Julio Granda: "Una cosa es saber mover las piezas, y otra, entender el ajedrez"
El siglo de Blanca Varela: las cosas que digo son ciertasSir David Attenborough, el hombre que nos enseñó a amar el planeta, cumple 100 añosComo un efecto mariposa, una historia de ajedrez activa otra: En 1972, Bobby Fischer enfrenta al entonces campeón, el soviético Boris Spassky, en el Mundial de Ajedrez celebrado en Reikiavik, Islandia. Al otro lado del mundo, en una chacra en Camaná, un hombre se emociona con el triunfo del estadounidense y decide comprar a sus hijos un tablero, siendo Julio, el menor, quien hará las mejores partidas.
El gran maestro Julio Granda recuerda sus inicios, suma anécdotas y sintetiza lo aprendido en su libro “Guía para ser un maestro de ajedrez” con la expectativa de generar nuevos apasionados del deporte ciencia. MIRA TAMBIÉN: Mériam Korichi: “La filosofía clarifica el pensamiento”En nuestra conversación, Granda reconoce que ese juego entre Fischer y Spassky fue determinante en su vida. “En el mundo, la Guerra Fría generaba rivalidades económicas, espaciales, armamentísticas, ideológicas.
De pronto, aparecieron dos jugadores representando a cada régimen, ambos con mucho carisma”, recuerda el jugador camanejo, quien viajó a Islandia solo para tomarse una foto en la tumba de Bobby Fischer. “Sin conocerlo, fue mi mayor referente en el ajedrez”, comenta. Lo curioso es que Granda pensaba que todos en ese país serían fanáticos como él.
Se equivocó: entre los islandeses, Spassky tiene más popularidad.—¿Hoy se extrañan esos grandes acontecimientos del ajedrez que pueden generar vocaciones como la tuya...?Sí. Lamentablemente, se ha perdido esa situación extraordinaria que generaba un campeonato mundial.
Los últimos duelos con gran expectativa fueron Kasparov y Karpov. A partir de ahí, por más que tengamos un gran fenómeno como Magnus Carlsen, ya no existe esa expectativa global.
Es el mundo que tenemos. Todo es rápido, ligero, inmediato.—¿En tu libro, el tablero y el campo de Camaná parecen dos escenarios mentales.
¿Uno es la continuación del otro? ¿Camaná es el lugar del que hay que salir para siempre volver?Así ha sido mi vida, ¿no?
He vivido en el extranjero desde muy pequeño. Mi primer viaje fue en 1979, cuando tenía 12 años.
Luego, ya con familia, nos fuimos a vivir en España. Pero todos los años de mi vida, por lo menos un tiempito, estaba en Camaná.
Hay un vínculo con el campo. Teníamos un montón de limitaciones, no teníamos ni corriente eléctrica ni agua potable, pero éramos felices.
Mi padre tenía sus propias tierras, no faltaba la comida. Si faltaba dinero para comprar carne, te ibas a una acequia y podías sacar camarones.
¡Y qué camarones! Camaná tenía eso, es un valle bastante fértil.
Y creo que con el tablero de ajedrez forman un binomio indisoluble.—¿Hablemos del título de tu libro: hay una gran diferencia entre un “manual para jugar ajedrez” y una “guía para ser un maestro”. ¿La idea es pensar en grande?Si este libro se hubiera publicado en otro contexto, el título sonaría hasta pretencioso.
No obstante, con toda la información que disponemos ahora, ya no hay que explicar a los niños el movimiento de las piezas. Eso lo pueden aprender con relativa facilidad.
Esta es una guía para niños que ya saben moverlas, y que quieren entender más del ajedrez. Siempre digo que una cosa es saber mover las piezas, y otra cosa entender el ajedrez.—Siempre desdeñaste los manuales de ajedrez.
¿Por qué publicar un libro propio?A mí los libros no me atraían. En la antigua Yugoslavia publicaban semestralmente la revista “El informador ajedrecístico”, en la que ponían las partidas.
Todo eso me parecía chino. Era una cosa espantosa tanto jeroglífico.
Kasparov publicó hace algunos años un libro muy interesante: “Mis geniales predecesores”. Allí no solo ponen las mejores partidas de la historia, sino que aporta anécdotas que lo vuelven muy entretenido.
Ese tipo de libros sí me atraen. Según he leído, se han escrito más de 100.000 libros de ajedrez.
Es una barbaridad. Y se seguirán escribiendo muchos más.
El ajedrez es un océano, y si no tienes una guía, ¿cómo navegarlo? Este libro pretende, de una manera entretenida, que los niños vayan captando la lógica y la belleza del ajedrez.—¿Te imaginaba tímido y taciturno.
Pero ahora te veo en plataformas de You Tube, dando conferencias TED, con la emoción de comunicar. ¿Qué cambió?Las circunstancias.
En realidad, nunca quise dedicarme al ajedrez. Empecé muy pequeño y los primeros resultados me empujaban a seguir en ello, de una manera casi automática.
Probablemente, si hubiera tenido algún objetivo más alto, probablemente hubiera conseguido un mejor logro. Pero yo seguía por inercia.
Me divertía y creo que desarrollé muy pequeñas dotes competitivas. Pero siempre fui reacio para la cuestión técnica.
Cuando compites a alto nivel, debe haber un rigor científico. Y esa es una disciplina que nunca tuve.
Luego de competir tantos años y de volver de España, me puse a pensar qué hacer. Ya era muy difícil mantenerme en la competencia.
Y vi la alternativa de Internet. Me parecía un poco lejana, pero llegó la cuarentena del COVID y no había otra alternativa.
Mis hijos me ayudaron a empezar esta aventura.—Planteas en tu libro jugar ajedrez “a la peruana”, basándote en la intuición, la improvisación, la escasez de recursos...La vida y las circunstancias me han condicionado a tener un estilo. Y evidentemente, lo que tú absorbes del país, te marca: la improvisación, sí, pero también la creatividad.
Y en mi caso, siempre habrá escasez, dificultades que sorteas con buena actitud, porque no vas a conseguir nada con quejas. De chiquito absorbí que uno tiene que saber adaptarse a lo que tiene.
Mi abuelo decía: “Lo que no hay, no hace falta”. Y mi padre lo repetía. —¿Dónde radica la belleza de una jugada en el ajedrez?Cuando hay una idea escondida, que se reflejará cinco o seis jugadas después.
Un simple movimiento de peón aparentemente insignificante, cuyo sentido adviertes luego. Ahí te quedas con una sensación de placer. —¿Qué explica la tendencia de que los ganadores y los grandes maestros son cada vez más jóvenes?
Pienso en el argentino Faustino Oro, gran maestro a los 12 años? Es consecuencia de los tiempos que vivimos.
Tenemos toda la información, las herramientas, el Internet. El proceso de aprendizaje es mucho más rápido.
Todo el día están jugando, y ante cualquier duda, van a la máquina. Entre todos estos portentos nuevos por supuesto incluimos a Faustino Oro, con quien jugué el año pasado en un torneo en Madrid.
Tiene un juego tan profundo, tan preciso, que parece que juegas como la máquina.—¿Te hubiera gustado contar con esas facilidades en tu juventud?Siempre hay la especulación retrospectiva. Creo que yo no serviría para esta vorágine actual.
Soy del campo, me gustan las cosas más calmadas. Pero sí me hubiera gustado de pronto nacer en otra época, en los años de Capablanca, por ejemplo.
Poder enfrentarme a esos jugadores que no estaban regidos por la información.
Información de El Comercio (Perú). Edición y redacción: Noticias Today.
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