Lo que no podemos perder

Leer un cuento a un niño. Con esa imagen el Papa León XIV intenta describir en qué consiste lo humano, en uno de los muchos numerales que componen Magnifica Humanitas, su primera encíclica.
El documento ha sido ampliamente comentado y valorado por el modo en que presenta los desafíos a los cuales nos enfrenta nuestra actual era de desarrollo tecnológico, evidenciando el incómodo silencio de los líderes políticos en la materia y dejando a la Iglesia a la vanguardia de un esfuerzo comprensivo que le tome el peso a lo que enfrentamos. No obstante, pocos se han detenido en la escena referida.
Y es comprensible: no se habla allí de inteligencia artificial (IA), de sus amenazas, de sus dueños o de la falta de instancias que la controlen, que han sido los temas más debatidos después de su publicación. Pero como señala el propio pontífice, no es su objetivo ofrecer un tratado sobre la IA.
Su intención es otra: desentrañar los elementos constitutivos de nuestro tiempo para entregar criterios de discernimiento que ayuden a caminar en épocas de incertidumbre, para no olvidar quiénes somos y hacia dónde vamos.Es en ese sentido que importa esta sencilla escena: en que su cultivo, su realización efectiva –la de leer a un niño, pero también “acompañar a una persona anciana o hacer acogedor un espacio”– nos mantendrá a resguardo, porque nos permite experimentar (y comunicar) aquello que nos hace insustituibles. Porque la magnifica humanidad que busca afirmar el Papa no se revela en una inteligencia más completa que la que ofrece la tecnología –aunque intente formular también ese argumento–, sino en el horizonte en que esa facultad –junto a muchas otras– tienen lugar.
Ese horizonte es el de los vínculos; el de esa sociabilidad originaria que es condición de nuestra existencia porque somos por y con otros. Eso es lo que nos hace humanos.
Cuesta encontrar una imagen más reveladora de ese dato constitutivo que la de leer un cuento a un niño. Porque no hay nada que permita reemplazar lo que ocurre en esa experiencia: la quietud, la escucha atenta, el diálogo intergeneracional, el afecto, la transmisión de un saber y de una lengua (con todo su universo), el traspaso de una herencia, el gozo, el estar ahí juntos en algo que no produce nada inmediato para el mundo y que no obstante lo sostiene.
Es esa experiencia fundante la que define lo que somos –sin la cual nada más nuestro puede llegar a ser– y la que, en palabras del Papa, forma parte de aquello que “no podemos perder”. Y es aquí donde aparece la dimensión quizás más dramática de la encíclica, pues son justamente escenas como esas las que muestran, al mismo tiempo, lo que la IA nunca será, pero que está no obstante arrinconando progresivamente.
Nunca habíamos estado tan solos; nunca había sido tan difícil leer; nunca hubo tantos ancianos, y menos tantos sin nadie que los pudiera cuidar. Esto no es culpa de la IA, por cierto.
Se trata de fenómenos de más largo aliento, pero que ella parece explicitar y también radicalizar. En ese sentido, que la IA tenga hoy no solo una presencia tan extendida y por momentos incontenible, sino también la forma de un aparente vínculo –incluso de una conversación– amenaza con dificultar cada vez más la ocurrencia cotidiana de esas escenas insustituibles donde experimentamos qué es aquello que somos y que nada más será.La encíclica del Papa León es así un llamado a la resistencia, a desarmar la IA, pero también –como prueba la referencia a Nehemías– a reconstruir: a recomponer los lazos que hacen hogar, que aseguran tener algo que recibir y algo para entregar como herencia.
Vínculos sin los cuales no hay cómo verificar la autenticidad del mundo y de nuestra propia identidad. Justamente aquello que la IA nunca podrá reemplazar.Por Josefina Araos, investigadora IES
Información de La Tercera (Chile). Edición y redacción: Noticias Today.
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