“Fue una vida durísima”: la biografía de Blanca Varela que profundiza en su lado amoroso, político, familiar y su peruanidadLos árboles más antiguos de Lima: conoce a nuestros ‘vecinos’ centenarios que embellecen y dan sombra en la ciudadChef español Joan Roca: “Hasta el taxista que me llevó del aeropuerto me habló de lo bien que se come en el Perú”El sonido del viento lo ocupa todo. El humo de las velas otorga una atmósfera fantasmal al espacio, casi huele a sahumerio.

De pronto, estamos en una antigua iglesia, fría, probablemente colonial. Parecería abandonada si no fuera por los tres personajes que aparecen en escena.

Son solo ellos, los que quedan de un pueblo de los Andes que está a punto de desaparecer. Así comienza la obra de teatro “Santiago”, una creación colectiva de Yuyachkani con Peter Elmore.MIRA: Manuel Limay, el fotógrafo cajamarquino que encontró en las papas la superficie para mostrar los rostros de su entornoLa obra se estrenó en octubre del año 2000 y vuelve al Gran Teatro Nacional.

Por la complejidad de su montaje no ha sido posible reponerla muchas veces. Por eso, este 6 y 7 de julio es una oportunidad que no se puede dejar pasar.

A pesar de los años, la obra se mantiene tal cual fue concebida: “Me sorprende la vigencia que tiene esta obra, que mantiene su texto y estructura. Todos los componentes están presentes”, refiere Miguel Rubio, director de “Santiago”, antes del ensayo en la Casa Yuyachkani de Magdalena, su hogar desde hace más de tres décadas.

Mañana domingo todo quedará instalado para las funciones. “Lo primero que hicimos fue mandar a hacer el caballo”, recuerda Rubio sobre la vez que decidieron llevar esta historia a escena. “La idea inicial surgió cuando asistimos a la fiesta del Corpus Christi en Cusco a mediados de los 90. Quedó latiendo en nosotros la imagen de esta procesión, de estos santos que llegan a la catedral corriendo.

Me impresionó muchísimo ver a Santiago Apóstol cabalgando sobre un caballo blanco y la imagen del moro que está debajo, resistiendo”. Santiago Apóstol es el santo de la conquista.

Fue uno de los doce apóstoles y se cree que sus restos descansan en la Catedral de Compostela (Galicia, España). En América, la figura se convirtió en Santiago Mataindios.

Nos cuenta Miguel Rubio que les resultó perturbador ver a los campesinos cargando esta imagen del santo con la espada en alto y con el caballo levantado a punto de aplastar a un hombre. En ese instante religioso, detenido en la figura del santo de cabellos largos y sombrero, y el moro tendido en el suelo, con todo su simbolismo y sincretismo, es que nace la historia de creación colectiva, junto al escritor Peter Elmore, que da origen a esta pieza teatral. “Santiago” escenifica la angustia de una mujer que ha perdido a sus hijos durante la época del terrorismo en un pueblo de los Andes donde todos sus habitantes se esfumaron.

Ella busca volver a sacar en procesión al patrón Santiago después de 15 años de haber estado guardado, pues piensa que de esta manera el apóstol le cumplirá el milagro de regresarle a sus dos hijos, pero se han perdido muchos elementos de la procesión. En el pueblo solo quedan tres habitantes: el guardián del templo, que no tiene ningún interés en que salga la procesión; el mayordomo de la fiesta de Santiago; y Bernardina, la mujer desesperada.

Poco a poco van apareciendo las cosas: la ropa que viste el apóstol, las llaves de donde se guarda su efigie, pero el moro ha desaparecido sin dejar un rastro. Para lograr capturar la ritualidad de esta fiesta andina, el director detalla que tuvieron que viajar varias veces para reconocer la vestimenta, la iconografía y el fervor: “Hemos ido muchas veces a estudiar la fiesta.

También tuvimos el apoyo de los miembros de la Cofradía del Patrón Santiago. Mandamos a hacer los vestuarios en el mismo sitio donde se confeccionan los bordados.

Todo está elaborado con respeto, con permiso, con fe también. Asistimos a la iglesia y a la procesión; hemos estado con ellos y les contamos el proyecto.

Trabajamos con ellos”, señala Rubio. Trasladar el mundo andino a un escenario ha sido una tarea compleja; no obstante, una obra realizada en un 80% en quechua es una manera eficaz de trasladarnos a los Andes del país sin movernos de la butaca.

Asimismo, los dos actores —el cusqueño Augusto Casafranca y el ayacuchano Junior Béjar— son quechuahablantes.Para Casafranca, “Santiago” —una historia que se concibe con el apóstol inmortalizado por los pintores indios de la escuela cusqueña, siendo Santo Patrón de muchos pueblos indígenas, con elementos religiosos que escenifican un conflicto entre culturas y creencias— es una puesta en escena que nos permite reflexionar sobre nuestros propios conflictos como país, ahora más que nunca, en medio de disputas no resueltas: “Tenemos que seguir hablando de lo que son estos elementos identitarios para reflexionar y polemizar sobre ellos. No para dar las cosas como cuestiones fijas, sino para seguir revisando los elementos de nuestro legado ancestral y de los elementos que se fueron incorporando desde la conquista”, sostiene el actor.

Una pieza como “Santiago” nos lleva a la reflexión sobre las oscuras intenciones humanas, y evidencia los (des)encuentros culturales y los misterios de un pueblo andino que puede estar en cualquier parte donde se ubique una iglesia, donde el humo de las velas sea parte de la atmósfera y donde se escuche el viento soplando todo el tiempo. //