La temporada de ópera en el Palau Les Arts llega a su fin con las representaciones de Turandot, última obra escrita por Giacomo Puccini. Supuso la culminación de su dramaturgia musical y el canto del cisne del romanticismo operístico italiano, a pesar de que un cáncer de garganta le impidiera concluirla.

Una lujosa producción de Faust abrió la programación 25-26 allá por octubre y luego de ella siguieron títulos como Eugene Onegin y Salomé, entre otros, que confirmaron al teatro de la capital del Turia como una de las estaciones imprescindibles en el panorama nacional e internacional. Coincide la programación de Turandot con el centenario de su estreno en Milán, que tuvo lugar el 25 de abril de 1926 bajo la dirección del maestro Arturo Toscanini.Llega este título fundamental a Valencia en una excelente producción procedente de Tokio y dirigida en lo escénico por Àlex Ollé, uno de los directores artísticos de La Fura del Baus.

La magnífica escenografía de Alfons Flores aprovecha la totalidad de la caja escénica del teatro y nos introduce en un mundo opresivo y gris, sometido al dictamen de un emperador y a la mano de hierro con que sus oscuros esbirros sustentan el orden público. Se plasma esta situación en una ciudad vertical, casi una colmena humana, que recuerda algunas imágenes de las urbes más hacinadas de China en la actualidad.

Escaleras cruzadas recubren altos muros a modo de un diseño que recuerda las paradojas de M. C.

Escher. Allí se dispone el pueblo, así como los guardianes y funcionarios del régimen, para admirar las apariciones de los mandatarios o asistir a las pruebas, a vida o muerte, que deben afrontar los candidatos a desposar con la princesa Turandot.

En lo alto de los muros, se alzan picas coronadas con las cabezas de los que no han conseguido su propósito.La historia está ambientada en una China imperial de carácter mítico, pero la vinculación con aquellas tierras orientales la tradujo Puccini en una música donde aparece la escala pentatónica, característica de aquellas tierras entre otros lugares del planeta. Esto confiere a la partitura un carácter enigmático que arrebató desde el primer momento a los escuchantes del siglo XX, subyugados también por el hecho de que la ópera se estrenara de manera póstuma.

Cuando Puccini estaba a punto de concluir la partitura, se topó con un cáncer fulminante. Luego de recibir un novedoso tratamiento de radioterapia en Bruselas, falleció en menos de un mes y la ópera quedó inconclusa.Puccini dispuso para esta ópera la orquesta más nutrida de su trayectoria, buscando obtener un resultado que, por momentos, luce gran espectacularidad, pero también hallazgos y detalles tímbricos poderosamente seductores y sutiles.

Todos esos matices fue capaz de manejarlos con soltura Sir Mark Elder desde el podio, aplicando un tempo contenido en todo momento, con lectura atenta y dejando respirar el drama. De tal modo, pudimos disfrutar de la suntuosa orquestación que posee la partitura pucciniana, y de unas apabullantes apariciones del coro.

Esta lección de conocimiento del inglés llegó al público de manera rotunda, como quedó patente por la gran ovación que se le tributó al finalizar la representación.Similar entusiasmo despertó la soprano Carolina López Moreno, que sorprendió con una voz de gran atractivo para definir a Líu, consiguiendo momentos de una profunda belleza y sentido dramático, sobre todo en su despedida junto a Turandot, antes de tomar su última y fatal decisión. Gran triunfo y muchas esperanzas en que siga con buen pie por un camino ya iniciado en la música de Puccini, sabiendo que próximamente la escucharemos en el papel de Mimí, de La Bohème, en la nueva temporada del Teatre del Liceu.

Guiado por la joven Líu, el anciano Timur fue interpretado por el bajo Liang Li, ataviado casi como si de Max Estrella se tratara. De voz rotunda y bien proyectada, cumplió perfectamente con el rol de padre de Calaf.Esta ópera de Puccini reserva varios pasajes lucidos a Ping, Pang y Pong, tres personajes que tienen su origen en la 'Commedia dell’arte', según los imaginó Carlo Gozzi en una fábula teatral del siglo XVIII.

De ahí parte el argumento. Alex Ollé ofrece protagonismo escénico a este trío que Jan Antem, Pablo García-López y Mikeldi Atxalandabaso aprovechan al máximo.

Aparecen como tres borrachines menesterosos, semejantes a aquellos personajes de Shakespeare que en sus tragedias ofrecen un contrapunto humorístico, bufonesco. En el segundo acto van vestidos como una unidad NBQ de descontaminación.

En realidad son tres funcionarios del Estado que se dedican al trabajo sucio -quizás hoy se podrían denominar ‘fontaneros’-, y aportan un distanciamiento del tiránico contexto, asimismo de una bella evocación de la naturaleza, ausente de esta gris ciudad. El resultado de sus intervenciones fue espléndido, tanto en la conjunción vocal como en su sentido de la comedia.Dos esferas distantes encierra esta ópera: el ámbito de un poder casi celestial, encarnado por el Emperador y Turandot; y el de la población de a pie.

Ese alejamiento confiere al mandatario y a su hija una condición ultraterrena que, en la puesta en escena de Ollé, todavía queda más evidenciada. Una inmensa estructura desciende lentamente desde las alturas generando un mágico efecto de iluminación, casi como la nave nodriza de Encuentros en la Tercera Fase (Steven Spielberg, 1977) se aproximaba a la superficie ante la mirada de los terrestres.Turandot es una princesa de hielo que aparece ante sus súbditos periódicamente, como un cometa que atraviesa el Sistema solar; una mujer ajena a las emociones que ve rodar las cabezas de los pretendientes luego de un macabro juego de adivinanzas.

Ekaterina Semenchuk se hizo con el papel aportando veteranía desde su voz de 'mezzo', capaz de alcanzar el necesario carácter trágico.De veteranía también hizo buen uso Gregory Kunde, sobre todo teniendo en cuenta que ya ha cumplido los 72 años. Realmente asombrosa prestación la suya, ofreciéndonos un Calaf de categoría a lo largo de toda la representación.

Entonó con seguridad y buen gusto el aria, quizás, más popular de la historia: Nessun dorma. Esta pieza abre el tercer acto luego de el descanso y es uno de los mayores retos para un tenor, aunque no puede nunca acabar en ovación por necesidades del guion -la música no se detiene-.

Kunde dotó de emoción esa página inigualable.Llega el último acto y la túnica blanca de Turandot se torna en un degradado negro, símbolo de un corazón en deshielo que adquiere impurezas. Luego de el suicidio de Líu, rotunda prueba de lealtad, el coro entona un estremecedor lamento fúnebre.

El día del estreno en Milán, Arturo Toscanini dejó la batuta sobre el atril llegado este punto. Todo quedó en silencio y pronunció las siguientes palabras: "Qui, Giacomo Puccini morì", según recuerda una de sus hijastras presente en la histórica representación.Pero la música sigue porque la ópera fue concluida por el compositor Franco Alfano, a partir de algunos bocetos de Puccini.

Luego de un dúo con Calaf, Vemos a una princesa despojada de su tocado, alejada de su carácter divino y turbada por el amor. En esta versión de Àlex Ollé adopta una decisión que no está en el libreto: suicidarse del mismo modo que lo había hecho Líu.

La princesa de hielo se ha convertido en una mujer que ama y se rige por afectos humanos, aunque estos la lleven a la muerte. Un final apoteósico y un cierre triunfal de temporada.