El rock argentino vive uno de sus lutos más significativos. Carlos “el Indio” Solari, el legendario líder y cantante de Los Redonditos de Ricota y uno de los mayores íconos artísticos de ese país, falleció este viernes 5 de junio a los 77 años, luego de padecer la enfermedad de Parkinson y retirarse de los escenarios en 2017.

Eso sí, medios como Clarín revelaron que su deceso se debió a un ACV hemorrágico. Con su partida se va una figura tan enigmática como masiva, tan hermética como frontal, capaz de establecer una narrativa propia a través de un existencialismo de estadio y una filosofía barrial que identificó a miles de argentinos.

Desde los 80, los shows junto a su banda eran verdaderas liturgias, misas gigantescas que movilizaban un credo llamado ricotero, levantadas a espaldas de los medios corporativos, sin entrevistas ni grandes anzuelos promocionales, sólo activando un boca a boca que prometía que cada encuentro era electricidad pura e irrepetible. Tales citas empezaron a ser tan multitudinarias -se les bautizó como “el mayor pogo del mundo”- que terminaron por desbordarse entre fanáticos que intentaban ingresar sin boletos y, en algunos momentos, casos de violencia que pusieron en alerta a la sociedad trasandina y que obligaron al grupo a tocar en los rincones más recónditos del país.Aunque para la cultura argentina Solari comparte olimpo con Charly García, Luis Alberto Spinetta o Gustavo Cerati -el artista Iván Noble ayer comparó su muerte con la de Carlos Gardel-, su irrupción y ascenso puede leerse como el reverso de esos astros más mediáticos y adeptos al costado más comercial de la popularidad.No lo soñéNacidos en 1975 en la ciudad de La Plata, uno de los mayores semilleros del rock de Argentina, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota partió como una agrupación de público abreviado y que en un principio sólo impresionó a jóvenes con hambre de modernidad, universitarios de espíritu intelectual y figuras como Luca Prodan o Enrique Symms.Pero todo cambió a partir de 1984 con la salida de Gulp!, su primer disco.

En una escena bonaerense con cierta inclinación elitista o “cheta” según el léxico porteño –Charly grabando en Nueva York, Virus hechizado con el pop electrónico y ambiguo cogido de la new wave, Los Twist abrazando la frivolidad, Soda Stereo replicando patrones más cosmopolitas-, los Redondos empezaron a hablarle a la gran masa que se sentía segregada del establishment musical. Pero aún más: empezaron a comportarse como el público marginal, o a actuar según lo que ellos esperaban de un conjunto rockero.Por ejemplo, escogían la fecha y lugar de un show, y luego dejaban que sólo llegaran aquellos que realmente se sentían tocados por su propuesta, sin grandes operativos publicitarios.

Sus recitales se convertían en un fondo común donde todo el dinero se destinaba a la grabación y distribución de sus álbumes. Cuando los discos estaban en la calle, no había maniobras de mercadotecnia, campañas en los medios, abrazos con las grandes marcas, videoclips o entrevistas para explicar por qué una canción decía esto o lo otro: el plan era que cada cual interpretara las creaciones como le diera la gana, sobre todo tratándose de letras laberínticas, oscuras, insondables, como en Ji ji ji, su mayor himno (“este film da una imagen exquisita/ Esos chicos son como bombas pequeñitas/ El peor camino a la cueva del perico/ Para tipos que no duermen por la noche”).Una red contracultural que hizo cómplices a los músicos y su fanaticada, y que derivó precisamente en imágenes y frases extraídas de sus composiciones y tatuadas como consignas de vida, versículos hasta hoy reproducidos en millones de poleras, cintillos, gorros, carteles, grafitis y cualquier superficie que aguante la ideología ricotera, como una filosofía pagana que explica una existencia completa: “violencia es mentir”; “lo mejor de nuestra piel es que no nos deja huir”; “verte feliz no es nada, es sólo rock and roll del país”; “fíjate de qué lado de la mecha te encontrás”; “el que se retira nunca gana”; “el infierno está encantador”.Para subrayar aún más su distancia con el mundo oficial, uno de sus primeros éxitos en 1985 fue La bestia pop, donde cantaban con ironía: “Voy a bailar el rock del rico Luna Park”.

Hasta hoy, son decenas los escritores, periodistas y académicos que han lanzado libros –La cuadratura de la redondez, Escuchá qué tema- intentando interpretar la trastienda oculta de esas líricas.Para reforzar aún más el ideario, su música no tenía más pretensión que un par de guitarras afiladas, algunos trazos de saxo y unas voces que siempre parecían urgentes y ahogadas. Asimismo, Solari, en batalla eterna con los medios de comunicación, sólo se comunicaba a través de cartas y, posteriormente, posteos en su blog o Facebook, por lo que su palabra parecía la de un mesías que de vez en cuando bajaba de la montaña y se sacudía del ostracismo para desplegar su sabiduría infinita.Todo ello creó un vocablo propio, como sucedió en gran parte de la carrera de Los Redondos, capaces de levantar su propio idioma: la “futbolización” del rock argentino.

Conciertos donde su fanaticada arreciaba en estadios a la usanza de los grandes partidos futboleros, con una parafernalia que iba desde lienzos hasta bengalas, y que fue replicada durante décadas por otros nombres como La Renga, Callejeros, Viejas locas, Jóvenes Pordioseros, Los Piojos, Gardelitos o La Beriso. Eso sí, remató de a peor manera a fines de 2004, cuando un incendio en la discoteca Cromañón durante un show de Callejeros dejó 194 muertos: fue la muestra definitiva de que todo lo derivado de la misa ricotera tenía en su misticismo y su locura su propia kryptonita.Ya en los 80, el propio Gustavo Cerati alertaba del peligro que significaba asignarle a Los Redondos una glorificación social y política, la que asimismo se contraponía al estilo televisivo de Soda Stereo; en los propios espectáculos de la banda de Solarí se clamaba por la muerte de Cerati y todo lo que lo rodeaba. “Soda versus Los Redondos o versus Sumo son el tipo de dicotomías que el argentino necesita para echarse a andar.

Con Sumo todavía, porque salimos del mismo lugar: nosotros en busca de la canción perfecta y ellos en busca de la canción más imperfecta posible. Pero con Los Redondos, no la entiendo.

Nunca entendí que, mientras yo tocaba en vivo, algunos cantaran contra el Indio. ¡Hasta cuándo me preguntan por Los Redondos!”, reclamaba Cerati en el amanecer de los 90.Entre conflictos internos y los desmadres riesgosos que estallaban en sus shows, el grupo decidió disolverse en 2001, para luego el propio “Indio” inaugurar un despegue solista que replicaría parte del modelo de su banda madre.

Una experiencia tan singular y atípica, de alguna forma tan argentina, que sólo había que vivirla para poder disfrutarla.Sin querer, Chile fue un ejemplo de esa tesis. En el verano de 1993, se intentó introducir al grupo a través de la canción Mi perro dinamita.

Pero la historia algo boba de un perro que “no mueve el rabo con docilidad/ ni da la patita/ ni hace el muertito” pasó apenas como una humorada por emisoras nacionales. Los Redonditos de Ricota no eran finalmente para cualquiera.