POSADAS.— En los pasillos del Hospital Pediátrico Fernando Barreyro, el nombre de Sandra Borchichi (59) no necesita presentación. Para miles de familias misioneras, pacientes y expacientes, es mucho más que la jefa del servicio de Hematooncología.

Es la médica que acompañó diagnósticos difíciles, largas internaciones y también abrazó las pequeñas victorias cotidianas de niños con cáncer. Primera pediatra hematóloga de Misiones, su historia inició lejos de la provincia que terminaría convirtiéndose en su hogar.Nació en Resistencia y estudió Medicina en la Universidad Nacional del Nordeste (Unne), en Corrientes.

Llegó a Posadas a comienzos de los años 90 para hacer una pre-residencia de pediatría, atraída por la oportunidad de formación y también por una provincia que -expresó- “la atrapó enseguida” por su belleza. Por entonces, jamás imaginó que terminaría dedicando su vida a una especialidad que muchos médicos evitaban, la hematooncología pediátrica.“Siempre digo que la vida te va llevando”, resumió Borchichi al recordar aquellos años de residencia en un hospital donde el servicio prácticamente no existía.

Los casos complejos se derivaban a Buenos Aires y los residentes quedaban a cargo de acompañar a los chicos durante internaciones y tratamientos. Ella también esquivaba esa especialidad, atravesada por el dolor y el desgaste emocional, hasta que un adolescente con cáncer le cambió la mirada.

Comprendió entonces que detrás de cada diagnóstico seguía habiendo una personita que necesitaba hablar de fútbol, películas o de su novia, mucho más que de la enfermedad.Para ella, el contacto humano y ponerse en los pies del otro son fundamentales para ejercer la profesión. Foto: Julián Grondona “Hubo otro paciente oncológico con un tumor renal que tuvimos que derivar porque nadie hacía el tratamiento.

Cuando vuelve a la provincia de descanso, el doctor Maya, que era oncólogo de adultos, viene un día con el niñito de la mano a pedirle al doctor (Carlos) Fukiya que le siga la medicación porque el tratamiento duraba diez minutos y era una vez por semana durante ocho meses; era innecesario tenerlo desarraigado con su mamá en Buenos Aires”, recordó la profesional.Con asesoramiento de Fukiya, hematólogo de adultos que atendía a los chicos, acompañó el tratamiento del niño. Así le llegó la invitación de hacer una rotación en el Hospital Posadas, de Buenos Aires, que trataba al chico.

Allí hizo después la especialidad en hematología y regresó a la tierra colorada a fines de 1997. Desde entonces, ayudó a construir en Misiones un área capaz de tratar a niños oncológicos que antes debían dejar su provincia durante meses.Con más de tres décadas de profesión encima, todavía conserva la sencillez de aquella joven chaqueña criada entre una madre docente profundamente comprometida con la comunidad y un padre mecánico apasionado por la música clásica, en una familia en la que el arte y la creatividad parecían ser el destino natural de todos, menos el suyo.¿Cómo era estudiar medicina en aquellos tiempos en la Unne?Empiezo la facultad cuando terminó la dictadura prácticamente y se hizo un ingreso irrestricto, no había examen.

Ese año entramos 2.000, al año siguiente éramos 1.000, y nos recibimos 200.Tengo muchos amigos de esa etapa que eran misioneros, correntinos del interior, que era mucho más difícil. Para mí era muy fácil porque yo tenía el puente y del otro lado estaba mi familia.

Nunca tuve necesidades, pero tenía amigos que sí, y uno aprende de todo eso. Hoy por hoy son personas súper exitosas, médicos reconocidos.

Hablábamos con una amiga la otra vez, tuvimos la suerte de tener un grupo humano excelente, de tener compañeros de estudio buenos y que fuimos un malón que casi todos recibimos medio en el mismo año o un año después.¿Qué hace la doctora Sandra cuando no está acá en el hospital?Tengo muchas actividades extra que las fui ganando acá. Soy amante de las plantas desde siempre, pero tenía muy mala mano.

Tenía en el patio un limonero donde colgaba unas orquídeas que ni sabía cómo se cuidaban, era una asesina serial de orquídeas.Hasta que un día fui a una exposición de orquídeas de la Asociación que se hace siempre en el Salón Italiano. Ahí aprendí cómo se cuida, cuál quiere agua, cuál no quiere agua, cuál quiere sol, cuál no.

Hoy tengo más de 70 plantas en casa. Son una pasión porque la verdad que el tiempo que tengo que bajar un cambio y estoy ahí es otro mundo.Me gustan las aves, tengo ahora una camarita para los pajaritos.

