Cuando Hollywood inventó el 'biopic', la década que dio forma al género

En los años treinta el cine vivió una serie de cambios profundos que lo consagraron como el principal entretenimiento de las masas. El sonoro se consolidó, el sistema de estudios alcanzó su máxima expansión y la Gran Depresión hacía que las salas rebosaran de espectadores.
Eran tiempos en los que convivían los gánsters de la Warner, los monstruos de la Universal, las comedias de Capra y los melodramas sociales sobre el paro y las cárceles. Mientras tronaban las metralletas en pantalla, inició a abrirse paso un nuevo género, la biografía filmada.Entre Disraeli (Alfred E.
Green, 1929) y Juárez (William Dieterle, 1939), Hollywood hizo algo que ningún cine había hecho antes. Convirtió la biografía filmada en un producto de estudio, con sus actores fijos y sus formas de rodar, la llenó de espectadores en todo el mundo y la elevó a categoría de cine serio, premiada en los Óscar y respetada por la crítica.
Todo sucedió en una década, en un puñado de estudios y muchas veces con los mismos guionistas, directores y estrellas.No obstante, la biografía heroica tenía sus raíces en la Antigüedad. Plutarco mostraba la Historia como una sucesión de hombres ejemplares en sus Vidas paralelas y la hagiografía medieval la reescribió con los santos de la Iglesia.
Pero hubo que esperar a 1841 para que el escocés Thomas Carlyle convirtiera la tradición en teoría con On Heroes, Hero-Worship, and the Heroic in History, basado en varias conferencias del propio autor donde defendía que la historia universal no es sino la biografía de los grandes hombres. Casi un siglo después, mientras Hollywood empezaba a rodar a Pasteur o a Disraeli, el escritor austriaco Stefan Zweig encabezaba en Europa una nueva fiebre biográfica con superventas como Fouché (1929) o Marie Antoinette (1932), libro este último que sirve de base para la María Antonieta que Norma Shearer protagonizó para la MGM en 1938.Pero el cine no partía de cero, aunque no se reconociera el género como tal.
Antes, Lubitsch ya había filmado en Alemania Madame DuBarry (1919) o Anna Bolena (1920), Dreyer llevó a cabo La pasión de Juana de Arco (1928) y DeMille había llevado a la pantalla a Jesús con El rey de reyes (1927). A esa lista habría que sumar algunas adaptaciones de figuras legendarias, como la Cleopatra de Theda Bara (J.
Gordon Edwards, 1917) o el prodigio técnico de Napoleón (Abel Gance, 1927).El estudio académico de referencia ha sido Bio/Pics, de George F. Custen (1992), donde critica al biopic clásico que se convirtió en un producto muy estándar y previsible.
Hollywood eliminó las contradicciones o lo incómodo de las historias y, a cambio, contó siempre el mismo guion, el personaje solitario que vence a pesar de las adversidades y contra todos, y el mundo mejorando a su paso.Paul MuniSi encontramos un personaje que retrate esta época es, sin duda, Paul Muni. Nacido Frederich Meshilem Meier Weisenfreund en Leópolis, Ucrania, en 1895, era hijo de actores judíos del teatro que emigró con su familia a Estados Unidos siendo niño.
La Warner lo convirtió en el rostro del prestigio biográfico justo después de su explosión en el cine de género con Scarface, el terror del hampa (Howard Hawks, 1932) y Soy un fugitivo (Mervyn LeRoy, 1932). De ahí en adelante encarnaría a Pasteur, a Zola y a Juárez con un método personal donde se transformaba gracias a horas de maquillaje, el estudio obsesivo de la voz y los gestos del personaje que interpretaba.
De esta forma lograba fijar sobre la pantalla la idea de que interpretar a un gran hombre exigía desaparecer dentro de él. Ganó el Óscar al mejor actor por La tragedia de Louis Pasteur (William Dieterle, 1936) y, con esa estatuilla, certificó el prestigio del género entero.Pero el biopic de los treinta no fue obra de un solo nombre sino de un puñado de equipos que coincidieron en muy pocos años.
En la Warner trabajaban los alemanes Henry Blanke y William Dieterle, ambos formados en el cine de Weimar, que firmaron con Paul Muni la trilogía Pasteur-Zola-Juárez. Antes de Muni, George Arliss ya había abierto el camino para el estudio interpretando a Disraeli, a Voltaire en Voltaire (John G.
Adolfi, 1933) y al barón Rothschild en La casa de Rothschild (Alfred L. Werker, 1934).
En la MGM mandaban las reinas. A la María Antonieta de Shearer se sumaba La reina Cristina de Suecia (Rouben Mamoulian, 1933), protagonizada por Greta Garbo.
Desde Londres, el productor Alexander Korda apuntalaba el género con La vida privada de Enrique VIII (Alexander Korda, 1933), que dio a Charles Laughton el primer Óscar para un actor británico. La década se cerraba con Bette Davis en el papel de Isabel I en La vida privada de Elisabeth y Essex (Michael Curtiz, 1939).Por eso, casi un siglo después, seguimos viendo en pantalla, con mejores maquillajes y efectos técnicos, lo mismo que Paul Muni hacía en 1936 frente al microscopio de Pasteur.
La fórmula tiene noventa años, pero no ha pasado de moda. Las superproducciones sobre Oppenheimer, Elvis, Marilyn Monroe, Napoleón o Michael Jackson confirman que el biopic atraviesa una segunda edad de oro, posible solo porque la primera, la de los años treinta, la de los años treinta, ya había hecho gran parte del trabajo.
Información de 20 Minutos. Edición y redacción: Noticias Today.
Ver publicación original ↗
💬 Comentarios (0)
Iniciá sesión o creá tu cuenta para comentar.