La Alameda de los Descalzos, un paseo por la historia limeñaHace 430 años el rey Felipe de España autorizó la creación del histórico monasterio de Santa Clara de LimaLa capital limeña vivía a fines de la década de 1960 una fiebre de restauraciones en sus iglesias y conventos. El centro histórico exigía cuidados urgentes frente al deterioro evidente de sus reliquias coloniales.LEE TAMBIÉN: El terremoto de Cusco de 1950: el devastador sismo que derribó templos coloniales | FOTOSEn medio de este afán, por ejemplo, el Convento de San Francisco había inaugurado su sala capitular, “El General”, con una inolvidable “Misa Criolla” de Chabuca Granda.

Fue el inicio de una nueva política de puertas abiertas para atraer al público interesado en el arte religioso.Bajo esa premisa, el Convento de los Descalzos, ubicado en el distrito del Rímac, tomó una decisión trascendental. Debieron pasar 373 años para que sus muros aceptaran, por primera vez, la presencia de mujeres en su interior.SEPA ADEMÁS: El tren que cambió Lima: la historia del primer ferrocarril del Perú a 175 años de su inauguraciónLa fecha elegida no fue casual: el domingo 8 de junio de 1969, hace 57 años, día de la fiesta del Corpus Christi.

Lima celebraba con unción procesiones y misas, pero la verdadera noticia estaba al otro lado del río.CONVENTO DE LOS DESCALZOS: EL DÍA QUE LA HISTORIA CAMBIÓA las 10 de la mañana de esa jornada dominical, decenas de mujeres se sumaron a un grupo de visitantes para recorrer el recinto. El ingreso fue autorizado por el R.P.

Provincial, Fray Odorico Sáiz (1912-2012).Fray Odorico era un visionario que comprendió la necesidad de acercar el convento a la comunidad. Su vocación religiosa lo llevó a ser, cuatro años después, en 1973, Obispo Vicario Apostólico de Requena, y luego ser consagrado Obispo en 1974.

MIRA TAMBIÉN: Estadio de San Marcos: la inauguración del coloso que coronó los 400 años de la Decana en 1951 | FOTOSLas pesadas puertas de madera se abrieron lentamente. Cerca de 700 personas iniciaron un recorrido que desvelaría secretos guardados por generaciones.

Las visitantes admiraron con respeto la solemnidad de un santuario que desafiaba el paso de los siglos.Al mediodía, el atrio de la capilla de "San Francisco Solano" rebosaba de fieles. El R.P.

Francisco Javier Ampuero Nájar celebró una misa que resaltó la importancia de la festividad y la histórica apertura del claustro.Luego de la ceremonia, a la una de la tarde, los invitados disfrutaron de un sencillo almuerzo en los pasillos del convento. Fue una jornada donde el arte y la convivencia se fusionaron en un entorno de paz monástica.LEE ADEMÁS: El abrazo de la nación a la mamá campesina de 1967 | FOTOSCONVENTO DE LOS DESCALZOS: TESOROS BAJO EL SELLO DE LA CLAUSURADurante el recorrido, los asistentes pudieron contemplar altares de una belleza inusual.

Destacaba especialmente la capilla de la Virgen del Carmen, una obra en madera con incrustaciones de concha de perla que, hasta entonces, permanecía bajo estricta clausura.El convento ocultaba, asimismo, leyendas que erizaban la piel. Entre ellas, la del "Cristo de Santiago“, una pintura del quiteño Miguel Santiago sobre la que pesaba el mito de un artista que habría sacrificado a su modelo para capturar la agonía perfecta del Nazareno.Lamentablemente, el grupo de visitantes no pudo ver esta joya secreta.

Según comunicó El Comercio al día siguiente, el cuadro se hallaba en una capilla interior fuera del alcance del público, aunque Fray Odorico Sáiz prometió que sería posible verlo en otra ocasión. SEPA TAMBIÉN: Los 187 años de El Comercio: cuando multitudes se reunían frente al diario para escuchar las noticias de la bicolor | FOTOSEl Convento de los Descalzos, fundado en 1596 por San Francisco Solano, el incansable apóstol del Perú y América, se erigía entonces como un testigo silencioso de la fe limeña.

Aquel grupo de invitados privilegiados recorrió con asombro cada pasillo, rincón y patio del monasterio.Ellas se adentraron incluso en las celdas donde los religiosos más notables en ciencia y virtud habían orado y meditado durante más de tres siglos. La experiencia fue un “viaje inmersivo” al pasado, donde el peso de la historia parecía detener el tiempo entre sus coloniales muros.