¿Sabías que Pedro Infante tuvo tres accidentes de avión antes del trágico vuelo final que le arrancó la vida? El ídolo mexicano albergó una pasió por la aviación que; para Pedro, estar en el aire no era un pasatiempo: era una extensión vital de su personalidad temeraria.

Con su sonrisa, su bigote impecable y una voz capaz de transitar del llanto desgarrador de un mariachi a la picardía, el llamado "Ídolo de Guamúchil" no solo conquistó las taquillas cinematográficas de la Época de Oro, sino que se incrustó directamente en el corazón de un pueblo que lo veía como el amigo, el hermano o el amante ideal. Infante encarnaba al charro indomable, al carpintero noble y al motociclista acrobático; una versatilidad que proyectaba la imagen de un hombre común bendecido por la gracia divina de la inmortalidad artística.

No obstante, detrás de las luces de los sets de filmación y los tumultos de admiradores, Pedro Infante encontraba en la cabina de pilotaje de un avión un espacio de libertad y adrenalina. Acumuló miles de horas de vuelo, obtuvo su licencia oficial de piloto civil y llegó a ser socio e inversionista de la empresa Transportes Aéreos de México S.A. (TAMSA).

Lamentablemente, esa misma pasión se convirtió en su trágica cruz en tres ocasiones; dos de ellas se saldaron con milagrosos rescates, cirugías reconstructivas y cicatrices que se integraron a su fisonomía en la gran pantalla, mientras que la tercera terminó por arrebatarle la vida en una fatídica mañana. Para un hombre que no podía caminar por la vía pública sin desatar el caos absoluto debido al fervor de sus fanáticos, la cabina de un avión representaba el único rincón de Pedro Infante donde nadie le pedía un autógrafo, una canción o una fotografía.

En las alturas, las jerarquías de la industria del cine se desvanecían por completo; el éxito no dependía de la aprobación de un director o del aplauso del público, sino de la pericia técnica, el respeto a los instrumentos de navegación y la lectura correcta de los caprichos del viento. Biógrafos y amigos cercanos de la estrella coinciden en que Pedro Infante abordaba la aviación con una seriedad que sorprendía a muchos.

A pesar de su imagen pública de hombre dicharachero e impulsivo, estudiaba los manuales de navegación con disciplina, invertía grandes sumas de dinero en adquirir aeronaves modernas y disfrutaba conversar durante horas con mecánicos y pilotos experimentados. Se sentía un aviador de profesión que, por azares del destino, también cantaba y actuaba para vivir.

Irónicamente, el entorno cercano de Pedro Infante presentía que el cielo no sería benévolo con él a largo plazo. En una época donde la aviación civil aún carecía de los sofisticados sistemas de radar, navegación satelital y control automatizado que conocemos hoy en día, pilotar aviones pequeños a través de la accidentada geografía mexicana era una actividad de alto riesgo.

Múltiples figuras del espectáculo, incluyendo a su compañera de reparto Blanca Estela Pavón, le habían suplicado en reiteradas ocasiones que abandonara la aviación y se limitara a viajar como pasajero en aerolíneas comerciales. El primer encuentro directo de Pedro Infante con la fragilidad de la aviación sucedió en 1947, en las inmediaciones del municipio de Guasave, Sinaloa.

Para ese momento, la carrera del actor ya se encontraba en un ascenso meteórico, pero su experiencia al mando de aeronaves todavía estaba en proceso de consolidación. Pedro se encontraba pilotando una avioneta pequeña cuando, debido a una combinación de fallas mecánicas menores en el sistema de alimentación de combustible y una mala lectura de las condiciones del terreno de aterrizaje, la aeronave perdió sustentación de forma abrupta.

Sin la altitud necesaria para planear hacia una pista formal, el artista se vio obligado a realizar un aterrizaje de emergencia en un terreno agrícola mal nivelado. El golpe contra el suelo fue seco y violento, pero la estructura de la cabina resistió lo suficiente para evitar que Pedro sufriera heridas que pusieran en peligro su vida.

