Flores en vida para nuestra música

La muerte de Totó la Momposina se siente como un golpe en toda América Latina. No solo se fue una cantadora descomunal.
Se fue una de las guardianas más firmes de nuestra dignidad sonora latinoamericana. Su voz y su presencia fueron únicas.
Su partida deja tristeza, pero también una pregunta incómoda: ¿por qué esperamos a que los grandes cierren los ojos para empezar a medir su inmensidad? El país que llora tarde Esa pregunta también nos toca en Ecuador.
Hace poco despedimos a Gustavo Velásquez, el ‘Amo de la Cumbia’, una voz que acompañó fiestas, madrugadas, reuniones familiares y pistas de baile. Luego de su muerte llegaron los mensajes, los videos, las canciones compartidas y la nostalgia.
Todo eso es justo. Todo eso es necesario.
Pero también revela una costumbre cultural que deberíamos mirar con más honestidad: muchas veces nos volvemos expertos en herencias cuando el testamento ya se abrió. Los homenajes póstumos tienen belleza, pero también tienen un defecto imposible de corregir: el homenajeado ya no puede escucharlos.
Los homenajes póstumos son necesarios, pero llegan tarde para quien ya no puede escucharlos Los vivos no son de piedra Al cruzar los 40 años, uno empieza a escuchar la música de otra manera. Ya no solo busca canciones para acompañar el presente, sino sonidos que expliquen de dónde viene.
Durante años amé el rock anglosajón y lo sigo amando. Pero vivir lejos, mirar hacia atrás y reconocer la fuerza de nuestras músicas populares cambia algo.
Uno entiende que la identidad no siempre está en el disco más sofisticado, sino en esa canción que sonó en una fiesta de pueblo, en un bus interprovincial, en una radio vieja o en una madrugada familiar. Por eso las flores en vida importan.
Decir gracias a tiempo también es una forma de cuidar la memoria. Ecuador todavía tiene gigantes Mientras el continente despide a Totó y Ecuador recuerda a Gustavo Velásquez, aquí todavía caminan artistas que sostienen parte de nuestro templo musical.
Son solo algunos nombres, entre tantos que merecen ser mencionados. Pensar en Polibio Mayorga es asomarse a una mente inquieta, capaz de llevar el sanjuanito, el albazo y los ritmos populares hacia territorios eléctricos, bailables y modernos.
Su obra no solo hizo bailar; también abrió caminos. Yo lo llamo el David Bowie cumbiero: un artista fuera de su época.
También el maestro Eduardo Zurita representa otra forma de permanencia: la elegancia del piano, la sensibilidad del pasillo, esa manera de tocar que parece decir que lo popular también puede ser profundo, delicado y eterno. Y ahí está Héctor Jaramillo, quien a su longeva edad sigue cantando.
El ‘Señor del Pañuelo’ es una figura inseparable de fiestas ecuatorianas, madrugadas musicales y generaciones que han bailado con sus canciones. Hay artistas que no solo interpretan un repertorio: se vuelven parte de la memoria afectiva de un país.
No hace falta esperar a que falten para reconocerlos. Escuchar también es agradecer Honrar a un artista no siempre requiere una estatua, una calle o un teatro con su nombre.
A veces empieza con algo más simple: escuchar su obra. Poner sus canciones en casa.
Compartirlas con los hijos. Llevarlas a una fiesta.
Programarlas en la radio. Invitarlos a escenarios importantes.
Comprar sus discos. Entrevistarlos.
Documentar sus historias. Decirles gracias mientras todavía pueden responder.
Consumir música nacional no debería sentirse como obligación patriótica. Nadie se enamora de una canción porque le ordenan valorar lo nuestro.
Uno se enamora cuando esa canción aparece en el momento justo y se queda. Pero para que eso ocurra, hay que abrirle espacio.
Totó ya descansa en su Mompox eterno. Gustavo Velásquez quizá dirige ahora una orquesta en algún lugar de la memoria.
Pero otros maestros siguen aquí, de este lado del dial, de este lado del escenario, de este lado de la vida. No cometamos otra vez el error de la tardanza.
Subamos el volumen. Escuchemos a nuestros artistas.
Contemos sus historias. Llevemos sus nombres a las nuevas generaciones.
Que los niños sepan quiénes fueron y quiénes son los músicos que hicieron bailar, llorar y reconocerse a este país. Porque los vivos no son de piedra.
Y las flores, cuando llegan a tiempo, suelen alegrar.
Información de El Comercio (Ecuador). Edición y redacción: Noticias Today.
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