Si quisiera, podría pasar todo el día ahí.Aparte de eso, el arte me tira siempre y lo que me gusta hacer es el mosaico, aprendí con unos cursos de tres o cuatro clases y medio que me largué sola y hago cosas. Sobre todo cuando necesito realmente un cable a tierra me pongo a hacer y es fabuloso.Aparte hago algo de actividad física pero por salud, no es mi rutina, no me gusta, pero tuve que hacerlo.¿Sus hijos se fueron también para la medicina?Tengo dos grandes ya, terminando carreras y haciendo su vida.

Nada que ver con la medicina, me parece que tiene que ver con lo artista, los dos hicieron cosas que tienen que ver con el arte, o con la creatividad, mejor dicho.¿Le gusta viajar?Me encanta y soy una bendecida porque dentro de la especialidad que hice nadie quiere hacer oncología infantil, hemofilia, porque la coagulación no es fácil, porque son pacientes crónicos para toda la vida. Y a mí me apasiona, me apasiona porque fue una especialidad que en 20 años cambió terriblemente, cuando empecé peleábamos porque todos los pacientes tuvieran tratamientos de profilaxis.

La verdad que me apasiona porque fue como que crecí con todos los cambios que hubo.Como somos poquitos y hay tantos cambios tecnológicos, de tratamiento y de seguimiento, me invitan a los viajes. Casi que se pelean por los que hacemos esta especialidad para invitarnos a los congresos mundiales y aprovecho mientras dure, porque una vez que me jubile probablemente no me inviten más.Soy una bendecida porque no todos tienen esta posibilidad, y esto tiene que ver otra vez con lo que te decía, uno tiene que estar preparado para donde te lleva la vida Yo no sabía inglés, tuve que aprender de grande, que te cuesta diez veces más; pobres mis hijos fueron castigados, los hice estudiar.Uno se tiene que preparar, no sabés dónde te va a llevar la vida.

Me ha dado la oportunidad de hacer amigos de todo el país y de conocer prácticamente muchísimos lugares fantásticos.¿Cómo está Argentina en cuanto a innovación y tratamientos del mundo?Vamos más o menos dos años atrasados en Argentina, uno va esperando que llegue tal producto y cuando llega ya está preparado para usarlo, me ha pasado en muchas cosas, porque no es sólo hemofilia, sino todo lo que tenga que ver con coagulación.Otra cosa que tienen estos congresos es que uno tiene la posibilidad de consultar al paciente con gente que escribe los artículos que uno estudia. Tengo el caso de un paciente con hemofilia, que hay 18 o 20 casos en el mundo, y compartir esa experiencia y ver qué hizo fulano, qué hizo mengano con ese paciente; son gente que están casi cerca de Dios de tan desarrollado que tienen todo, la verdad que eso es una oportunidad única y que me ha dado la posibilidad esta de viajar y conocer gente, médicos que están muy arriba en la investigación y que uno piensa, que son inalcanzables, era lo que yo pensaba.

No obstante, es gente común y a uno le sorprende la capacidad de compartir que tiene.Me gustaría que me hable de la relación que se construye con los pacientes y las familias…Todos los pacientes son crónicos, salvo los pacientes que vienen por anemia, por plaquetopenia, que uno lo resuelve, termina el tratamiento y no viene más. El resto de los pacientes que tuvieron un problema oncológico o que tiene una enfermedad genética que no la va a cambiar, son pacientes crónicos.

Uno ve nacer a los hermanitos, ve cómo crecen estos chicos y es así, se genera una relación constante y de vida.Los pacientes que se curan por supuesto que te llenan el corazón, pero uno siempre se acuerda también de los que no pudieron y me sorprende el cariño de las familias hacia mí, porque por ahí uno dice ‘se murió, no quiero ni verte ni pasar por el hospital’, y no obstante, siempre se acuerdan de cumpleaños, de las fiestas, me están mandando mensajitos o me ven en la calle y hablamos. Hay un cariño y una amistad ahí que perdura.Estuve muchos años sola trabajando en el hospital, en el 2015 viene Fernando, se incorpora al grupo, yo dejo un poco de hacer la parte de oncología, lo ayudo, pero no me meto de lleno y paso a hacer toda la parte benigna, un poco para paliar el cansancio ya que traía, lo que no quiere decir que me involucre.Los pacientes que tuvimos antes de esa época son todos adultos, son pacientes de 20 para arriba, muchos que hacen sus parejas, muchos con hijos.

