conmovedora. Ricardo López construye un Albert sólido y profundamente humano, aparece como un hombre honorable que encarna el orden social sobre el cual descansa la estabilidad del mundo de Charlotte.
Albert no es un obstáculo para el amor; es la realidad misma. Arturo López Castillo aporta autoridad y calidez como Le Bailli.
Su presencia ayuda a definir el entorno familiar dentro del cual se desarrolla la tragedia. Artista de amplia trayectoria, aporta experiencia escénica y una presencia sólida que fortalece el entramado dramático de la obra.
Mención especial merece el coro infantil. Más que un elemento decorativo, se convierte en una presencia simbólica constante.
Los niños representan la inocencia perdida y recuerdan permanentemente aquello que los personajes han sacrificado en nombre de las convenciones sociales. Quizá ahí reside una de las mayores virtudes de Werther: comprender que las tragedias personales rara vez detienen el curso del mundo.
Afuera, en la explanada del Palacio de Bellas Artes, la lluvia caía sobre una ciudad que continuaba escribiendo sus propias historias. Sólo en el Centro Histórico de la Ciudad de México pueden coincidir, en una misma tarde lluviosa, Goethe, Massenet, la CNTE, coleccionistas de álbumes Panini, una protesta antitaurina y un público dispuesto a escuchar cómo la música guarda aquello que las personas no siempre pueden decir.
Mientras tanto, dentro del teatro, Werther se despedía de la vida. Como ocurre en la ópera y en la realidad, la existencia seguía su marcha mientras dos seres descubrían que el amor, a veces, llega cuando ya no queda espacio para él.
Información de Excélsior (México). Edición y redacción: Noticias Today.
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