Las elecciones del domingo para renovar el Congreso de Coahuila —las únicas que tendrán lugar este año— dejan varias lecturas relevantes. Un primer vistazo podría dejar la impresión de que el holgado triunfo del PRI en esos comicios es una excepción en el panorama nacional, pues Morena y sus aliados dominan la gran mayoría de las legislaturas estatales y el PRI casi no existe como fuerza política a nivel nacional.

Enseguida, habrá quien concluya que no hay novedad, puesto que en las elecciones de hace tres años el PRI, junto con sus aliados de entonces —el PAN y el PRD—, ganó los 16 distritos en juego, igual que en esta ocasión. Es decir, se repitió el carro completo.

No obstante, al hacer a un lado esas observaciones preliminares, aparecen detalles que resultan mucho más trascendentes. Por ejemplo, el nivel de participación del domingo aumentó en casi 12 puntos respecto de las elecciones de hace seis años, cuando los ciudadanos votaron, igual que antier, únicamente para diputados del Congreso local.

Aquella vez, el porcentaje que acudió a las urnas fue de 39% contra 51% que lo hizo en esta ocasión. ¿Qué fue lo que hizo que la votación total pasara de 875 mil en 2020 a un millón 244 mil en 2026?

¿De dónde salieron esos 369 mil electores adicionales? Algunos, sin duda, del crecimiento del padrón electoral, pero eso no alcanza a explicar el fenómeno.

Como hipótesis, puede establecerse que los votantes hicieron caso a lo que los candidatos ganadores plantearon en campaña: la contienda, como una disyuntiva entre la relativa seguridad pública que existe en Coahuila y el desastre en el que se encuentran, en ese mismo rubro, estados como Sinaloa y Michoacán. La inseguridad se ha vuelto el talón de Aquiles del oficialismo, especialmente después de los señalamientos que se han hecho desde Estados Unidos sobre los presuntos vínculos entre el gobierno sinaloense y el crimen organizado.

Justa o injusta, precisa o imprecisa, la visión de la existencia de un narcogobierno ha cundido entre muchos mexicanos. O, por lo menos, la de un gobierno incapaz de enfrentar fenómenos como la extorsión y, en general, el control territorial por parte del crimen.

Por otro lado, el oficialismo perdió casi nueve puntos en las elecciones de Coahuila en sólo tres años. En 2023, la votación sumada de Morena y el Partido del Trabajo —que compitieron entonces separados— fue de 35.05%, mientras que, el domingo pasado, las dos organizaciones —coaligadas—obtuvieron apenas 26.32 por ciento.

Ese voto de castigo al oficialismo se canalizó hacia el PRI y su aliado, el partido local Unidad Democrática de Coahuila. Hace tres años, esas dos organizaciones se llevaron 46.76%, pero en esta ocasión obtuvieron 55.01% de los sufragios, de acuerdo con el Programa de Resultados Electorales Preliminares.

Ese saldo dejó anémicas a las otras fuerzas opositoras nacionales, el PAN y Movimiento Ciudadano, que seguramente perderán su registro en el estado. Un tercer aspecto a considerar es la derrota para la marca López.

Andy López Beltrán, el hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador, había fungido como el coordinador de las campañas de Morena en el estado. Días antes de las elecciones, el vástago dejó todo tirado —imaginando el escenario que se estaba configurando, supongo— y corrió a refugiarse en Tabasco, el terruño paterno, donde ahora busca ser diputado federal.

Si a alguien hay que cargarle la derrota —como sucede con los lanzadores del beisbol que dejan como herencia los corredores en base— es a Andy. Éste ya había fracasado como organizador en Durango y Veracruz, por lo que su marca en materia electoral es de cero ganados y tres perdidos.

Morena fue aplastado en Coahuila y la magnitud de la derrota supera cualquier explicación de fraude, como la que plantea Ariadna Montiel, la nueva dirigente del partido. Falta mucho para saber si esta elección marcará tendencia, pero lo cierto es que, como no hay otros comicios este año, el oficialismo no tendrá revancha sino hasta 2027, por lo que, de aquí a entonces, deberá cargar con ese golpe.

Su coraza de partido invencible se llevó un feo rayón.