En 1983, Juan José Sebreli publicó un libro extraordinario, Los deseos imaginarios del peronismo, donde explicitaba la distancia entre lo que el peronismo pretendía ser y lo que el peronismo realmente era. Leyendo la segunda revisión que hizo el staff del FMI sobre la marcha del acuerdo con nuestro país, asocié libremente con aquella lectura, al ver la brecha entre la realidad del programa argentino y lo que el Fondo desea que sea ese plan.Antes de explayarme sobre este tema, permítanme una aclaración.

Sin la asistencia crediticia del Fondo en 2018, renovada en 2022 y ampliada en 2025, hubiéramos tenido un grave problema; en particular, lo hubieran sufrido los sectores de menores recursos. Hecha esta aclaración, retomo.

El programa hoy vigente, negociado por el gobierno del presidente Javier Milei, tiene cuatro grandes diferencias con los programas anteriores.La primera es el programa en sí mismo, con un ajuste fiscal inédito, independientemente de cómo se instrumentó dicho ajuste. A diferencia de lo sucedido en acuerdos anteriores, en donde el FMI imponía un programa, en este caso, este es un programa impuesto por la Argentina.La segunda es el fuerte apoyo del Tesoro de los Estados Unidos y la tercera, y no menor, es que ahora nuestro país es, por lejos, el principal deudor del FMI, lo que somete al organismo a un dilema reputacional y crediticio, si llegara a ser partícipe necesario de un eventual fracaso argentino.La última es el diseño de los desembolsos.

Habitualmente, el esquema de dichos pagos se divide en cuotas que coinciden con las revisiones que el staff hace del cumplimiento de las metas del acuerdo. En este caso, hubo un fuerte aporte “anticipado” con la firma del acuerdo, lo que reduce sustancialmente la capacidad de negociación del Fondo cuando existen desvíos del programa.

Son estas las razones que convierten al informe del Fondo, con todo respeto, en más testimonial que operativo. Más en una expresión de deseos del staff que en una discusión de política económica.

Veamos. El ancla fiscal sigue siendo el centro del programa.

El staff da por sobrecumplida la meta fiscal a diciembre de 2025 ($11,8 billones de superávit primario, contra $10,9 billones de meta) y establece para fin de 2026 una meta de $16,3 billones.Los desvíos que pudieran surgir por la controversia en torno al aumento de ciertos gastos, en particular en universidades (que exige una discusión profunda en un Congreso que votó crear 23 universidades nacionales nuevas entre 2004 y 2023, llevando el número de entidades a financiar con el presupuesto nacional a 53 y en donde el porcentaje de estudiantes provenientes de los hogares con mayores ingresos duplica a los que provienen de hogares de bajos recursos) serán compensados con un razonable plan de contingencias. A partir de aquí, siguiendo con el tema fiscal, empiezan los “deseos imaginarios”.

El Fondo insiste con una reforma tributaria que, entre otros temas, amplíe la base imponible del impuesto a las ganancias de las personas humanas y aumente el aporte al monotributo.Pero, como ya ha sido aclarado, las autoridades van por otro camino. Con la ley de inocencia fiscal, la suba de los límites para informar a ARCA y la actualización de los montos para la ley penal tributaria, la estrategia es concentrar la fiscalización en los grandes contribuyentes, aliviando al “chiquitaje” (la calidad de esta estrategia es tema para otra nota, sobre todo su aparente contradicción con los incentivos incluidos en la reforma laboral).

En todo caso, ratifica el Gobierno, la presión fiscal general se reducirá cuando el crecimiento económico permita bajar impuestos. Pasando a la cuestión de las reservas.

El staff reconoce como incumplida la meta de acumulación de reservas a diciembre de 2025 (un desvío de “apenas” US$10.500 millones), pero otorga un perdón en base al programa de acumulación de reservas iniciado en enero pasado. La meta para fin de 2026 consiste en acumular reservas por US$8000 millones.Recordemos que es importante diferenciar compra de dólares de acumulación de reservas.

