Caer de boca

Hay un momento impreciso en la vida en el que uno empieza a tener miedo de caerse. Se da cuenta de que ya no baja tan rápido las escaleras, pero no recuerda desde cuándo sigue con la mano la baranda, aunque todavía no se apoye en ella.
Caminar erguido sobre dos piernas es una facultad muy rara en el mundo animal. Los homínidos que precedieron en unos cuantos millones de años a nuestra especie tardaron mucho en dominarla.
Caminar erguido es algo que hace sin dificultad casi todo el mundo, pero basta ver el lento aprendizaje de un bebé para apreciar todo el trabajo que cuesta, y los peligros que el nuevo andarín tiene que superar, incluyendo el dominio de esa complicada invención humana que son las escaleras. En un texto célebre, Instrucciones para subir una escalera, Julio Cortázar logró expresar con humorismo la cantidad de movimientos mínimos y coordinaciones musculares y espaciales que necesitaría aprender quien, careciendo de cualquier información o adiestramiento previo, y basándose solo en la lectura de un manual, decidiera emprender un ascenso que para el bebé explorador tendrá algo de la dificultad y el misterio de escalar una pirámide precolombina.
El accidentado, el que sobrevive a un ataque, el que ha pasado unos meses en cama, descubre la casi imposibilidad de lo que en otra época le pareció obvio, y ahora cada simple paso es una conquista y una proeza. El niño atolondrado se cae y se hace sangre en la nariz y prorrumpe en un llanto trágico, pero su cuerpo es tan elástico como su mente, y un poco después de alarmar a los adultos ya está corriendo sin miedo alguno de nuevo.
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Información de El País. Edición y redacción: Noticias Today.
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