El sábado 3 de julio de 1976, se cumplen cincuenta años, Adolfo Suárez retorna a su casa como presidente del Gobierno. Con el espaldarazo del Rey Juan Carlos I y el guion «de la ley a la ley» de Torcuato Fernández Miranda prepara el discurso que emitirá TVE el 6 de julio.

Anota los nombres de su gobierno. Recuerdo la portada de los diarios en blanco y negro, la foto del presidente con camisa azul. «¡Qué error, qué inmenso error!» clama Ricardo de la Cierva en El País.

Todos recelaban del elegido, aunque Alfonso Guerra reconoció que los cuarenta y tres años del presidente y su experiencia en el Movimiento le ayudarían a conectar con la juventud y ser un «buen arquitecto» del desguace del Régimen. Lo cuenta Juan Francisco Fuentes en 'Adolfo Suárez.

La opción más difícil' (Taurus). Proveniente de una familia con rojos y azules, Suárez revitalizó los conceptos de concordia, reconciliación y consenso político.

Prometió y cumplió lo prometido: el 18 de noviembre de 1976, solo cuatro meses después de su nombramiento, las Cortes aprobaron la Ley de Reforma Política, kilómetro cero de la democracia. Más hombre de Estado que de partido, de Suárez se reconoció «incluso por muchos de sus adversarios, su valentía, su dignidad y su audacia», subraya Fuentes.Noticia relacionada opinion No No SPECTATOR IN BARCINO Sánchez y Pujol, los mejores (según Illa) Sergi DoriaSuárez bromeaba con su antagonista y luego amigo Felipe González.

Expresó que lo mejor era montar un partido con él. Superar el guerracivilismo, el objetivo compartido por los tres primeros presidentes de la democracia: Suárez, González, Aznar.

Saber irse aun siendo todavía jóvenes. «Dejar las cosas antes que los dejen», el Gracián del 'Oráculo' en el frontispicio. Y en eso llegó José Luis Rodríguez Zapatero, luego de atentado de Atocha, cuando el PSOE y la extrema izquierda asediaron la sede del PP en la noche electoral.

El consenso, reconciliación y concordia se releyeron como complicidad con el franquismo y amnesia de la guerra civil. La ley de «memoria histórica» cursó en revanchismo.

El nombre de Franco pasó a ser el comodín en cualquier debate para ningunear al adversario de derecha. Y cuando Zapatero declinaba por una crisis económica que no llegó a entender hasta que España se puso al borde del rescate, asomó a su izquierda el 15-M para renombrar la obra de Suárez y González como «Régimen del 78».

De esa sentina con el rencor de modus operandi surgió Pedro Sánchez, la criatura de Zapatero capaz de superar en abyección a su mentor. Este PSOE tiene más que ver con el de Largo Caballero que con el de González.

A la secta de Sánchez le sobra el poder judicial y el legislativo. Tampoco le apetece convocar elecciones porque el populismo no entiende de alternancia.

Su antifascismo es un alibi para no aceptar la victoria de la oposición. Sucedió en octubre de 1934 cuando el PSOE se echó al monte de la Revolución asturiana y la secesión catalana contra el gobierno de la República.

La secta extractiva sanchista cultiva la amoralidad para su supervivencia. Como escribió Arthur Koestler en su novela antiestalinista 'El cero y el infinito': «el Número Uno tiene fe en sí mismo, es tenaz, calmoso e inquebrantable».

Sánchez riéndose del Congreso luego de perder la mayoría. Sánchez y Begoña: Perón y Evita.

El culto a la personalidad maquilla la corrupción: la «dignidad» de Europa, dice Patxi. Volviendo a la biografía de Suárez, Fuentes destaca su clarividencia: «Aseveró que a veces al rey Juan Carlos había que protegerlo de sí mismo o que el futuro del mundo podía decidirse en el Estrecho de Ormuz».

Sánchez es el estrecho de Ormuz, cuello de botella de la democracia.