El Banco Central tiene que comprar los dólares necesarios para acumular los US$8000 millones mencionados más los dólares que le tiene que vender al Tesoro para pagar los compromisos que no consiga de otras fuentes. Ahora vienen los deseos imaginarios.

El Fondo insiste en que el Banco Central tiene que acumular muchos dólares, no solo por razones de “seguro” contra inestabilidad cambiaria, sino porque considera que la acumulación de reservas es condición para bajar el riesgo país y acceder al mercado voluntario de bonistas. Pero, al final del día, lo que el FMI quiere, como lo sugiere cada vez que puede, es que la Argentina consiga dólares privados para que pueda cancelar la deuda con el organismo en el cronograma previsto, reduciendo la exposición que tiene con la Argentina.

De unos US$58.000 millones a fines de 2025 a cero en 2035). Pero estos son los deseos del Fondo.

El Gobierno muestra no tener apuro en salir al mercado de bonos a las tasas actuales. En todo caso, y dependiendo de que se mantenga el apoyo político de Estados Unidos, llegado el caso, y de ser necesario, quizás prefiera renegociar con el Fondo el plazo de cancelación.Paso ahora a los aspectos monetarios.

El staff respalda el esquema monetario inaugurado en enero. Solo se emiten pesos para comprar dólares.

Si la demanda de pesos aumenta, esa mayor emisión se deja en el mercado. Si la demanda de pesos no aumenta lo suficiente, el neto que “sobra” se quita colocando bonos que el Banco Central tiene en su activo o sobrecolocando deuda del Tesoro.

Y aquí otra vez una mirada a los deseos imaginarios. Al staff del Fondo no le gusta el control de la cantidad de dinero.

Sostiene, y con cierta razón, que, con tasas de inflación “intermedias”, como el 30% anual de la Argentina de hoy, el control de la oferta monetaria es menos efectivo para seguir bajando la tasa de inflación. También que lo mejor sería tener un Banco Central independiente, que fuera virando al manejo de la tasa de interés y a influir en las expectativas con metas de inflación.

Aceptando que la desinflación, en este contexto, llevará tiempo y es lenta. Pero sucede que, al traspasar la deuda del Banco Central al Tesoro a mediados del año pasado, el Banco Central y la Secretaría de Hacienda son ahora hermanos siameses inseparables.

El Tesoro no tiene superávit suficiente para pagar los intereses de la deuda en pesos (que capitaliza en cada vencimiento, generando un problema si la tasa de interés es positiva y licuación si es negativa). Obviamente, tampoco tiene fondos para pagar capital de la deuda en pesos.

De manera que, en cada licitación de deuda que vence, está obligado a renovarla totalmente. Cuando le ofrecen renovar más de lo que vence, sobrecoloca y le lleva los pesos al Banco Central para que se los guarde.

Pero, si en algún momento le llevan ofertas en las licitaciones por debajo de lo que vence, tiene que recurrir a sus “ahorros” en pesos en el Banco Central (lo que implica emisión, por afuera de la compra de dólares). Alternativamente, para “secar” el mercado, como sucedió en 2025, el Banco Central puede aumentar transitoriamente los encajes en pesos o en títulos públicos de las entidades financieras.

En otras palabras, en materia monetaria, el Banco Central no puede, por ahora, ser autónomo. La política monetaria se maneja en conjunto con la Secretaría de Hacienda.Es una variante de “dominancia fiscal” derivada de la herencia de deuda pública acumulada en el Banco Central y en el Tesoro por la administración kirchnerista, que no solo hizo crecer el pasivo remunerado del Banco Central, sino que adicionalmente vació las reservas de dólares en el activo de la entidad, dejando “vales de caja”.En este contexto, resulta imposible un Banco Central autónomo en materia monetaria, como pretende el staff del Fondo.

Sería más razonable recomendar darle más transparencia a la política monetaria con un acuerdo explícito entre la Tesorería y el Banco Central, del estilo, salvando las distancias, del que propone el nuevo presidente de la Fed en Estados Unidos, enfrentado, él también, a la “dominancia fiscal” de la deuda pública estadounidense. Pero este último es mi deseo imaginario.