Apenas dos años después de su percance en Sinaloa, el destino volvió a poner a prueba la resistencia física del actor en un evento mucho más grave en 1949. Infante despegó desde Acapulco, Guerrero, con destino a la Ciudad de México, llevando como acompañante a su pareja de ese entonces, la bailarina Lupita Torrentera.

El vuelo parecía transcurrir con total normalidad hasta que la aeronave ingresó a la zona montañosa del estado de Michoacán. En este punto, el avión inició a perder potencia en el motor, complicando las maniobras de navegación en un área caracterizada por picos elevados y densas corrientes de aire.

Al quedarse prácticamente sin motor y con la visibilidad reducida por la nubosidad, Pedro tomó la decisión desesperada de intentar un aterrizaje forzoso en una zona boscosa cercana al municipio de Zitácuaro. El avión colisionó violentamente contra las copas de los árboles antes de estrellarse contra el suelo.

La parte frontal de la aeronave quedó completamente destrozada y los ocupantes quedaron atrapados entre los fierros retorcidos en una zona de difícil acceso para los cuerpos de rescate de la época. Lupita Torrentera sufrió heridas considerables, pero la peor parte del golpe la recibió directamente Pedro Infante.

Debido a la inercia del impacto, la cabeza del actor se estrelló de lleno contra el tablero de instrumentos de la cabina, provocándole una herida de gravedad en el cráneo: una fractura expuesta en la región frontal. La supervivencia de Pedro Infante a este segundo accidente fue calificada por la prensa de la época como un milagro médico auténtico.

Para salvarle la vida y reconstruir la estructura ósea de su frente, un equipo de cirujanos tuvo que someterlo a una intervención quirúrgica en la que se le colocó una placa de platino intracraneal. El 15 de abril de 1957, Pedro Infante se encontraba en la ciudad de Mérida, Yucatán; urgido por regresar de forma inmediata a la Ciudad de México, el actor decidió que no podía esperar un vuelo comercial de línea regular.

En su lugar, optó por abordar una aeronave de carga pesada de la empresa TAMSA, de la cual era socio. El avión en cuestión era un Consolidated B-24 Liberator, un gigantesco cuatrimotor de diseño militar modificado para el transporte civil de mercancías.

Pedro Infante ocupaba el asiento del copiloto, acompañando al piloto principal Víctor Manuel Vidal y al mecánico de vuelo Marciano Bautista. Prácticamente desde los primeros segundos en el aire, la tripulación se percató de que algo andaba terriblemente mal.

El avión no lograba ganar la altitud de seguridad necesaria debido a una pérdida súbita de potencia en dos de sus motores principales. A pesar de los esfuerzos desesperados de Vidal y de Infante por virar la aeronave y regresar a la pista de aterrizaje, el avión se volvió ingobernable a escasos metros del suelo.

Con el tren de aterrizaje aún desplegado y las alarmas de la cabina resonando, el B-24 Liberator inició un descenso en picada incontrolable, estrellándose de manera brutal a las 07:54 AM en el cruce de las calles 54 y 87, en pleno centro de un barrio residencial de Mérida. La fuerza del choque cargado de combustible provocó una explosión masiva; el fuego consumió instantáneamente los restos de la aeronave y afectó a varias casas vecinas.

El accidente cobró la vida de forma inmediata de los tres tripulantes del avión, incluido Pedro Infante, cuyo cuerpo tuvo que ser identificado posteriormente por los médicos forenses gracias a la placa de platino que llevaba en el cráneo desde el accidente de Zitácuaro y a una esclava de oro que utilizaba en la muñeca. Asimismo de los aviadores, el siniestro provocó la muerte de una joven en tierra, identificada como Ruth Rossel Chan, quien se encontraba realizando labores domésticas en su hogar al momento en que el avión se desplomó sobre el techo de su vivienda.

Ese día cumplió lo que le había dicho al productor Ismael Rodríguez luego de la muerte de Blanca Estela Pavón (igualmente por un avionazo): Sé que yo también voy a morir en un accidente de aviación. Los accidentes de avión de Pedro Infante marcan una vida de audacia, romance con la aviación y un hombre que se negó a quedarse atrapado en la comodidad de la tierra firme.