La primera vez que vi Esquilache fue cuando se estrenó, en 1989. Quedé deslumbrado, pero eso no era raro para mí en aquel tiempo en que la capital de España era como la olla donde se cocía la poción mágica de los galos: cada día pasaban cosas extraordinarias.Entonces era aún insólito que una mujer –Josefina Molina– co-escribiese y dirigiese una película de semejantes dimensiones; una película que se rodó en el Palacio de Oriente, algo que no había sucedido en más de treinta años.

Lo que me fascinó no fue la historia que Josefina contaba; ni siquiera el reparto, que es uno de los más deslumbrantes de la historia del cine español junto con La colmena, de Mario Camus. Lo que me dejó boquiabierto, y así me sigue dejando hoy, fue contemplar cómo lo contaba.Era dificilísimo poner en imágenes la obra Un soñador para un pueblo, aquel drama con pretensiones experimentales en el que Buero Vallejo trató de reivindicar la figura de Leopoldo di Gregorio, marqués de Esquilache, ministro favorito de Carlos III.

Había que ser muy bueno para que aquello se entendiese hacia delante sin dejar lagunas detrás. Y Josefina lo era.

La primera mujer en obtener en España el título de directora de cine manejó a un elenco repleto de gigantes de la interpretación, que la obedecían como si fuesen alumnos. Fernán-Gómez.

López Vázquez. Closas.

Marsillach. Qué bárbaro.Y aquella feminista, que lo era en un tiempo en que mucha gente aún no sabía bien qué quería decir esa palabra, metió en danza a dos mujeres poderosísimas: Fernanda, la inocencia, el amor imposible (Ángela Molina), y Pastora, la marquesa, una arpía como la copa de un pino, corrupta y mediocre (Concha Velasco).

Entre ellas, una Amparo Rivelles (Isabel de Farnesio, ya vieja) que casi se come ella sola toda la película.Vi todo lo que pude, todo lo que encontré, creado por Josefina Molina. Casi me arruino pagando entradas para ver en el teatro una, dos, diez, quince veces, Cinco horas con Mario, con Lola Herrera.

Me dejó sin aliento la Teresa de Jesús de Concha Velasco. Me hizo daño Función de noche porque eso, daño, es lo que hace la descarnadura de los amores que se pudren.

Pero lo vi y lo busqué todo porque aquella mujer menudita, andaluza y tímida tenía una manera de contar que yo no he vuelto a ver en mi vida. En nadie.Ahora se ha muerto, quiero creer que satisfecha por haber abierto el camino por el que transitan hoy tantas, tantísimas directoras.

Algunas, dos o tres, se acercan, pero ninguna de ellas alcanza el talento prodigioso de Josefina Molina. He vuelto a ver, por enésima vez, Esquilache.

Y he vuelto a estremecerme como cuando la descubrí, hace 37 años. No envejece.Sé que es inevitable, pero qué dolor causa que se muera la gente que nos hizo como somos.