En una sociedad secularizada como la española, en ocasiones el ateo puede caer en la tentación de menospreciar al creyente, de asimilarlo como alguien que chapotea en un charco de superficialidad. Pero este lunes, el más creyente de todos los creyentes, León XIV, habló para todos, y lo hizo pronunciando uno de los discursos intelectualmente más ambiciosos de los que se recuerdan en el Congreso de los Diputados, con amplias referencias a la Escuela de Salamanca, la literatura española, la dimensión histórica de nuestro país, la razón moral, la libertad de conciencia, la paz como acto de valentía, el abrazo al inmigrante y, sí (es el Papa, no Emma Watson), con mensajes velados contra el aborto y la eutanasia.Todo ello en un discurso histórico de casi media hora que ha merecido el aplauso unánime del hemiciclo durante siete minutos que podrían haber sido más si León XIV, agradecido pero abrumado, no hubiese decidido abandonarlo cuando los diputados de un Congreso engalanado todavía palmeaban.

La vida política española de los últimos años ha generado nuevos oxímoron: "Congreso" y "unánime" es uno de ellos. La presencia del Papa ha conferido a ambos términos carácter de concomitancia, León XIV ha derribado la Torre de Babel de la Cámara Baja, una Torre de Babel erigida por los propios parlamentarios en una especie de afán autodestructivo luego de años de desprecios, bajeza moral y berrea de bar; y por primera vez en mucho tiempo el Congreso ha sonado como uno solo.

Aplaudía Bildu, aplaudía ERC, aplaudían Sumar, Junts y el PP, Vox y el PSOE, UPN, Compromís, el PNV y Coalición Canaria. No lo hicieron, porque no estaban presentes, Podemos ni Bloque Nacionalista Gallego, el primero tal vez demasiado ocupado en dejar de perder votos; el segundo, desde luego, no en el Camino de Santiago.Aplaudían incluso algunos periodistas y, por supuesto, aplaudían las autoridades que poblaron la tribuna de hemiciclo: magistrados del Tribunal Constitucional, expresidentes del Congreso como Ana Pastor, Meritxell Batet o Jesús Posada; cardenales; el Jemad, el almirante general Teodoro López Calderón; José Luis Martínez-Almeida, Salvador Illa, Carmen Calvo, Adrián Barbón, Isabel Celaá, Antonio Maíllo y los expresidentes Mariano Rajoy y José María Aznar, que vino a hacerse la foto, pues abandonó el hemiciclo poco antes de que León XIV iniciase su discurso porque tenía un vuelo programado.

Claro que mejor eso que no acudir por estar, casi en clausura monástica, preparando tu defensa porque en una semana compareces como imputado en la Audiencia Nacional. El Papa llegó al Congreso a las 10.30 horas y fue recibido en la Carrera de San Jerónimo por la presidenta del Congreso, Francina Armengol, y el presidente del Senado, Pedro Rollán.

Saludó después al resto de autoridades, entre ellas a Pedro Sánchez, antes de escuchar los himnos de la Ciudad del Vaticano y España. Los diputados y ministros del Gobierno, ya sentados en los escaños, seguían todo a través de la señal que ofrecían en las grandes pantallas del hemiciclo.

Después, León XIV estrechó la mano del líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, y los portavoces de los diferentes grupos parlamentarios. Se desató un runrún en el hemiciclo cuando el Papa saludó a Míriam Nogueras, pues la portavoz de Junts lo retuvo más que el resto.

A buen seguro el runrún hubiese devenido en sonoras protestas de conocer lo que Nogueras le pedía, en un alarde de excentricidad, al pontífice: que cuando este martes continúe su viaje apostólico en Barcelona hable catalán. "Su Santidad, como Gaudí, soy catalana.

Hablar la lengua de la tierra que te acoge es un maravilloso acto de amor y respeto. Espero que disfrute de su visita a Cataluña, mi nación".

Después, durante el discurso de León XIV, Nogueras cogía varias veces el móvil y contestaba mensajes. Un maravilloso acto de amor y respeto.

Los diputados, en el hemiciclo, recibieron entre aplausos al pontífice y se dispusieron a escuchar, primero, las palabras de Francina Armengol, juntos, especialmente apretujados, pues en días grandes como los de este lunes hay que dejar sitio en los escaños a senadores y otras autoridades, encogidos, como a merced de una memoria muscular que nos asalta cuando no sabemos la respuesta a la pregunta. Llegó después el celebrado discurso de León XIV, en el que, como en su encíclica Magnifica Humanitas, reivindicó a la "persona humana", valga el pleonasmo, y resaltó la labor de España a la hora de "mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político": como "criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir".

El Papa mencionó el Quijote, a Unamuno (el hombre "no se resigna a morir del todo"), a Teresa de Jesús, a la Escuela de Salamanca, principio del derecho internacional y de la ética de las sociedades contemporáneas, a Francisco de Vitoria... La gran herencia de España: "Haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral.

Ese legado vive también en estas Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar". Sonreía Gabriel Rufián y miraba de reojo a la bancada de Vox cuando León XIV hablaba sobre el "trágico drama migratorio": "Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos".

Pareciera que después sonriera Abascal y mirara de reojo a Rufián cuando el Papa reivindicó que "toda vida humana debe ser reconocida y custodiada dese su concepción hasta su ocaso natural". La simpleza de la política le lleva a buscar entre líneas el mensaje del Papa que más confirma sus intereses, pero León XIV habla para el mundo, para la "persona humana", para la persona libre que lo es de manera responsable y que acaba comprendiendo, entre ruido y lodo, que "en el silencio las ideologías pasan, mientras la verdad permanece".

Finalizado su discurso, el pontífice abandonó el Congreso. El miércoles, los diputados volverán a poner la primera piedra de una nueva Torre de Babel.