El descubrimiento del amor. Autor: Javier Swedzky.

Dirección: Javier Swedzky. Intérpretes: Mayra De Paco, Gerardo Porión, Claudia Quiroga, Javier Swedzky, Leonardo Volpedo.

Diseño de escenografía y vestuario: Laura Cardoso. Realización de títeres: Laura Cardoso, Gerardo Porión.

Producción musical y música original: Nicolás Diab. Diseño de iluminación: Ricardo Sica.

Diseño multimedia: Pablo Varela, Leonardo Volpedo. Sala: Teatro Del Pueblo (Lavalle 3636).

Funciones: domingos, a las 20. Duración: 70 minutos.

Nuestra opinión: excelente.5 starsCuando existen cosas de las que no se sabe cómo hablar y se decide hacerlo por primera vez, es necesario inventar un lenguaje. Esa es la percepción que surge luego de asistir y vivenciar El descubrimiento del amor.

Dos titiriteras, tres titiriteros; cuatro están en vivo y una quinta en la pantalla, lo que los une en la escena no es fácil de verbalizar.Algo del espacio se presenta festivo, colorido, como si nos invitaran a un show, un telón brillante en el centro de la escena y una pantalla. Un conejo, corrijo, una cabeza de conejo en alto, su manipulador-intérprete vestido en su parte superior con un “saco de corbatas” en tono jocoso afirma: “Una de estas personas no ha sido víctima de abuso sexual en su infancia”.

Así, formato show, planteo de adivinanza: ¿quién espera la formulación de semejante incógnita en semejante tono?Lo que sucede en adelante implica una escisión entre lo que se cuenta y el modo de hacerlo, una ruptura absoluta en el horizonte de expectativa. Cuando se tematiza el abuso, predomina la confesión como género, es decir, el susurro, la experiencia individual y más de una vez la solemnidad que esconde, a medias, la incomodidad que conlleva.

El descubrimiento del amor se postula desde otro lugar. Otro no, otros.

Se va deslizando todo el tiempo, de tal modo que no se sabe qué esperar.Algunas afirmaciones de los intérpretes están escritas en papeles y son repartidas y leídas como si fueran al azar. Cada uno lee lo que le toca leer, no lo que vivió —la gramática colabora para que se esquive la coincidencia— y suceden dos cosas: el ejercicio de señalar que lo que se cuenta no es del orden de la absoluta excepción y que no es algo que le pasa a alguien en particular, sino que nos pasa como sociedad.

El conejo presentador ante las descripciones dirá: “Ya querrían ustedes que alguna fuera falsa”.Los intérpretes traen luego sus propias fotos de niños o adolescentes y su respectivo títere, su alter ego, que abrirá el camino a la palabra. El títere como vicario, que hace las veces del otro, el que está abajo, ¿el que lo manipula?

¿o es a la inversa?Desde los títeres se piensa la autobiografía, la memoria, pero también son el instrumento de sutura, de reparación; los que tienen la palabra justa y sin filtro.Títeres de guante, títeres-silueta, autómatas, desfile de modas, cambio de vestuario, canciones, fragmentos de relatos que aparecen de modo sorpresivo, respuestas a preguntas de lo más diversas: cómo se descubre el amor después de, a quién se lo contaste por primera vez, por qué te dedicás a los títeres; el lugar de lo particular, de lo personal, lo íntimo y el cruce con el entramado social, con la representación, la televisión, el cine. Y frente a eso, una afirmación que nos deja tecleando en el aire: “Reconstruirse no genera audiencia”.Asimismo de plantear la propia historia, hacen un recorrido por lugares incómodos: si el arte sirve para resolver el trauma, ¿debemos provocar el trauma para que el arte prospere?

Una caída desde lo más alto del pedestal para varios personajes admirados por la sociedad.El trabajo sonoro y el de iluminación también corren los límites y se inscriben desde sitios inesperados. Probablemente no sea una obra para todos los espectadores; puede herir sensibilidades por léxico, por referencias, por tema.

Pero prevén, incluso, qué es aquello que se les podría objetar. Frente a eso un títere, tiene la palabra adecuada: ¿Cómo va a tener vergüenza él?

¡Que tenga vergüenza el abusador!El descubrimiento del amor no entra con comodidad en ninguna categoría; de hecho, no es fácil reseñarla. Ahí reside una buena parte de su potencia, cambia de registro de manera constante y en ese lugar de transformación instituye su lógica.

Plantea sus propias reglas, mezcla materialidades y discursos que, a priori, parecían incompatibles. Descoloca al espectador, asume un riesgo estético, pero no es, de ninguna manera, el único riesgo que asume.

Cierro con un texto que sostienen como un estandarte: “No tenemos paraíso perdido. No extrañamos nuestras infancias.

Amamos nuestro presente”.