En enero de 2026, el optimismo económico en el país alcanzó un pico histórico del 61%, según los datos de medición de ICA consultoría estratégica. Sobraban los motivos para celebrar: veníamos de cerrar un 2025 con un vigoroso crecimiento económico del 6,6%.

A esto se sumaban vientos a favor extraordinarios: proyecciones agropecuarias altamente favorables, un aumento sostenido en las recaudaciones tributarias, el crecimiento de la inversión extranjera impulsada por el histórico logro del grado de inversión, y factores estacionales que tradicionalmente dinamizan el comercio a fin de año. Toda esta suma de hitos generó una narrativa de prosperidad inminente.

Este fenómeno ilustra a la perfección el llamado Efecto Tocqueville (o paradoja del progreso), una observación sociológica que explica cómo las expectativas sociales y la frustración no suelen dispararse cuando las condiciones son pésimas, sino precisamente cuando empiezan a mejorar. Al experimentar un salto macroeconómico real, las aspiraciones de la ciudadanía subieron a una velocidad muy superior a la velocidad de la realidad material, inflando la burbuja de las expectativas hasta su punto máximo.

Llegamos a junio de 2026 y la caída en la expectativa económica ha sido fuerte y abrupta. La burbuja explotó al chocar contra un contexto internacional adverso que disparó estrepitosamente los precios de los combustibles y generó presiones inflacionarias.

Un aumento en el costo de vida borró de golpe meses de optimismo. Aquí es donde entramos en una fascinante paradoja.

Si revisamos el Indicador Mensual de Actividad Económica (Imaep), vemos números verdes y aumentos en casi todos los rubros monitoreados. Asimismo, la inflación se mantiene dentro del rango meta oficial.

No obstante, la calle cuenta otra historia: las personas perciben que el dinero no alcanza. Esta desconexión entre el éxito macro y el malestar micro no es nueva; organizaciones como Latinobarómetro documentan año luego de año cómo los países con mayor crecimiento del PIB en América Latina a menudo albergan poblaciones profundamente insatisfechas con su situación económica personal.

Para explicar esta disonancia en Paraguay, algunos economistas argumentan que es urgente actualizar la base de cálculo y la composición de la canasta básica familiar. Otros sugieren que la inflación general no refleja su realidad y que debemos mirar los precios segmentados por niveles socioeconómicos.

Ambas posturas son válidas, pero hay algo más. El fenómeno de fondo que estamos presenciando –esta creciente percepción de pérdida de bienestar– tiene una explicación más profunda en la Hipótesis del Ingreso Relativo y el “Efecto Demostración”, del economista James Duesenberry.

Esta teoría postula que el consumo y la satisfacción de las personas no dependen de sus ingresos absolutos, sino de sus ingresos en relación con el entorno. El mercado ha progresado, diversificando sus productos y servicios.

Ante esta vitrina de progreso, la clase incipiente –aquella que ha superado la línea de la pobreza pero que el Banco Mundial y el BID definen técnicamente como “clase media vulnerable“– tiene un anhelo lógico y legítimo: quiere consumir más y mejor. El problema radica en que el apetito de consumo de esta clase media vulnerable avanza mucho más rápido que su productividad laboral y, por ende, que sus salarios reales.

Aquí opera también que una vez cubiertas las necesidades básicas, el aumento de la riqueza no se traduce en mayor bienestar si las aspiraciones materiales aumentan al mismo ritmo. La sensación de que la plata “no alcanza” ocurre porque la canasta deseada de esta nueva clase media ahora incluye tecnología, ocio, educación privada, conectividad y servicios que el mercado ofrece pero que una economía sostenida en ingresos bajos y baja productividad laboral no les permite adquirir de forma sostenible.

El desafío de los próximos años no será únicamente mantener la inflación bajo control en los tableros oficiales. El verdadero reto será implementar reformas estructurales que eleven la productividad de nuestra fuerza laboral.

Solo cuando los salarios crezcan impulsados por el valor agregado, y no por decreto o ilusión estacional, la economía real podrá ponerse al día con las expectativas y los legítimos apetitos de una sociedad que ya probó el progreso y se niega a dar un paso atrás. Reformas estructurales El verdadero reto en el Paraguay en los próximos años será implementar reformas estructurales que eleven la productividad de nuestra fuerza laboral.

Mag. Larissa Chase, economista e investigadora social y de mercado, consultora en ICA Consultoría Estratégica. www.icapy.com