Lejos han quedado, por fortuna, los tiempos en que la idea de hibridez, al menos en los diversos campos del arte, poseía o padecía connotaciones estrictamente negativas. Así como la novela propone un universo de posibilidades cada vez más amplias, que a esta altura vuelven absurda la discusión respecto de lo que el género debería ser, lo híbrido en sí se manifiesta como una invitación no necesariamente a un trayecto sin mapa sino más bien a uno en el que este no pueda percibirse con docilidad, o definir a priori, o bien ser reducido en el pragmatismo a ultranza de las contratapas.El herborista alucinado, de Fernando Krapp (Adrogué, 1983), es el cuarto título de la colección No ficción del sello Marciana, y dicho encuadre no hace más que exigirle plasticidad a esa dimensión paralela –la ficción- que, recordemos lo que decía Piglia, no debería ser reclamada por la fría verificación.

Krapp –periodista cultural, narrador, documentalista- ha escrito un libro que es diversos libros a la vez: es la narración de un viaje, sin duda, o más bien varios, un libro sobre revelaciones o descubrimientos; es también el rastreo exhaustivo de las huellas de las sustancias psicoactivas en la Argentina, un recorrido marginal y aun así persistente; y asimismo es, entre otras cosas, la interrogación sobre el devenir de dichas sustancias en el imaginario popular y en sus usos prácticos, pasando de ser activadores de la consciencia y la sensibilidad, órganos de comunión con un claro componente socio-político, a su ubicuidad en el terreno de la ciencia, sí, pero también en el digerible y conservador del neochamanismo y las experiencias pautadas o asistidas.A propósito de interrogaciones, El herborista alucinado surge, al decir del propio autor, de una pregunta: si de verdad existía, aquí entre nosotros, un resurgir del interés por los psicodélicos. Pero las preguntas que el libro dispara son múltiples, y acaso la más trascendente desde esa primera persona que decide ponerle el cuerpo a su objeto de estudio es la que le despierta un anónimo cultivador de hongos, cuando le advierte que los psicodélicos no admiten grises, y que piden un cambio de vida.Krapp –el de la ficción o no– no cambió su vida, pero sí asumió el riesgo de la búsqueda, es decir el de hacerse ciertas preguntas en voz alta. “¿Cuál es tu propósito?”, le reclama el psiquiatra que lo prepara para su primera experiencia con psilobicina.

Se refiere en concreto a la ceremonia de la que participará en algunos días, y no obstante la respuesta se demora, o se transforma a cada rato, desde luego rebalsando sus inocentes límites. “Escribir era mi propósito”, se dice Krapp a sí mismo. Pero sabe que el viaje apenas ha comenzado.

El herborista alucinadoFernando KrappMarciana196 páginas$29.000