Ya les dije que el año que viene quiero una foto el Día del Cáncer Infantil no con ellos, sino con mis nietos postizos, porque hay un montón de chicos ya dando vueltas, muchísimos chicos.El año pasado hubo varias fotos de bebés, porque me las pasaban. Eso te emociona, te pone contenta, hubo uno que nació justo el Día del Cáncer Infantil, así que fue muy fuerte.Una de las chicas me invitó a la tesis final de su carrera, se recibió de bioquímica.

Esas cosas te llenan de alegría.Hay un montón de historias de vida y que tienen que ver con esto de que el cáncer infantil se cura, que hay que pelearla, hay que tratar de hacer un diagnóstico precoz y de seguir en tiempo y forma los tratamientos.Uno siempre respeta el dolor de la familia que pierde un hijo, pero ¿cómo lidia el médico con eso?Creo que esta especialidad la hacen personas que pueden estar acá, no es fácil porque por ahí la gente nos ve y piensa que uno es medio frío, aunque los pacientes saben que no somos así.Perder a alguien duele, duele como cualquier otro. Una vez una de mis primas me expresó: ‘Ah, pero vos ya estás acostumbrada a la muerte’.

Y no es así, le expliqué que no tenía nada que ver porque la muerte choca a todos y te enfrenta a misterios, porque es un misterio, el dolor de la familia nos duele.Detrás de ese que falleció siempre aparece uno que te dice, ‘Hola, doctora, se acuerda de mí’, y eso es lo que te empuja a decir, ‘Bueno, acá tengo que seguir’. No sé si es casualidad, o como dice otra amiga mía, la casualidad es la mano de Dios, cuando no quiere dar la cara te manda a uno de esos chicos esos días.Algo pasa siempre que decís: ‘Es acá por donde tenemos que seguir, porque hay un montón de otros chicos que nos necesitan’.¿Cuántos años ya de profesión?Uh, me recibí en el 91, ya perdí la cuenta.

Ya podría jubilarme el año que viene, pero estoy viendo. Hay dos o tres proyectos que quisiera hacer antes de jubilarme.¿Cuál es la huella que le gustaría dejar en los pacientes, en los médicos más jóvenes?Hay dos cosas que creo que son fundamentales y que por ahí uno va perdiendo con todo esto de la tecnología.

El contacto humano y el ponerse en los pies del otro. Hay gente a la que le cuesta muchísimo ponerse en los zapatos del otro.

Una vez un colega me contó que se enojó tanto con una persona que no lo trajo a la guardia al niño y esa persona había venido caminando después de no sé cuántos kilómetros para poder llegar a la guardia. Hay que saber que hay una persona con otros problemas, que no son los nuestros y que no podemos ni siquiera imaginarlos.A veces nos ponemos en una actitud de decir ‘tiene que hacer esto, no esto, no aquello en su casa’.

Y por ahí uno no tiene ni dimensión de dónde vive.Esas cosas creo que no hay que perder. Más allá de lo que uno pueda lograr desde el conocimiento o a dónde pueda llegar y ser el que escribe artículos de una revista, no quitan la parte humana.

Al paciente no le importa si escribiste 100 artículos, a la persona que sufre le importa que estés ahí, que le des una mano. A veces no hay ni que decir nada, ni hablar de la enfermedad, a veces con venir y decirle ‘Ey, ¿qué hiciste?

¿Estás jugando?’, ya cambia el día para esa persona.Creo que voy a dejar un legado, porque si Dios quiere, viene una doctora que va a hacer la parte clínica, que es muy graciosa verla disfrazada, andando por los pasillos, es el médico que me gusta.Esperar que esto sea cada vez mejor, que el servicio sea mejor. Cuando yo vine no había nada y hoy por hoy creo que es uno de los mejores servicios, por lo menos del NEA, y está bien visto en el país.Creo que da para seguir creciendo, si tenemos más personas, más médicos que hagan la especialidad, porque sino no podés seguir creciendo, podés tener un montón de tratamientos o cosas pero no daríamos abasto.La formación de la Casita Creación, lo cuento porque si bien surge de mí, las chicas tomaron vuelo solas y han hecho una estructura paralela al hospital donde la parte social del paciente es lo más importante.Antes cuando no estaban uno se tenía que hacer cargo del que no tenía ropa, del que no tenía para el pasaje, del que no tenía para comer, se perdían horas haciendo cosas que no eran médicas.En esa época teníamos dos asistentes sociales para todo el hospital, no se daba abasto y la verdad que tenerlas a ellas fue magnífico, fue un cambio de vida en el hospital.